
A cheeky debut. The Economist
Photograph: Anthony Rivera, Burst Mode Media
The Economist, en su edición del 17 de octubre, le dedica una página de la sección de Estados Unidos a una señora de Peachtree City, Georgia, que entrena luchadores de sumo. Katie Hardeman es veterana de combate. Llama a sus muchachos los Black Dragon boys, que son más bien hombres de mediana edad. Enfundó a la corresponsal en un mawashi —el taparrabos tradicional—, y le mostró cómo embestir de cabeza contra el pecho del contrario, apuntando con las palmas de las manos a lo que ella llama, con anatómica claridad: «tits and pits». Dice que quiere quitarle al sumo la mala fama que arrastra en América de ser unos «gordos en pañales empujándose unos a otros».

Hace casi dos años escribí una crónica sobre dos rikishi a los que pusieron a posar en una acera de Londres, semidesnudos, para promocionar el basho del Royal Albert Hall. Uno de ellos miraba a la cámara con una incredulidad que rozaba la súplica. Fue la motivación para escribir. Lo que quiero destacar es que terminé diciendo que todo aquello empezaba a oler a circo.
Ahora ya escucho las sirenas de alarma.
El 10 de octubre debutó en Cedar Park, a las afueras de Austin, la Sumo Championship League, la primera liga profesional de sumo de este lado del Pacífico. Dieciséis luchadores en una noche, eliminatoria directa y diez mil dólares para el ganador, que fue Jordan Sikes, floridano de veintiún años y el más joven del cartel. Tercero quedó Dominus Davis-Williams, exjugador de fútbol americano, doscientos cuatro kilos —treinta y cuatro menos que Konishiki en 1991, para que se hagan una idea—, que le contó a la revista que el sumo le resultó «familiar» y que le hace maravillas a su 'body positivity'. Otro de los dieciséis, Jonithan Pilgrim, vivía en una comuna Hare Krishna cuando descubrió el sumo en YouTube y engordó a base de batidos de proteína, tofu y ghee. Comprendió, dice, que no tenía «otra naturaleza que la del guerrero».
Detrás de esta liguilla está Stuart Snyder, que dirigió brevemente la WWF —la divertida pantomima de la lucha libérrima— y, durante tres años a finales de los noventa, Feld Entertainment, la empresa del circo Ringling Bros. y de Disney On Ice. Pasó luego siete años al frente de Cartoon Network. Snyder vio cómo el cornhole —adultos lanzando saquitos de frijoles a un tablero con un agujero— se hacía viral y dedujo que al deporte marginal le había llegado su hora. Lo siguiente, lo vio clarísimo, era el sumo. Ha llegado a reunir cinco millones de dólares, según le contó a Axios, y anda buscando una cadena que lo televise. Un hombre que estuvo al frente de un circo y una lucha que solo se creen los tontos ha dado finalmente con un deporte de verdad. Era solo cuestión de tiempo.
Un estadounidense promedio sorprendido por una escena de sumo de seis segundos, verá cómo un gordo empuja a otro para sacarlo del círculo. Se sorprenderá aún más al darse cuenta de que eso es todo. Regresan al centro a volver a empujarse. Patético.
A finales del verano, recién terminado el mundial de fútbol, fui a pelarme a una barbería en Covington, North Kentucky. Habría unas cinco personas y una de ellas dijo algo sobre el mundial, no recuerdo qué. Lo que sí recuerdo es que uno de ellos dijo: Ya va siendo hora de ver un deporte 'de verdad'.
Volviendo al tema, un combate de sumo empieza mucho antes de los empujones.
Los contendientes entran en fila con delantales de seda bordada, dan palmas para llamar la atención de los dioses y levantan las piernas hasta la oreja para golpear el suelo con fuerza, porque el pisotón espanta a los malos espíritus. Beben un sorbo de agua de un cucharón que les alcanza el ganador del combate anterior, nunca el perdedor. Lanzan puñados de sal al dohyo para purificarlo y para que la caída no los lastime. Se agachan frente a frente, se miran, se levantan y se vuelven a agachar, hasta cuatro minutos en la primera división —hasta 1928 no había límite y la cosa podía durar una hora—. El árbitro va vestido como un noble de la corte Heian y señala al vencedor con un abanico marcial. Sobre todos ellos cuelga el techo de un santuario sintoísta, con cuatro borlas en las esquinas que son las cuatro estaciones y los cuatro dioses que las guardan. El moño del luchador tiene forma de hoja de ginkgo y solo pueden llevarlo los de las dos divisiones de arriba. Del mawashi cuelgan unos cordones rígidos, siempre en número impar. Que sí, que deja las nalgas al aire, cosa en la que en Japón nadie ha reparado en quince siglos porque hay mucho que mirar en otra parte.
Esto es lo que un japonés lee de un vistazo, como nosotros leemos una señal de tráfico. Y todo ello es prácticamente ilegible para un aficionado a los deportes de acción de Georgia.
Dicho esto, el típico aficionado americano podría estar más preparado para el sumo de lo que pudiera creer. Un partido de la NFL dura tres horas y, según midió el Wall Street Journal en 2010, contiene once minutos de juego real. Once. El resto son repeticiones —diecisiete minutos, más que el juego—, jugadores de pie mirándose, y alrededor de cien anuncios. Nuestros paisanos se tragan tres horas de pantomima por once minutos de empujones y lo llaman la mejor tarde de la semana. El sumo pide exactamente lo mismo, solo que con otra proporción. La diferencia está en lo que sucede mientras esperan. En Texas cerveza y en Tokio, sal y silencio.

Hiroyuki Sanada on Joining the ‘John Wick’ Universe, Reuniting With Keanu Reeves, and Staying True to His Sword
The actor has fused prolific acting talents and martial arts mastery into over 100 demanding roles. His latest in ‘John Wick: Chapter 4’ proved no less punishing.
www.mensjournal.com
Como ya dije hace dos años, a Occidente, lo japonés le entra bien. Come sushi a manos llenas, tras entrar por un restaurante de Little Tokyo, en Los Ángeles, en 1966. Alguien tuvo la idea de esconder el pescado crudo debajo del arroz y ponerle aguacate. Se tragó el manga, que hoy es casi la mitad de las novelas gráficas que se venden en Estados Unidos. Y se tragó a los samuráis, que es lo más parecido al sumo que tiene Japón. Hattori Hanzō forjándole la espada a Uma Thurman, Tom Cruise aprendiendo a morir con honor en El último samurái, John Wick peleando en un hotel de Osaka, y Shogun, que en 2024 ganó dieciocho Emmys, más que ninguna temporada de ninguna serie en la historia. El mismo actor, Hiroyuki Sanada, sale en las tres películas y en la serie, y ya empieza a parecer que es el único japonés de la plantilla. De la Mariko de 1980, la de la otra Shogun, ya hablé en aquel post, y prefiero no hurgar más en la herida.
Sea como fuere, se cuenta que en Cedar Park algunos luchadores vistieron el 'tradicional' mawashi y nada más, y otros se pusieron pantalón corto debajo. Pilgrim está convencido de que los americanos van a caer rendidos ante el sumo. Sabe también que tanta nalga de gordo al aire exige una preparación que el país todavía no tiene. Justo en ese detalle —en la licra debajo del mawashi— veía en 2024 lo que aún describiría como la versión light, descafeinada y sin lactosa de este deporte. Como lo es ponerle aguacate al sushi, como es el té semi-ceremonial de minuto y medio, el aikido hiper-coreografiado. Pero un gordo, semidesnudo y sudoroso empujando a otro... es otro cantar.
¿Puede sobrevivir un rito sintoísta de mil quinientos años en una barbacoa tejana? Veremos. El yokozuna Hoshoryu, al salir del Royal Albert Hall en octubre del año pasado con cinco victorias en cinco combates, dijo que si alguien quería hacer aquello en América, podían contar con él. Que le compraran el pasaje. La Asociación Japonesa de Sumo no ha dicho nada, que yo sepa, y probablemente no lo diga. El sumo ha sobrevivido 1500 años, nada que pase en Texas va a desarmarle el moño.

A estas alturas, he visto demasiadas pruebas de inclusión en los Estados Unidos como para dudar de ella. Creo en muchos norteamericanos, porque los conozco bien. No solo por su estatura moral y humana, sino por su curiosidad. Más allá de mi experiencia personal, que es poca —y volviendo a la escena de la barbería de Kentucky— la realidad es que Estados Unidos recién acogió a una de las grandes instituciones culturales 'de los otros': el Mundial de Fútbol. Un deporte que durante cien años ha sido considerado aburrido y extranjero. Y fue un éxito tremendo. Seis millones ochocientas mil personas en las gradas, el 99,7 por ciento de las butacas vendidas, y la final de España contra Argentina en el MetLife la vieron sesenta y seis millones de personas entre Fox y Telemundo, más que ningún partido de fútbol en la historia de la televisión americana. El partido más visto hasta esa noche había sido, una semana antes, la eliminación de Estados Unidos contra Bélgica.

Bringing sumo to America has been compared to serving sushi on Thanksgiving. But now that it’s here, the real debate is over how much to Americanise it, says one representative from the United States Sumo Federation. @TheEconomist / 10:20 · 13 oct 2026
O sea, sí se puede importar lo que les gusta a otras personas. Aunque sea como el sushi y el mawashi, con algo debajo. Los Black Dragon boys de Georgia entrenan dos horas con una veterana de guerra, de noche, sin que nadie los mire, para un deporte que en su país es un chiste con pañales, y eso es más sumo que cualquier liga. En la heya, la casa de entrenamiento donde viven los luchadores de sumo, tampoco hay alguien mirando. Solo se puja, se empuja y se toma la sopa. Hardeman no lo sabe, pero está dirigiendo una heya en Peachtree City. Lo que viene después —el pantalón corto, la cadena de televisión, el señor del circo— es lo de siempre. Empieza a oler a circo, pero también a sopa.

Chanko nabe, el guiso de caldo, verduras y proteínas que alimenta a los luchadores de sumo. Repetir varias veces forma parte del entrenamiento.
Fuentes consultadas:
The Economist, 17-23 de octubre de 2026, sección United States, "One big beautiful sport. Will Americans embrace Japan's ancient pastime?". Los resultados de Cedar Park (H-E-B Center, 10 de octubre: Sikes venció a Edobor Konyeha 2-0 en la final; Davis-Williams tercero) son de Combat Press. Los cinco millones se los dijo Snyder a Axios Austin el 17 de septiembre; su paso por Feld Entertainment y la WWF lo cuenta el Atlanta Journal-Constitution de julio. Los once minutos de la NFL son del estudio de David Biderman para el Wall Street Journal, enero de 2010. El sushi: Kawafuku, Little Tokyo, 1966; el inventor del California roll se disputa entre dos cocineros de Los Ángeles y uno de Vancouver. El manga: entre el 40 y el 45 por ciento de las novelas gráficas vendidas en Estados Unidos entre 2022 y 2024, según Circana. Shogun: 18 Emmys en 2024; Sanada fue Ujio en El último samurái, Shimazu en John Wick 4 y Toranaga en la serie. Mundial 2026: 6.810.966 espectadores, 99,7 por ciento de ocupación según FIFA; final del 19 de julio, España 1, Argentina 0 en la prórroga; 66,4 millones de espectadores en Fox y Telemundo según Nielsen; Estados Unidos-Bélgica, 46 millones. Hoshoryu, a CBS News, 19 de octubre de 2025: «If someone decides that we'll do this in America, of course I'll be there». Konishiki pesaba 238 kilos en el Royal Albert Hall de 1991; Davis-Williams, 204. La sopa se llama chanko-nabe y se toma siempre ardiente. El texto de 2024 sobre el sumo está en mi Facebook y pronto en este blog.

Avocado sushi. An ancient Japanese tradition whose origins have been contested by several Los Angeles restaurants since the 1960s.


If you’re a regular reader of this blog and enjoy its content, you might consider contributing to its upkeep. Any amount, no matter how small, will be warmly appreciated

Founded in 2021, Echoes (Notes of Visual Narrative) invites everyone to explore together the visual codes that shape our world—art, photography, design, and advertising in dialogue with society.

Copyright © 2026 r10studio.com. All Rights Reserved. Website Powered by r10studio.com
Cincinnati, Ohio
Comments powered by Talkyard.