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Docile Metals and Memory

27 de Mayo, 2026 | Por R10
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Desde el 3 de junio, Leticia Sánchez Toledo presentará en The Annex Gallery Docile Metals and Memory, una serie que profundiza en la memoria material y afectiva de los objetos. Las piezas fueron concebidas a partir de bandejas metálicas encontradas en Facebook Marketplace, mercadillos dominicales y espacios de segunda mano. Son objetos que ya pocos desean conservar en su estado original, fáciles de encontrar, difíciles de mantener y engorrosos de acomodar. Quizá por eso resultan perfectos para ocupar una pared, como un guiño afectuoso a los tiempos en que acompañaban, en silencio, íntimas veladas y gestos cotidianos.

Desde esa humilde condición, desde la cercanía de lo doméstico, la serie desplaza las bandejas hacia otro régimen de atención. Será la primera presentación pública de un conjunto que, sostenido por una notable excelencia técnica y por un proceso de confección especialmente complejo, abre una conexión íntima y auténtica con las formas de amistad, parentesco y sociabilidad que marcaron la vida caribeña en los primeros años del siglo XX.

Estas bandejas pertenecen a una tradición situada entre lo doméstico y lo industrial. Producidas sobre todo entre finales del siglo XIX y mediados del XX, se hacían en láminas de metales comunes —hierro, latón, cobre, alpaca— recubiertas después con baños de plata, níquel o barnices oscuros. Una técnica entonces novedosa, el electrochapado, permitió cubrir metales corrientes con una capa finísima de plata mediante corriente eléctrica, acercando la apariencia de lo noble a la vida cotidiana. Eran piezas pensadas para servir y presentar, pero también articulaban una gramática doméstica de estatus, cortesía y buen gusto.

La segunda mitad del siglo XX empezó a considerarlas decadentes y poco funcionales, enfrentadas al diseño aséptico y helado que descendía del norte de Europa. Daba la impresión de que el gusto popular perdió la capacidad de aceptar tanta curvatura, tanta insistencia en el ornamento o tanta incompatibilidad con el nuevo culto doméstico a la eficiencia.

Sin embargo, sobrevivieron como memoria, como un homenaje indeciso a lo que fuimos y al tiempo desbordado que alguna vez disfrutamos como si fuera inagotable. Un día pasaron detrás de los cristales y allí quedaron, visibles, intactas e ignoradas, condenadas a una forma discreta de abandono, en una zona ambigua entre el afecto y el estorbo. Las nuevas generaciones, entrenadas para la prisa, la eficiencia y el rendimiento, buscan cuanto antes a esos espíritus nubosos que todavía entienden el ocio, la contemplación y el placer de cuidar lo inútil, para entregarles esas piezas y librarse de ellas sin culpa.

Es cuando las bandejas y Leticia —una rara mezcla de sensibilidad y rendimiento— coinciden en una encrucijada agridulce.

Importa mencionarlo porque esta serie está indisolublemente ligada a la memoria de una persona a quien el círculo más íntimo de la familia consideró un amigo entrañable. Rafael Valdés fue un cirujano cubano, fotógrafo, coleccionista de arte y antigüedades, redomado esteta, que falleció trágicamente el pasado diciembre. Hace más de quince años, Rafaelito le ofreció a Leticia, recién graduada como diseñadora gráfica en el Instituto Superior de Diseño de La Habana, una pequeña bandeja de plata para que pintara algo sobre ella. Como ella misma ha contado, no lo pensó mucho. Pintó un desnudo en pocas horas y le devolvió la pieza todavía húmeda.

'El destino quiso que regresara, empapada de dolor y tristeza', escribió ella al conocer la noticia. En ese doloroso regreso empezó a gestarse esta serie, que muy pronto llegará a Cincinnati, Ohio.

Aunque las bandejas lustradas constituyen un soporte inusual, en ellas comparece la misma Leticia de los últimos años. Una artista con dominio absoluto de la técnica, que rectifica poco y que trabaja ya desde las coordenadas psicológicas y simbólicas de cada obra. A eso suele llamársele madurez artística, y a veces es también la antesala de obras maestras indiscutibles. Utilizo deliberadamente una fraseología algo arcaica, porque en esta serie, que encuentro encantadora —otro calificativo expuesto al descrédito de lo anacrónico—, entran en contacto vientos de tiempos muy disímiles. Horas anchas, días eternos, épocas en que lo emocional ocupaba un lugar muy superior al de la salvaje pragmática contemporánea.

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