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Give Don't Take

Brighter Children y su compromiso con la educación de niños en comunidades vulnerables, durante un encuentro de arte y solidaridad en The Annex Gallery.

11 de octubre, 2026 | Por R10
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El sábado 12 de septiembre, The Annex Gallery reunió a unas cuarenta personas en un evento de celebración y recaudación de fondos destinado a impulsar la educación de niños que viven en algunas de las comunidades más pobres del mundo. Jens G. Rosenkrantz y Kay Hurley, madre de Katie Hurley Wales, abrieron la galería para acoger una velada a beneficio de Brighter Children, organización dirigida por Katie, bajo el lema Gather with Purpose.

Los invitados fueron convocados personalmente por Katie, por alguien de su familia o por la fotógrafa Dorrie McCarthy, de modo que el ambiente tuvo mucho de reencuentro. Algunos no se veían desde hacía treinta años. Dorrie recordó que la fiesta de graduación del instituto que compartió con Katie se celebró en el edificio de al lado. En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.

Dorrie McCarthy speaking during the event at The Annex Gallery.

Tras la bienvenida y una explicación de las bases del proyecto por parte de los anfitriones, Dorrie contó con más profundidad su viaje a Guatemala y Katie presentó la organización con un breve video. Dorrie mencionó una idea que en principio me pudo resultar meramente ilustrativa, pero que terminó por ayudarme a reformular y estructurar conceptual y humanamente el propósito último de estos esfuerzos. La antigua creencia de que el alma podía ser robada por medio de la fotografía.

Es esta una idea mucho más antigua, antiquísima de hecho. Cientos de años antes de la fotografía, muchas culturas creían que la imagen de una persona era como una finísima y elástica superficie que impedía al alma derramarse como lo hace el agua entre los dedos. Como el recipiente que contiene el aceite o el vino. Imagen cualquiera que partiera del cuerpo físico, como la sombra, el reflejo en la calmada superficie de un lago oscuro y luego, de manera más temible, en los espejos. Será por ello que suelen cubrirse cuando alguien muere, para que el alma no quede allí atrapada y pueda ascender a un lugar de reposo.

James Frazer recogió muchas de estas creencias en La rama dorada, en 1890. Por cierto, uno de los mejores libros que he leído en mi vida. Cuando por entonces se inventa la fotografía, nace un miedo nuevo, nunca experimentado hasta entonces, quizás por el hecho de que intervenía un dispositivo mecánico que, como un arma, también «disparaba». Esto libera entonces a la imagen o al reflejo de lo natural. Ya pueden imaginar ese primer espanto en las almas impresionables, porque nunca antes pudo llevarse alguien el reflejo de una persona en un charco.

El fotógrafo Nadar cuenta en sus memorias, Quand j’étais photographe (1900), que Balzac estaba convencido de que cada cuerpo estaba formado por capas de imágenes superpuestas, como las hojas finísimas de una cordial cebolla. Cada daguerrotipo arrancaba sin dolor una de esas capas, de modo que posar repetidamente iba despojando al retratado de su apariencia. Nadar lo cuenta con cierta ironía, pero muestra que aquella inquietud palpitaba en el corazón mismo de Europa.

Esta idea viajó con los fotógrafos de viajes a las colonias y con los exploradores, que, olvidando la superstición europea, la supusieron orgánica en los pueblos que vivían en sociedades menos desarrolladas. No se salvó ninguno. Ni los indígenas de Norteamérica, ni las comunidades de África, Asia y el Pacífico. Por supuesto que hubo rechazos y auténticos aspavientos, pero buena parte de esta leyenda es más un relato de los propios fotógrafos que una creencia documentada. Y es muy probable que, en muchos casos, lo que se interpretaba como superstición fuera una desconfianza razonable hacia extranjeros que llegaban, y no solo les llevaban el rostro, sino todo lo demás. Sin dejar nada a cambio.

Desde este centenario estado de cosas, hoy un grupo de estadounidenses llega a Guatemala, un país donde las comunidades mayas ven con muy malos ojos el hecho de fotografiar a sus habitantes sin permiso, sobre todo a niños. No solo por un asunto de respeto, sino por sistemáticos rumores de robo de niños que en algunos casos se han confirmado y han acabado en tragedia.

En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.En las paredes, Give Don’t Take, noventa fotografías instantáneas que Dorrie hizo en febrero a los alumnos de Casa Guatemala, una escuela en la profunda selva guatemalteca.

Give Don't Take

El proyecto Give Don't Take fue una idea de Jens G. Rosenkrantz Jr., director general y fundador de The Annex Gallery, de su esposa, la artista Kay Hurley, y de la hija de esta, Katie Wales. La idea fue viajar a Guatemala para retratar con una Polaroid a los niños de la comunidad con la que colabora Brighter Children y poder dejarles la fotografía en sus manos, de inmediato.

A última hora, a pesar del entusiasmo y por razones ajenas a su voluntad, Jens y Kay no pudieron hacer el viaje. Quedaron las dos plazas disponibles. Katie envió mensajes a un par de amigas. Dorrie, amiga suya desde la escuela, no tuvo que pensarlo demasiado. Pero con cuatro hijos, tenía que consultar antes con su esposo. Bill le respondió «¿Qué razón tendrías para no ir?». A los siete minutos, Dorrie tuvo su plaza en el proyecto.

En todo momento consistió en una acción de participación voluntaria, con un carácter profundamente reparador. Un gesto que intentó regresar a una etapa anterior a la desconfianza, revertir siglos de recelo. Llevaron una Polaroid para regalarles su imagen, de algún modo amplificado, un testimonio asertivo y una confirmación material de identidad. Muchos de esos niños sostuvieron por primera vez en sus manos su propia fotografía. También sus madres, por supuesto, quedaron con una copia.

Casa Guatemala, donde se llevó a cabo esta acción plástica, está en el oriente del país, en plena selva junto al río Dulce. Para llegar hay que volar en avioneta y después navegar río arriba. Atiende a unos 200 niños de más de 30 aldeas, casi todos mayas q'eqchi'; cerca de la mitad duerme en la escuela de lunes a viernes porque sus casas están demasiado lejos.

Llegaron el 14 de febrero. Era San Valentín y los niños preparaban una pequeña fiesta con cena y baile. Corrieron a recibir a los visitantes con su única ropa de ocasión. Las niñas llevaban el único vestido que tenían; los niños, el único par de zapatos, a veces demasiado grandes, o iban descalzos. Dorrie quedó impresionada con lo orgullosos que se mostraban con tan poco.

Montaron el estudio en la enfermería. Los maestros los iban trayendo, clase por clase. Comunicarse no era sencillo. Su primera lengua es el q'eqchi', la segunda el español y, con muchísima suerte, algunas palabras en inglés. En un principio no entendieron qué era esa caja con la que una señora extranjera les apuntaba a la cara.

Reaccionaron como cualquiera ante una cámara sostenida por un desconocido. Algunos nerviosos y otros emocionados; algunos simulaban indiferencia, aunque por dentro les parecía increíble. Las niñas que ya entraban en la adolescencia se negaban a reconocerse en las fotos, hasta que Dorrie aprendió a decirles lo bonitas que se veían en ellas. Para casi todos era la primera vez que veían una imagen de sí mismos. Nunca les habían hecho una foto escolar y sus padres no tenían ni una sola foto suya en papel. Algo tan banal para el primer mundo, para ellos, era extraordinario.

También posaron maestros y personal de la escuela, y los jóvenes que trabajan en el Hotel Backpackers, un albergue que gestiona la escuela y donde muchos antiguos alumnos encuentran su primer empleo. Varios le preguntaron a Dorrie «¿Me puede dar dos? Quiero darle una a mi mamá».

Dorrie no habla español y, cuando lo intenta, le sale el italiano que aprendió en la universidad. Se fue volviendo tímida con las horas y dejaba que su hermano llevara el peso de la interacción. Los niños, sin embargo, no se mostraron nada tímidos. Probablemente porque allí, en Casa Guatemala, aprenden a valerse por sí mismos. Lavan su ropa, ayudan con las comidas, recogen los platos. Asumen parte del esfuerzo de ser educados.

Una tarde, Dorrie vio a una niña diminuta, de unos seis años, intentando colgar una camiseta en una tendedera muy alta para su tamaño. Le ofreció ayuda como pudo y la niña aceptó de buena gana. Cuando lograron colgar la empapada camiseta, la pequeña le dio un abrazo. A pesar de las dificultades del diálogo, consiguieron comunicarse mediante acciones generosas.

Tras las imágenes que resplandecen en las fotografías hay una labor humanitaria que no puede recogerse del todo en ellas.

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Katie Hurley Wales speaking during the event at The Annex Gallery.

Después de la intervención de Dorrie McCarthy, Katie Wales contó la historia de Filomena, una joven formada desde su niñez en Casa Guatemala. Llegó con 12 años. Su familia había sido desplazada por la guerra y nunca había pisado un aula. No sabía leer, ni escribir, ni contar. Como les pasa a muchas niñas en su situación, su madre la necesitaba en la casa para cuidar de sus hermanos pequeños. Empezó el primer grado siendo ya adolescente, luchando además contra una grave enfermedad crónica que la dejaba una y otra vez al borde de un fallo renal. Tardó más que sus compañeros, pero nunca dejó de intentarlo. Terminó la primaria siendo primera de su clase. Siguió con la secundaria y el bachillerato, y en 2023 se graduó, otra vez, como primera de su promoción.

Fue la educación la que le permitió imaginar un futuro mejor. Quería ser chef y tener su propio restaurante. Hoy es una de las dos jefas de cocina del Hotel Backpackers, una de las que preparó los alimentos que consumieron Katie y Dorrie. Se mantiene a sí misma y envía dinero a la familia. Con ese dinero sus padres compraron un terreno, construyeron una casa y abrieron una pequeña tienda. Crían cerdos y gallinas y venden la carne y los huevos. Todo procurado por una niña que llegó desnutrida y analfabeta y cuyo futuro estaba prácticamente sentenciado. Pues ella rompió el ciclo de la pobreza en una sola generación y abrió espacio al futuro de muchos otros.

Pudiera ser un caso excepcional, por supuesto, como una flor en el desierto, como un diamante enterrado en la piedra de una montaña. Son tesoros como lo es ella. Pero no es excepcional en modo alguno. Muchas otras historias tienen también finales felices e inspiradores.

Es su carácter inspirador lo que mueve tantas voluntades, porque es incalculable lo que está en juego. En Guatemala —y podemos imaginar algo similar para el resto del tercer mundo— solo el 42 por ciento de los niños de zonas rurales, en su mayoría indígenas, termina la primaria. Una de cada cuatro niñas de entre 10 y 19 años está embarazada o es madre. Para ellos, una escuela con tres comidas al día, una cama y un lugar seguro es, literalmente, una cuestión de vida o muerte.

Casa Guatemala es una de las siete escuelas que tutela Brighter Children. La iniciativa nació en 2013 con 50 dólares y la sencilla idea de que ningún niño debe quedar sin educación por el lugar en el que le tocó nacer. Ese primer año, su fundador, Kunal Doshi, consiguió becas para doce alumnos. Hoy la organización acompaña a siete escuelas en Guatemala, Honduras, Colombia, Kenia, India, Nepal y Camboya, y ha financiado más de 6,6 millones de horas de educación.

Lo que la distingue es su manera de proporcionar ayuda. Se define como venture philanthropy, filantropía de inversión. Identifica a emprendedores educativos que ya trabajan sobre el terreno y los respalda con los mismos criterios con los que se invierte en una empresa con perspectivas de crecimiento. Son personas que pertenecen a la cultura local, conocen a las familias y los problemas de su comunidad, que han dedicado su vida a esas escuelas y que comparten la misma falta de recursos. Encontrarlas toma su tiempo, pero es la base del modelo.

El método tiene tres fases. La primera, como se adelantó, es invertir en esta clase de líderes y en escuelas con potencial para realmente transformar vidas. La segunda consiste en acompañar a las escuelas con estabilidad financiera y asesoría estratégica para que puedan concentrarse en enseñar, con metas exigentes de asistencia y graduación. Y, por último, retirarse. Al cabo de unos siete a diez años, cuando la escuela es capaz de sostenerse sola, Brighter Children la «certifica», da por concluida su intervención y destina sus recursos a una nueva. Dos proyectos de la India, Educate Girls y Akanksha, ya completaron ese ciclo de colaboración. Educate Girls pasó de 50 escuelas en 2018 a 250. Akanksha, que ingresaba unos 180.000 dólares al año cuando empezó la colaboración, hoy recauda más de dos millones. El eslogan «Creemos en la dignidad, no en la dependencia» resume perfectamente el trabajo de la organización.

Las siete escuelas son muy distintas entre sí. Casa Guatemala, la incorporación más reciente, se encuentra junto al río Dulce, en plena selva guatemalteca. Villa Soleada, en Honduras, nació en 2012 en uno de los países con más homicidios del mundo y mantiene una tasa de criminalidad del cero por ciento entre sus alumnos. Oasis of Hope lleva 25 años en los barrios más pobres de Santa Marta, Colombia. Heritage Academy alimenta y educa cada día a más de 1.200 personas en Makutano, Kenia. En el desierto de Thar, en la India, la escuela Rajkumari Ratnavati ofrece a muchas niñas de la región su primera oportunidad de recibir educación formal. Shree Sunkhani, en Nepal, y Spitler School, en Camboya, acaban de sumarse a la organización.

Tienen en común la pobreza extrema que las rodea, y también la convicción de que aprender es un derecho básico. Comparten además la capacidad de extender su influencia mucho más allá de las aulas. Las escuelas socias han creado más de 215 empleos en sus comunidades, y cada uno sostiene a un hogar de cinco a siete personas. En Guatemala, el Hotel Backpackers forma a los alumnos mayores en hostelería y compra a los agricultores locales. En Kenia, una granja con invernaderos, estanques de tilapia y colmenas da trabajo a familias y viudas. En la India, un centro de mujeres junto a la escuela ha formado a 300 artesanas. Es lo que la organización llama ripple effect —efecto multiplicador—, que comienza con un niño, alcanza a su familia y acaba transformando una aldea.

También posaron maestros y personal de la escuela, y los jóvenes que trabajan en el Hotel Backpackers, un albergue que gestiona la escuela y donde muchos antiguos alumnos encuentran su primer empleo.También posaron maestros y personal de la escuela, y los jóvenes que trabajan en el Hotel Backpackers, un albergue que gestiona la escuela y donde muchos antiguos alumnos encuentran su primer empleo.También posaron maestros y personal de la escuela, y los jóvenes que trabajan en el Hotel Backpackers, un albergue que gestiona la escuela y donde muchos antiguos alumnos encuentran su primer empleo.También posaron maestros y personal de la escuela, y los jóvenes que trabajan en el Hotel Backpackers, un albergue que gestiona la escuela y donde muchos antiguos alumnos encuentran su primer empleo.También posaron maestros y personal de la escuela, y los jóvenes que trabajan en el Hotel Backpackers, un albergue que gestiona la escuela y donde muchos antiguos alumnos encuentran su primer empleo.

Los resultados hablan por sí solos. Las escuelas registran un 95 % de asistencia, casi ningún abandono, y el 99,6 % de sus alumnos pasa a la secundaria. Detrás hay apenas dos personas, la directora ejecutiva Katie Hurley Wales y Rachel Zembraski. Las apoyan tres juntas de voluntarios y una red de donantes que va desde particulares hasta grandes empresas y fundaciones.

Aspiran a incorporar una nueva escuela cada año. Para ello, han creado el programa Global Education Champions, integrado por donantes que asumen compromisos de apoyo durante tres años, lo que permite a las escuelas planificar sus actividades con una mayor seguridad financiera. También cuentan con el Scholarship Club, un programa de contribuciones mensuales mediante el cual una aportación de 33 dólares al mes, aproximadamente 400 al año, cubre la matrícula y las necesidades básicas de un niño durante todo el curso escolar. 33 dólares. Una cantidad que, en los países donde trabaja Brighter Children, puede llenar una vida de esperanza.

Gallery

The audience at The Annex Gallery
The audience at The Annex Gallery
The audience at The Annex Gallery
Katie Hurley Wales
Dorrie McCarthy
Participants in the Guatemala project during their journey.
Participants in the Guatemala project during their journey.
Katie Hurley Wales and Dorrie McCarthy
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