
Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, presenta una de las diez propuestas finalistas para los futuros billetes de euro durante el lanzamiento de la consulta pública. No formó parte del jurado de diseño, pero preside el Consejo de Gobierno del BCE, que previsiblemente seleccionará el diseño definitivo a finales de 2026.
Diseñar el papel moneda destinado a circular en una zona monetaria como la europea, supone uno de los encargos más prestigiosos y trascendentes que puede recibir un profesional o un estudio de diseño. Construir una imagen compartida por millones de personas, condensar visualmente una identidad y responder a complejas exigencias de legibilidad, seguridad, simbolismo y reconocimiento inmediato es una tarea en la que incluso un semidiós como Hércules habría podido fracasar. Una solución exitosa, en cambio, puede inscribir a sus autores en la historia global del diseño, circular durante años en los bolsillos de millones de personas y acabar formando parte de la memoria visual de generaciones enteras.
Aunque solemos verlos únicamente como instrumentos de pago, los billetes son también pequeños manifiestos gráficos que condensan una idea de nación, de historia y de identidad.
El primer diseño del euro fue una tarea que dado el contexto del momento resultó especialmente compleja. Cuando la moneda común entró en circulación el 1 de enero de 2002, el desafío fue representar a una Europa formada por países con tradiciones, héroes y patrimonios diferentes. La solución elegida evitó cualquier referencia nacional concreta. El diseñador austríaco Robert Kalina concibió una serie basada en ventanas, puertas y puentes pertenecientes a distintos estilos arquitectónicos europeos, desde el románico hasta la arquitectura contemporánea. Ninguno de aquellos monumentos existía realmente. Fueron construcciones imaginarias destinadas a simbolizar apertura, diálogo y conexión entre los pueblos europeos, sin privilegiar la historia de ningún Estado sobre la de otro.
Más de dos décadas después, el Banco Central Europeo considera que es momento de experimentar un segundo renacimiento. Como ocurre con todas las grandes monedas del mundo, la renovación responde, en primer lugar, a razones técnicas. Incorporar nuevos sistemas de seguridad, hacer que su falsificación resulte irrentable y aprovechar los avances en impresión y autenticación.
Hay otra razón, notable, aunque oblicua. En este lapso temporal, los sedimentos del espíritu colectivo claman por representaciones más cercanas, inclusivas, próximas a como se piensa el europeo común contemporáneo.
En 2021 se hace una consulta pública y grupos de expertos comienzan a estudiar las historias que la futura serie de billetes deberían contar a las nuevas generaciones. Sobresalen dos temas. Exhibir la cultura, el arma más formidable del continente. Hacer un recorrido por algunas de sus figuras más influyentes en la música, la ciencia, la literatura y las artes. El segundo, para mí inesperado: el despliegue de su naturaleza, sus ríos y aves. Con justicia, y diría que mucha, abandona la visión marcadamente antropocéntrica para prestar un poco de atención a lo que crece y existe sin la intervención del hombre. La biodiversidad, los paisajes que atraviesan fronteras, la metáfora de una Europa conectada, diversa, y resiliente, faltaba más, cómo olvidar el adjetivo más utilizado hoy en el mundo del espíritu.
En julio de 2025, el Banco Central Europeo convoca a diseñadores gráficos residentes en toda la Unión. Más de 1.200 profesionales presentaron su candidatura. Tras una primera selección, veinticinco fueron invitados a desarrollar propuestas completas para uno o ambos temas. Un jurado independiente, integrado por especialistas en diseño gráfico, comunicación, historia y neurociencia, redujo finalmente la competición a diez proyectos.

Pasó un año. El 23 de julio de 2026 el BCE hizo públicas las diez series finalistas y, quizá para repartir de antemano la responsabilidad de un hipotético desastre, invitó a los ciudadanos europeos a elegir el diseño de su preferencia. Tienen hasta el 21 de septiembre para hacer su elección. Nadie se sorprenda luego si la voluntad popular no produce una obra maestra.
En paralelo, una empresa independiente realizará una encuesta estadísticamente representativa entre los habitantes de la eurozona. El Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo seleccionará la propuesta definitiva antes de finalizar el año. Esto no quiere decir que en enero empiecen a verse billetes de brillantes colores y audaces diseños. Deberán transcurrir varios años de desarrollo técnico y pruebas antes de que entren en circulación. Los billetes actuales seguirán siendo válidos y circularán junto a la nueva serie durante un periodo aún por determinar, hasta que alguna oficina importante anuncie que ya no más.

Pablo Hernández de Cos, economista español y director general del Banco de Pagos Internacionales, presidió el jurado independiente encargado de evaluar las propuestas y seleccionar los diez diseños finalistas. Su dictamen, junto con la consulta pública, servirá de base al Consejo de Gobierno del BCE para escoger la futura serie de billetes.
Las diez propuestas ofrecen una oportunidad nada común de observar cómo algunos de los mejores diseñadores europeos imaginan la representación visual del continente. Más allá de las que resulten elegidas, todas enfrentan el reto. ¿Son estas imágenes capaces de representar a una Europa moderna? La seguridad y la impresión son lo de menos. Se deciden los símbolos que acompañarán, durante décadas, el objeto de diseño más visto y reproducido del continente.
Que es la tarea fascinante y bonita, me queda claro. Ahora, ¿qué sentido tiene aventurarse en una empresa tan monumental, rediseñar el sistema completo de papel moneda, cuando el dinero físico pierde protagonismo frente a las tarjetas, las e-wallets y cualquier otra forma de comercio electrónico? ¿Es esta renovación la respuesta de una pregunta que algunos hicieron en voz muy baja? ¿Es realmente necesario este ejercicio de renovación gráfica?

Quizá la mirada de la directiva del BCE alcance más lejos. En un mundo hiper-digitalizado, lo material puede adquirir mayor peso simbólico. Los gobiernos ya no cuentan con muchas evidencias sensoriales, palpables en este caso, de su omnipotente presencia. Quizás ni subestima ni olvida el placer de recorrer la rugosa superficie de un billete de alta denominación. Es como una tarjeta de presentación, un recordatorio, una advertencia que atraviesa todas las clases sociales, todas las generaciones, en todos los rincones de la comunidad. Nada tiene la capacidad de difusión y presencia que tiene el papel moneda.
Aprovechemos para recordar a un soldado querido que cayo en combate contra el tiempo. El sello de correos. Durante buena parte del siglo XIX y del XX, los sellos postales fueron heraldos nacionales. En una minúscula superficie acreditaban los tesoros de la Nación. Sus héroes inmortales —perfectamente muertos—, sus monumentos, acontecimientos históricos y por último, sus paisajes, animalitos, hasta sus desanimados artistas. Fueron grandes protagonistas de la pedagogía visual moderna. Circularon profusamente, se coleccionaron y de centavos pasaron a costar millones en ciertos casos. De alguna manera, los billetes heredaron esa responsabilidad. Su masiva circulación amplificó lo que el país había decidido sacralizar. Mucho más sofisticados que los sellos postales, porque sus requerimientos de diseño, imagen, tipografía e impresión estaban supeditados a incontables dispositivos de seguridad. Todo integrado en una superficie única.

Robert Kalina, diseñador de la primera serie de billetes de euro y de los últimos billetes del chelín austríaco. Su presencia tiene un valor casi histórico: el creador de la imagen original del euro participó ahora en la selección de sus posibles sustitutos.
Verán en el siguiente artículo —quizás más de uno, por el número de imagenes— como Europa quiere verse a sí misma en los próximos veinte o treinta años. Los decisores descartarán símbolos, asumirán otros nuevos. La visión de su pasado, de su historia, será reorientada a nuevas lecturas. Sobre todo exaltarán los valores que proponen a su masa social. En este sentido los billetes constituyen una declaración cultural
De cualquier manera es una enorme aventura logística, artística, de diseño. El dinero que esconden nuestras tarjetas sirve para comprar y para nada más. No construye memoria visual. Los billetes serán tocados, vistos y reconocidos cada día. Pocos objetos con más carga simbólica que otra cosa, pueden aspirar a semejante presencia en la vida cotidiana. Es delicioso meterlos en la cartera. Sacarlos, no tanto. Los comentaremos someramente, el un próximo texto.
ECB reveals shortlisted designs for new banknotes and launches public survey
23 July 2026




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