
En esta serie unen esfuerzos Rubio & del Amo, un estudio murciano especializado en identidad visual, diseño editorial y packaging, y Cruz más Cruz, firma madrileña fundada por José María Cruz Novillo y más tarde consolidada con la incorporación de su hijo Pepe. Dos sensibilidades bastante complementarias tributando a un proyecto común. Rubio & del Amo aporta frescura conceptual a la tradición gráfica con la que Cruz Novillo ha contribuido a definir la identidad visual de la España contemporánea. Cruz Novillo por ejemplo, diseñó en su momento algunas de las últimas series de pesetas inmediatamente anteriores a la llegada del euro, de modo que su participación en esta propuesta establece un discreto puente entre la memoria monetaria española y un posible rostro futuro de Europa.
Respecto a la propuesta que analizamos hace ya algunas semanas —y justo por esto la comento de seguido—, el conjunto gráfico gira en este caso 90 grados hacia la izquierda y adopta una disposición vertical. El desplazamiento es radical pese a la economía del movimiento. No es poca cosa. Hay en la decisión una declaración de intenciones bastante atrevida.

Una segunda diferencia, que me hace notar cierto orgullo español y torero, es la mirada directa, desafiante en algunos casos, de los grandes protagonistas de la cultura europea. No podría asegurar si sus expresiones son intencionales o si simplemente les salieron así. Beethoven nos mira con excesiva suspicacia, regañona e indiscutiblemente desaprobadora. Siento que no lo merezco. Me pasa algo parecido con Madame Curie. Su expectante mirada transmite demasiada intranquilidad, como si fuera a gastarme esos 20 euros en un montón de rosquillas de canela. Cervantes nos mira decepcionado, casi con desprecio, como si lo sostuviéramos con las manos perdidas de grasa de pollo. Da Vinci por el estilo y, desde el billete de máxima denominación, Bertha von Suttner nos mira con una lástima angustiosa. Solo la Callas, desde sus cinco euros, parece estar en paz conmigo y consigo misma.
Todo parece filtrado por una compulsión geometrizante, todo integrado en una rígida estructura articulada por una densa trama de líneas que atraviesa el billete en múltiples direcciones. Se cruzan, se enfrentan, retroceden bajo una disciplina algo caótica. Todo gesto es anulado por la lógica imperativa de la precisión. La superficie entera parece calada a láser. Las franjas, la tipografía, todos los módulos significantes parecen producto de una mentalidad mecánica.
Esto es algo que ya no me parece ni tan español ni tan torero. La identidad de España ha insistido desde hace muchísimo tiempo en una gestualidad informal y despreocupada. En una estética muy Miró, muy desprejuiciada. Quizás estas retículas que se mueven como marchas y contramarchas dirigidas por un general borracho puedan ser aprovechadas por los dispositivos de seguridad que posteriormente serán incorporados a la impresión final de los billetes, o como elementos y relieves de identificación táctiles para personas ciegas o con baja visión.

A los que disfrutamos de la capacidad de ver, el color permitirá una rápida distinción. Pero la gama me luce algo saturada, intensos sobre todo los verdes y los amarillos, en algunos puntos casi fluorescentes. Pueden resultar eficaces en el uso cotidiano y también fatigar la mirada.
Los reversos, como en todas las propuestas, lucen como tales. Aunque mantienen el mismo sistema formal, se desplazan hacia escenas colectivas y referencias culturales indecisas. Me dan la impresión de paisajes, espacios encerrados dentro de una arquitectura que se ha desprendido de la realidad, que flota a miles de kilómetros de la Tierra enfangada. Las escenas pueden ostentar cierta exuberancia lúdica y convincente, pero son delatadas por una contención casi ortopédica, por la administración demasiado precisa de sus elementos. Todo parece tener límites, todo parece un circuito cerrado, naturaleza domada y previsible.
Las figuras humanas aparecen como siluetas planas, recortadas, integradas en el mismo sistema reticular. Las escenas están comprimidas para lograr la máxima visibilidad en espacios cerrados. Lo que debería transmitirnos el ejercicio y el disfrute de la cultura carece por completo de sustancia emocional. Todo luce recién instalado. Todo circula bajo una misión simbólica.

Su punto fuerte es su coherencia interna. Cada elemento responde a una gramática común. Líneas, repetición, superposición, contraste y ritmo. A diferencia de diseños más ilustrativos, estos parecen nacer del lenguaje propio del billete. Asustan lo indispensable. Trasmiten seguridad, serialidad, patrón, impresión, verificación. La estética general insiste en el carácter técnico del dinero y lo tematiza.
La propuesta es sofisticada y potente, pero también fría. La acumulación de tramas puede hacer engorrosa la lectura de algunos elementos y reducir el margen contemplativo. Nada invita a mirar las imagenes. Lo que parece proponer es un descifrado de su estructura medular, su desencriptación. Entiende el billete como un instrumento o artefacto gráfico. Lo de estampita bonita, para luego.
En mi opinión lo que más complicado le veo es la distancia emocional que lo puede separar de las mentes orgánicas, intuitivas y sensorial. Las de casi todo el mundo. Le doy un 8,2 de 10.


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