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Así lucían Próspero y Ariel en la fachada del edificio de la BBC —década de 1930

La ajetreada posteridad de Eric Gill

11 de abril, 2025 | Por R10
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Este es de los temas que me provocan un desagrado profundo. No por una sola razón, sino por varias, contradictorias entre sí. *The Times* publicó ayer —los más avispados ya habrán notado cuanto me gustan los periódicos estamentalistas británicos, los que reproducen las jerarquías intelectuales tradicionales— que la British Broadcasting Corporation (BBC) restauró una escultura vandalizada de Eric Gill y la volvió a poner donde siempre estuvo.

La portada de *The Daily Universal Register*, fechada el 1 de enero de 1785

El primer ejemplar de este diario salió a las calles el 1 de enero de 1785. Aún no se llamaba *Times*, sino *The Daily Universal Register*. Encaprichado en la efeméride, otro 1 de enero —esta vez en 1788—, adoptó definitivamente el nombre que hoy lo representa: *The Times*. Con el pasar de los años el periódico se convirtió en una de las publicaciones más influyentes del mundo anglosajón, ganando reputación por su rigor periodístico y su sintonía con el poder británico, tanto político como económico. Para que tengan una idea, el de ayer fue su edición número 74691. Sé que esta introducción les parecerá gratuita. Puede ser, pero a mí me parece un punto de partida para la primera curva de este ejercicio intelectual. La tipografía preferida de los otoñales amantes de Microsoft Word es la *Times New Roman*. Cuánto de bueno y malo se habrá escrito con esa tipografía. *The Times* encargó su diseño en 1931. Curiosamente una Serif derivada de una antigua Sans-serif. Fue concebida por Stanley Morison junto a Starling Burgess y Victor Lardent y publicada por Monotype Corporation en 1932. *The Times* ya no la utiliza, pero el resto del mundo no le da respiro.

Edición de *The Times*, del 1 de enero de 1788. La número 940 con un costo de tres peniques. En Londres, en ese momento, tres peniques podían comprar aproximadamente 750–800 gramos de pan. En 1789 una hogaza de cuatro libras costaba unos siete peniques. También podían pagar una noche en un alojamiento muy humilde, según un testimonio judicial de la época.

En 1932, año en que *The Times* estrena nueva tipografía, Arthur Eric Rowton Gill, que por entonces ya había cumplido cincuenta años, trabajaba en una escultura encargada por la British Broadcasting Company (BBC) para la fachada de Broadcasting House. La pieza representaba a Próspero y Ariel, personajes centrales de *La tempestad*, una de las obras tardías de Shakespeare. Gill, cuya obra ya estaba presente en la Catedral de Westminster y en la sede del metro de Londres, concibió la pieza como una representación simbólica del aún inconcebible fenómeno de la comunicación radial inalámbrica —la transmisión de la voz humana a través del aire. Décadas más tarde, esta casi ingenua escultura se vería envuelta en una controversia que llevaría al paroxismo el cansino debate sobre las relaciones entre arte, autor, memoria y moral colectiva.

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Arthur Eric Rowton Gill en plena faena. Photograph: BBC/Corbis

¿Qué tiene que ver la *Times New Roman* en todo esto? No demasiado, en realidad. Entra en esta historia de manera oblicua, como la bola blanca de billar que rebota en dos bandas y descarga el golpe sobre la que persigue. Lo que me interesa es hacer notar el peso que una tipografía puede adquirir cuando se arraiga en la cultura visual de su tiempo, al menos desde la invención de los tipos móviles por Gutenberg, a mediados del siglo XV. Esa relevancia alcanza también a su diseñador, sobre todo cuando su obra deja una huella reconocible en otros territorios de la creación artística y, de manera particular, en la cultura visual.

Eric Gill crea esta tipografía en a finales de 1920, inspirado en la rotulación creada por Edward Johnston para el metro de Londres. Combina la claridad de las formas modernas con una construcción de raíz caligráfica. Su amplia difusión en la señalética, la edición, el transporte y la identidad institucional la convirtió en una de las tipografías más reconocibles del diseño británico del siglo XX. Monotype la publica en 1928, como una sans serif humanista.

Gill, diseñó varias familias tipográficas, no tan populares como la *Times New Roman*, pero de uso muy recurrente por los profesionales del diseño gráfico. La *Gill Sans* por supuesto, que utilicé yo mismo y en exclusiva para cada una de las publicaciones de la Editorial Finlay, sección que daba cuerpo a toda la literatura científica que producía el Instituto homónimo, y con cuyo manual de estilo me gradué con felicitaciones del Instituto Superior de Diseño. Para asombro de muchos que dudaban de que me pudiera graduar de algo en esta vida. El talento de Gill produjo otras, tan célebres como la anterior: *Perpetua* y *Joanna*, ampliamente utilizadas en el mundo editorial y publicitario. Gill fue un intelectual en toda regla. Escribió sobre política y arte y lo más importante, dedicó ensayos —certeros para la época— a la religión y a la moral. También fue un místico practicante. Tenía mas de 30 años cuando se convirtió al catolicismo y se entregó la Doctrina Social de la Iglesia, adoptando una vida ascética. Creía en la desintoxicación de la mente a través del trabajo manual. Contemplaba la Creación a través de una relación muy espiritual con el proceso y los materiales. Su estética fue tan austera como sus supuestos principios morales. Cuerpos estilizados, formas planas y una poderosa simbología. Sus obras fundieron lo sagrado y lo carnal, lo divino y lo humano, dejando traslucir una crispación permanente espiritu y sensualidad. Justo aquí entramos en la parte oscura de la luna. En 1989 estudiaba yo el idioma alemán para cursar estudios en Halle (Saale) donde estuvo la mítica Burg Giebichenstein Kunsthochschule, una de las sedes de la Bauhaus, en la desaparecida Deutsche Demokratische Republik (DDR). En las noches quietas de aquel invierno se dejaban escuchar en Europa los golpes apagados que parecían surgir de la base del Muro de Berlin. En un Reino Unido atento a los desmesurados acontecimientos políticos de la Europa Socialista, la publicación de la biografía de Eric Gill, escrita por Fiona MacCarthy pasó de puntillas por los grandes medios. Pero no por mucho tiempo. En un corto margen de tiempo el mundo intelectual reaccionaría asqueado por la revelación de aspectos muy perturbadores sobre su vida personal. Confesiones que el propio Gill detalló en sus diarios íntimos. Abusos libidinosos y continuados a sus hijas, una relación incestuosa con la hermana, sexo con el perro. Una bancarrota humana tan absoluta que redujo a escombros su pose de custodio de la Rectitud Moral. Las consecuencias éticas y culturales de estas revelaciones siguen vivas. El asco se mueve cómodamente año tras año en textos, reflexiones, comentarios de redes sociales. Museos, instituciones religiosas y organismos públicos no saben qué hacer con sus obras: ¿preservarlas como patrimonio cultural? ¿retirarlas como acto de justicia simbólica? ¿reinterpretarlas críticamente?

Erick con su uniforme de desquiciado favorito

Eric Gill es un símbolo más de los virulentos debates sobre el arte y la moral, sobre el rol del artista en la sociedad y los límites del reconocimiento cultural. Su legado —una papa trémula y bien caliente— que tantos celebraron sin objeciones, se estudia hoy desde otra mirada, más compleja, que confronta genialidad formal con horror ético. Es, para muchos, un caso de manual en la discusión global sobre si puede, debe o no, separarse la obra de su creador. He dejado bastante clara mi posición al respecto. En los treinta años que llevo vinculado al mundo del diseño de comunicación visual, habiendo impartido incluso clases de tipografía nivel superior, jamás vi a un diseñador renunciar al uso de la Gill Sans o la Perpetua por un conflicto moral. Nunca, en los cinco años de carrera, un profesor nos planteó ese dilema moral. Ya se sabía todo sobre el oscuro tipógrafo.

El iracundo David Chick, tomándose la justicia por su mano.

En enero de 2022, un iracundo David Chick, escaló la fachada del edificio de la compañía y golpeó repetidamente la obra con un cincel y martillo. No causó daños irreparables. Londres y la BBC fueron bastante comprensivos, entendieron su desesperación y a pesar de que lo arrestaron en el momento, lo dejaron luego en la calle con una moderada regañina. Pero el currículum de Gill era demasiado para el rectitud de David. En mayo de 2023, volvió a subirse en un andamio y a gritos de 'pedófilo', utilizando sus habituales percutores, machacó otra vez con saña a Próspero y a Ariel. Esta vez con resultados más satisfactorios. Dio de martillazos hasta que se quedó dormido. Otra vez arrestado y acusado ya de causar daños significativo. Estuvo en la cárcel hasta el mes pasado. Le concedieron la libertad provisional bajo fianza con la condición de que no pasara a menos de cien metros del edificio —por el resto de su vida.

Pantalla protectora instalada por la BBC

Quizás nadie quería tenerlo encerrado, porque al final es un tipo con unos principios muy simpáticos, pero fue el tiempo que le llevó a la BBC reparar los daños y terminar un sistema de protección para evitar lo que pudieran darse en el futuro. Instalaron alrededor del monumento una pantalla de policarbonato transparente a prueba de fanáticos, y facilitaron, mediante la incorporación de códigos QR el acceso a documentos que ofrecen contexto histórico sobre la obra, el autor y la restauración. Todo ello alineado con una política de reinterpretación crítica y no de cancelación. Cuenten ustedes conque los alrededores están llenos de sensores y sistemas de detección temprana de vándalos. El estatus patrimonial del edificio en cuestión es de grado (Grade II). La pieza escultórica fue restaurada por Historic England y el Ayuntamiento de Westminster con un costo de £529,715. BBC pagó sin chistar, sin recurrir al seguro. Para que seguir revolviendo el pastoso incidente. El proceder (de la BBC) y de la ciudad me deja claras algunas cosas. Una portavoz corporativa dijo que BBC 'no perdona el abusivo comportamiento de Gill', pero 'traza una línea entre sus acciones y el estatus de sus obras'. Duncan Wilson, director ejecutivo de Historic England dijo que reconocían que desde que se conocieron los detalles de la vida íntima del escultor a finales de los años 80, se había convertido en una figura controvertida, problemática incluso, pero que acogían con satisfacción el enfoque de BBC: reparar la obra y proporcionar al indignado público contemporáneo, argumentos para interpretar reflexivamente la pieza, tomando en consideración su contexto histórico y el análisis de la personalidad del artista. Pasa con muchos sitios y objetos en disputa que de repente necesitan '*layers*' adicionales de significado y comprensión. Problema de base ¿Qué define hoy a un artista: su obra o su comportamiento en vida? Se ha vuelto demasiado común juzgar el arte no por su valor intrínseco sino por los pecados o virtudes del artista que lo crea. Y con mucha frecuencia leemos o nos enteramos de agresiones como esta. Es cierto que Gill fue un tipo abominable, un pedófilo depravado que abusó de sus hijas y de otras personas. Su vida privada es una ofensa para la sensibilidad humana promedio, cierto.

David Chick asegurándose que no hay policías cerca del edificio de la BBC

*And that, David, gives you the right to destroy his work? Do you really think I’d want to live in your pristine, flavorless, scent-free utopia*? En 2019, los visitantes de la exposición de Gauguin en la National Gallery eran recibidos con un audio que preguntaba: '¿Ha llegado el momento de ignorar definitivamente a Gauguin?'. Los curadores querían que el público no pasara por alto durante su experiencia estética, las relaciones sexuales inapropiadas del artista con adolescentes y sus despectivos comentarios sobre el pueblo polinesio. La pregunta se ha repetido con las películas de Woody Allen, con la música de Michael Jackson y las novelas de Philip Roth. La lista es implacable: Picasso, Chaplin, Caravaggio, Dalí, Chuck Close, Balthus, Richard Prince, Roman Polanski, Marlon Brando, Leni Riefenstahl, Mel Gibson, William Burroughs, J.K. Rowling, Lovecraft, Bukowski, Roald Dahl, Rousseau, David Bowie, Marilyn Manson, Helmut Newton, Jean-Paul Gaultier, Mario Testino. Hasta Walt Disney con sus enanitos incorrectos y vergonzosos. Cuando en 2013 la BBC enfrentó reclamos por parte de organizaciones benéficas contra el abuso sexual para que retirara la estatua de Gill, se negó rotundamente. Su comunicado describió a Gill como 'uno de los principales artistas británicos del siglo pasado, cuya obra ha sido ampliamente expuesta en los principales museos y galerías del Reino Unido'. Poco más de diez años más tarde, ¿está la BBC dispuesta a mantener esta férrea defensa? En mí opinión, más allá de los comunicados de oficio, el hecho de recolocar la estatua en su emplazamiento original resguardada por un nivel de protección bastante paranoico, nos da suficientes señales. Es posible advertir que algunas instituciones clave en la configuración del pensamiento contemporáneo reaccionan —como pueden—, al ascenso de una *Stultitia socialis*, que disfrazada de virtud cívica y amplificada por las redes, trata de imponer sus caprichos en la esfera pública. En las manos de estos trastornados cualquier idea termina desfigurada y reducida a una embestida contra la persona que la enuncia. Han normalizado atacar al artista, ignorando por completo sus obras y el resultado de su juicio artístico depende en buena medida de su veredicto. Son hoy estos Cruzados de la Pureza quienes determinan si el artista es lo suficiente correcto políticamente y sus intenciones transparentes. Según evolucione la moral y la tolerancia del *Homo maniacus*, ¿quedarán solo obras producidas por artistas ética y moralmente puros?

Por despreciable que haya sido el comportamiento de algunos de los artistas más célebres de la historia, una sociedad con suficiente madurez mental, debería valorar el arte en sus propios términos, no en función de la identidad y el comportamiento de quien la crea. Aplicar estándares contemporáneos de conducta para confrontar la pureza política de artistas y personajes del pasado solo conduciría a una sociedad desprovista de estatuas, esculturas y arte público. Un mundo sin arte es un mundo sin humanidad. En cambio, otro con un arte moralizante caería en la trampa de lo dogmático, volviendo insufrible cualquier experiencia estética. En 1977 Roland Barthes proclamó 'la muerte del autor'. Dijo que, para que un 'texto' fuese realmente libre, debía desprenderse de la tiranía de la intención autoral. Después de medio siglo de aquella sentencia... que toca ahora: ¿resucitar al autor y despedazar la obra? Si hay algo que me desespera son las personas que sin la menor evidencia, dan por sentado que son mejores que los demás.

Photograph: Hulton Deutsch/Corbis/Getty Images

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