
Luchadores de la Asociación Japonesa de Sumo (Nihon Sumo Kyokai) posan frente al Royal Albert Hall de Londres, con motivo del Gran Torneo de Sumo de octubre de 2025. Foto: Justin Goff/Getty Images.
Cuando niño, una de las cosas que más me impresionaba era ver a Toshiro Mifune envainar rápidamente su espada tras sus rápidas y sanguinarias ejecuciones. No puedo saber, por supuesto, si lo hacía mejor o peor que sus encarnizados ancestros, pero su gesto suave y exacto no dejaba dudas. Envainar la espada es un ejercicio con nombre propio, como casi todo en Japón: nōtō. Es un acto deliberado de precisión y elegancia. La punta de la katana asciende intuitivamente, olfatea la saya —la vaina—, encuentra su abertura y se desliza en su interior hasta que un chasquido de placer consuma el encuentro. Todo ello, cuando la cabeza del decapitado aún se pregunta de quién es ese cuerpo a su lado que se retuerce.
Toshirō Mifune como Sanjūrō Kuwabatake en Yojimbo (1961), dirigida por Akira Kurosawa. Un rōnin errante que ofrece sus servicios como guardaespaldas en una población dominada por dos bandas rivales, cuyo enfrentamiento manipula con astucia y una destreza letal con la katana.
Me atraían también las princesas japonesas de ojos enormes que protagonizaban las películas de anime. Y cuando el equipo japonés femenino de voleibol ganó el bronce en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, le dije a mi madre que me iba para Japón.

Yōko Shimada como Toda Mariko, Mariko-sama, en la miniserie Shōgun (1980), dirigida por Jerry London y basada en la novela de James Clavell. Noble japonesa convertida al cristianismo, actúa como intérprete de John Blackthorne y queda ligada a él por una relación amorosa atravesada por sus obligaciones familiares y su lealtad al señor Toranaga.
Años después me enamoré de Mariko-sama, el personaje que desarrolló Yoko Shimada en 1980 para la primera versión de Shōgun, solo porque me recordaba a una muchacha que me gustó hasta la demencia.

En los tempranos 80s, una de estas muchachas —la que tenía un aire a Mariko-sama, aunque ahora no sabría decir cuál—, me sumergió en uno de los más persistentes insomnios de mi vida, en una esfera de gelatina fresca y prerrafaelista, que navegaba por un cielo de diamantes. Juventud divino tesoro.
Más allá de ello, considero al Japón más un concepto que un país. La lista de cosas que de allí me gustan es interminable, empezando por la bandera. Sin embargo, el sumo, uno de sus deportes favoritos, no me llama nada la atención. Quizás deba aclarar que ningún deporte de combate me gusta. No quiero decir que por ello no lo respete o lo considere poca cosa. Para nada. El sumo es una de sus tradiciones más antiguas y emblemáticas, con profundas raíces culturales y religiosas que se extienden a lo largo de muchos siglos. Solo por eso, consideraría estudiarlo con alguna seriedad. Su práctica tiene más de 2,000 años y he leído que replica la lucha de los dioses Takemikazuchi y Takeminakata por controlar el Ashihara no Nakatsukuni (Tierra Central de las Llanuras de Juncos), que es el mundo terrestre que representa al Japón mitológico. Del sumo se pueden contar muchas cosas, todas impresionantes, pero me quiero centrar en los rikishi, sus protagonistas.
Son estos sofisticados y muy educados. Gente de bien, espirituales, cultos, finos —más bien gruesos, en realidad. Un luchador de sumo lleva la vida que la práctica de su ejercicio demanda. Viven en unos locales conocidos como heya, donde entrenan siguiendo las más estrictas normas de comportamiento y jerarquía. Para mantener el elefantino peso que necesitan para empujar al otro, toman sin cesar una ardiente y emotiva sopa que llaman chanko-nabe. Desde el alba pujan, empujan y toman sopa hasta que alcanzan la categoría de yokozuna, el título más prestigioso y honorable. Son luchadores que viven para su torneo favorito, el honbasho, celebrado cada dos meses en Tokio, Osaka y otras ciudades igual de legendarias.
¿Cómo se imaginan que se ve a sí mismo un yokozuna? No puedo saberlo, pero los demás lo perciben como un ser monumental, casi patrimonial. Una institución viva que no admite degradación alguna. Si por infortunio llegara a padecer dolor crónico, mal olor recurrente o un eczema rabioso, se retirará por voluntad propia, por respeto al título. Es un dios vivo.
El año próximo se celebrará un evento profesional de sumo fuera de Japón. Ya se hizo una vez, en 1991, cuando el mundo era mucho menos mediático. Una vez más, en el Royal Albert Hall de Londres, para conmemorar el centenario de la Asociación Japonesa de Sumo, Nihon Sumo Kyokai. Un basho en toda regla. Para promocionar el evento, los anglosajones importaron, con carácter devolutivo, un par de maestros a quienes sometieron a una larga sesión de fotos a la intemperie, apenas tapados con sus mawashi.
En la foto vemos a uno de ellos. Mira a la cámara. Su expresión me saca las lágrimas, y no de risa. El rikishi mira al fotógrafo con tal incredulidad que es casi una súplica. Soporta la humillación de posar ante un teatro vacío, a la vista de decenas y decenas de transeúntes casuales. Pocos sabrán de qué se trata. Para la mayoría, es un chino loco en taparrabos discutiendo con otro por un penique. El rikishi está a punto de llorar. Sabe que los tiempos son difíciles y hay que buscar financiamiento para comprar los ingredientes de la mítica sopa. Tal cual las ferias de antaño exhibían al enano, a la mujer barbuda, al fakir, la mujer más gorda del mundo, el más flaco, los siameses, el salvaje, el encantador de serpientes... el carnaval que es hoy este mundo irrespetuoso exhibe forcejeando y 'fuera de contexto' a dos extranjeros, obesos y lampiños, 'para' regocijo del occidental y escuchar al cabo el rin tin tin de las monedas.
Japón consagra a cada una de sus tradiciones un respeto profundo, honra cada una de sus prácticas con devoción y trata su imperfección con una delicadeza tan inusual como conmovedora. Es sorprendente su práctica del kintsugi —el arte de reparar la cerámica rota con oro—, justamente porque le interesa resaltar la rotura. En dirección opuesta, Occidente lo trivializa todo. Ha asumido, en su versión light, descafeinada y sin lactosa, algunas de sus ceremonias y rituales de mayor antigüedad, rebajándolas a un entretenimiento casi ocioso. De este modo imita prácticamente, dejando su alma maullando en la puerta, la chanoyu (ceremonia del té), el ikebana, el aikido, el shodo (arte de la caligrafía) y el origami. No el sumo; ¿a quién se le ocurre estar así de gordo para empujar a otro gordo? Not at all, Sir! Pero el sumo no es solo un deporte, sino un rito profundamente arraigado en la espiritualidad Shinto. Conecta directamente con antiguos rituales locales. Espero que no suceda... pero gestos como estos pueden llevar a la muerte lo que, así tal cual es hoy, una institución que hunde sus raíces en el corazón del Japón. Cuando ella misma empieza a no tomarse en serio, la cosa está mala. Empieza a oler a circo.
PD.
1 – Estudié cuando llegué a los Estados Unidos con alguna profundidad la práctica del sumo, a propósito de un proyecto de coleccionables —NFTs, sellos, etc,— dentro de otro más abarcador, dirigido al metaverso.
2 – El primer torneo, que tuvo lugar del 9 al 13 de octubre de 1991, se organizó como parte del Festival de Japón de 1991 en el Reino Unido. Para mantener la autenticidad, se tomaron medidas meticulosas, como la importación de un tambor gigante y el dosel ceremonial (yokata) desde Japón, y la construcción del dohyo (ring de lucha) con arcilla específica obtenida de una cantera cercana al aeropuerto de Heathrow. Participaron los 40 mejores rikishi (luchadores) de Japón, incluyendo a dos yokozuna (grandes campeones), Asahifuji y Hokutoumi. Una de las principales atracciones fue Konishiki, quien en ese momento era el luchador de sumo más pesado de la historia, con un peso de 238 kg. El evento atrajo a multitudes, con entradas que superaban las £100 para los asientos más cercanos al dohyo. El Royal Albert Hall, con una capacidad de 5,000 personas, estuvo casi completamente lleno durante los cinco días del torneo. Este torneo no solo fue un 'hito' en la historia del sumo, sino también un puente cultural significativo entre Japón y el Reino Unido, permitiendo al público británico experimentar de cerca las tradiciones y rituales de este antiguo deporte japonés. Las comillas son mías.














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