
Dos de las piezas de la recientemente clausurada exposición de Leticia Sánchez Toledo en la galería Annex permanecerán en Cincinnati. No es ocioso ofrecer una lectura adicional que a ojos del auditorio local, las sitúe en un contexto más preciso. Tampoco es común que las piezas producidas por emigrantes se sostengan sobre presupuestos puramente estéticos. Porque el desarraigo deja lesiones profundas, que sanan solo en apariencia, y cuyas cicatrices continúan organizando la memoria, los afectos y la manera en que es aceptada la cotidianidad.
En el conjunto de obras exhibidas no aparece la experiencia migratoria como relato frontal ni como declaración enfática. Está contenida en una economía de gestos casi imperceptibles, desmarcados de un anecdotario puntual. Estas escenas, observadas desde determinado ángulo, o bajo una luz lateral permiten reconocer una forma de adaptación práctica, silenciosa, casi doméstica. La obra adquiere su densidad cuando esa reorganización práctica de la vida encuentra una forma visible.
La que encabeza el texto es una pieza sobre una bandeja de metal de la serie Docile Metals and Memory. Entre las cualidades que propone el propio soporte —lo perceptual, lo visual, lo táctil—, prevalece la memoria.
Quien emigra desde un país pobre del Caribe, de Cuba, enfrenta casi siempre un mismo repertorio de dificultades en la gestión de lo cotidiano. Los primeros cuartos que alquila rara vez incluyen lavadora y secadora, de modo que las mujeres, con frecuencia, cargan la ropa hasta las lavanderías repartidas por el barrio. El servicio devora horas. Poco queda por hacer mientras corren los ciclos.
Ese tiempo muerto reclama algún uso, alguna forma de ocupación. Pero ¿qué creación cabe en semejante entorno? Pintar resulta improbable; dibujar, quizá; escribir en un cuaderno, sí, porque apenas exige espacio. La guitarra recostada junto a las máquinas no argumenta una épica resistencia, la actitud resiliente —es lo que se diría para salir del paso. Creo que aparece como una posibilidad práctica, como un objeto disponible, algo que puede acompañar la espera o retomarse cuando el ruido lo permita.
De ese tiempo suspendido, aparece la mínima sustancia de la creación. Una muchacha se inclina y escribe, el instrumento en provisional abandono espera su momento. La imaginación se ejerce en los márgenes de la espera.
Tras una espera que probablemente rondó los siete años, el metal se vuelve superficie receptiva. La bandeja acepta la pintura y convierte una escena limitada en memoria visible, incontestablemente digna.
El tema es la precariedad creativa, las barreras que la pobreza y el desnivel económico oponen a la creación. Barreras que arrancan en el país abandonado y se prolongan, por un buen trecho, en las nuevas circunstancias.
Una primera y distraída mirada no revelará las horas grises de lavandería, los cuartos alquilados, la ropa acumulada, la espera. Encontraremos un objeto sin duda muy bonito y de una factura muy delicada. Y si damos un paso atrás y observamos la obra en la pared de la galería, tenemos otra lectura. Una conclusiva es que la experiencia restrictiva, trabajada con constancia y decisión, se vuelve delicada forma.
Son años de atención condensados en una sola imagen. Frente a una vida hecha de espacios provisionales —el cuarto alquilado, la máquina compartida, la hora de espera—, la bandeja permanece. Fuera ya de las manos de Leticia Sánchez, la pieza sobrevivirá a la escena que contiene, a la angustia que la pudo provocar, al presente áspero de todos y probablemente a su época.

Study for Friday Night, 2024
Oil on paper | 18 x 24 inches
Hace unos dos años, Leticia recorría con frecuencia algunas de las áreas más concurridas de Miami, sobre todo aquellas vinculadas a la playa. Aceras concurridas, espacios de esparcimiento; paradas de ómnibus sobre todo, a la hora en que la ciudad se vuelca hacia el fin de semana. Regresa con lo que pudo ver. Esta pieza recoge una de aquellas vistas.
Un autobús rojo, por un instante detenido, a punto de romper la inercia, observado desde fuera, a través del vidrio.
La estructura del vehículo y el cristal reparten en paneles la escena, como el fotograma de un negativo. A la izquierda, una muchacha de pelo cobrizo mira de perfil. Afuera, en el siguiente plano, un cuerpo oscuro avanza y se deshace en el movimiento. Un tubo cromado corta la composición por la mitad —un eje que separa, la partición del campo es recurrente en casi toda la obra de Leticia— y absorbe la fría luz del interior. Hacia la derecha, dos figuras se inclinan una hacia otra. Una de ellas repite el gesto de Leticia: levanta el teléfono para retener prácticamente, el mismo instante. Más allá, en el siguiente panel, un abrigo anaranjado de espaldas, se desvanece, a punto de volverse reflejo. En una noche de viernes que ya empezaba a irse, Leticia observa desde la acera a otros que, del otro lado del vidrio, construyen también una mirada.
Es esta la descripción elemental de una imagen cualquiera. Todos los días las encontramos. Nos cuentan lo que vemos. Lo rojo que es el rojo, el verde tan verdoso, el desnaturalizado amarillo. No siempre lo esencial, que en este caso y en mi opinión personal es el estudio que ocupa a Leticia, la multiplicidad de los planos existenciales.
Si bien caben en su imagen el interior de un autobús, los reflejos del exterior y los cuerpos que sin detenerse cruzan, lo que la desborda es su contenido simbólico. Porque desde ese más atento punto de vista emergen los conceptos de 'estar dentro' y 'estar fuera', realidades que un simple vidrio separa como también lo hacen las condicionantes de cada una de esas realidades.
Lo que me resulta fascinante en esta imagen es la imposibilidad de distinguir si Leticia es una observadora externa o encarna alguno de los pasajeros. Ambas percepciones son perfectamente posibles. Me inclino por una diluida intención documental. No porque describa intencionalmente una realidad unívoca, sino porque cada uno de los personajes lleva consigo una realidad propia, una tragedia personal o la dicha. Porque son estados que pueden coexistir perfectamente en un espacio reducido, en un mismo instante. La pieza deja ver tres muchachas que parecen cohesionadas en torno a una experiencia gratificante. Y justamente por ello desconfío de su autoridad dentro de la composición. Demasiado obvia. También aparecen dos personajes en fuga, que no participan de la calidez comunitaria, que parecen huir de lo luminoso. Aparecen incluso, desenfocados por el movimiento. Es posible que el sujeto de una sentencia simbólica no sea el que asumimos por protagónico tras una primera ojeada. Puede ser un detalle que el artista propone a quienes concedan dos, tres miradas, un poco de atención y la capacidad de advertirlo. No tiene que ser necesariamente este caso. Solo me permito la duda —o ensoñación.
En cualquier caso, el hecho es que nuestras realidades transcurren en zonas delimitadas por cristales, barreras y espejos. Hemos estado ante muchas vidrieras que protegen —a la vez que ostentan— lo que no podemos adquirir. Juguetes, joyas, sofisticados equipos. En la calle vemos pasar los autos lujosos, la vida que se mueve fuera de nuestro alcance. La que imaginamos, las que nunca veremos.
Por otro lado, uno de nuestros bienes más preciosos es el espacio que calificamos de personal, el íntimo. El que se reduce muchísimo en el transporte público, donde la certeza de que somos uno más se hace más pesada.
La pieza de Leticia Study for Friday Night se me antoja un túnel de espejos. Una cadena de reflejos que se contienen mutuamente hasta el infinito. Nuestra subjetividad, confrontada, enfrentada a la del otro, rebota físicamente, se amalgama en una imagen desconcertante y casi sobrecogedora. Los planos se multiplican y perdemos consciencia espacial.
¿Dónde estamos, a qué pertenecemos, quiénes somos, en qué lado del cristal nos encontramos? Basta salir a la calle cualquier viernes, en la noche, asomarnos al primer espejo, para caer en un caleidoscopio donde nuestra identidad es interpelada y donde el sosiego se resiente ante la pregunta. Hace mucho que el arte revalorizó lo marginal, lo periférico, lo antagónico por exclusión... A veces reaparece camuflado entre signos deslumbrantes para recordarnos que más allá de lo aparencial, todo tiene dos caras.


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