
Michael Sohn / AP
People visit the “Tiger and Turtle—Magic Mountain” walkable roller-coaster sculpture in Duisburg, Germany, on September 27, 2026.
The Christian Science Monitor Weekly, en su edición del 19 de octubre de 2026, dedica una doble página a una instalación escultórica interactiva. La comento, no porque la crea la gran cosa, sino porque su fotografía —que tampoco lo es— resulta algo llamativa. Bonito hace el contraste entre el azul abisal del fondo y las líneas amables de luz.
La fotografía fue tomada por Michael Sohn, de AP, la noche del 27 de septiembre en Duisburg, Alemania, bajo la luz de una luna redonda y turbia, como si un gato le hubiese pasado la lengua.
La fotografía registra una especie de montaña rusa de acero galvanizado, orlada con 880 bombillas LED, cosidas a los pasamanos. Recordé enseguida las fotografías que Gjon Mili le hizo a Picasso por encargo de la revista LIFE, en 1949, donde en un entorno oscuro dibujaba toros y centauros con una pequeña bombilla eléctrica.
Un puñado de personas ocupa las cintas de acero que suben, bajan y se retuercen como una montaña rusa, entregadas al apacible entretenimiento de contemplar el paisaje desde distintas alturas. A diferencia de lo que ocurriría en una montaña rusa real, no necesitan sujetarse para disfrutar la experiencia.

Heike Mutter y Ulrich Genth, Tiger and Turtle – Magic Mountain, Angerpark, Duisburg, 2011. Acero galvanizado, 20 m de altura.
Foto: FotoDirk, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
Su nombre es Tiger and Turtle – Magic Mountain y la firman Heike Mutter y Ulrich Genth, una pareja de artistas de Hamburgo. Se inauguró en noviembre de 2011 sobre una colina artificial del sur de la ciudad, levantada en buena parte con la escoria de una fundición de zinc que cerró décadas atrás. Los alemanes tienen mucha experiencia en levantar estructuras soberbias sobre ruinas o espacios arrasados, y otorgarles nuevos significados, profundos y humanistas. Esta tiene veinte metros de altura, unos 249 escalones según el pie de foto, y desde arriba se puede ver el Rin. No hay que pagar para recorrerla.
No es posible hacerlo en su totalidad. Por supuesto que no. La gravedad impide caminar cabeza abajo. De noche, los amantes del arte compartirán inevitablemente la estructura con parejitas recién salidas de los bares cercanos, decididas a descubrirle usos que sus creadores difícilmente habrían considerado, desafiando en el intento tanto las leyes de la gravedad como los efectos del alcohol. Sus diseñadores parecen haberse tomado además la molestia de impedir que cualquier diversión termine en una desgracia.

El rizo, la semana de la inauguración, noviembre de 2011. Foto: Kleunam, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.
Explicaron el título con una antítesis metafórica que no me parece del todo mal: el trazado tiene la aceleración y la velocidad de un tigre, pero el visitante lo recorre paso a paso, como una tortuga. Es cierto, propone desde la visualidad una aceleración imposible y sin sentido, porque uno de sus atractivos es subir a observar el río y el entorno. Nadie se sube a ningún lado para ver algo por solo medio minuto. Por otro lado, el arte contemporáneo, y el que no lo es, requiere de algún tiempo para entenderlo y completar la experiencia artística.
Vuelvo a la luna porque se me hace incómoda e innecesaria. ¿Qué necesidad tendría el fotógrafo de incluirla en la imagen? Si pretendía documentar la instalación, no tiene sentido. Si quiso hacer una foto bonita en la que la instalación ‘participe’ de un diálogo con la luna, bueno. Si intentó producir lo que pudiera denominarse como poesía visual, un contrapunteo entre dos susurros luminiscentes, vale. A mí me sobra, porque soy diseñador gráfico y no soy muy tolerante con las distracciones.

Las 880 luces LED de los pasamanos, sin luna. Foto: Spanjokel, Wikimedia Commons, CC0.
El fotógrafo, y probablemente el autor de la ficha que singulariza la imagen, Michael Sohn, de AP, nos advierte desde la primera línea —como si fuera realmente importante— que la vista está bañada por la luz de una luna llena. Quizás a día de hoy sea una bendición que las revistas impresas sean todavía silentes. Veo muy posible que un día no muy lejano esta misma escultura sea fotografiada una vez más, desde el mismo ángulo, y no solo la veremos con su luna encima, sino que escucharemos las notas de Fly Me to the Moon, de Sinatra, o The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd. Y en la cima, donde no alcanzan los humanos, varios licántropos aullando por el costo desorbitado de la carne.
Algunos muchachos, en protesta por todo lo que acelere el cambio climático, atentarán contra ella, la llenarán de cicatrices y la dejarán a oscuras. Aun así, los rieles y las barandillas seguirán brillando con la luz de una obstinada luna.





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