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art review

Onomatopeya o gemidos de una oración, 2017–2026
Performance site-specific. Barro | Dimensiones variables
Fotografía de Lázaro Kuang

Geografías del tránsito

14 de octubre, 2026 | Por Ibis Hernández Abascal
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En el encuentro con determinadas propuestas de las artes visuales contemporáneas, la percepción activa modos de asociación que permiten situar la experiencia estética en territorios donde la materia, el gesto y el tiempo se entrelazan. La exposición El ritmo de la resiliencia de Elizabet Cerviño (Manzanillo, Cuba, 1986), presentada recientemente en Gallery 114, Ybor City, Florida, se inscribe en ese horizonte.¹ Cada obra avanza desde un estado de transformación que acompaña la vida de los materiales, ya sea en su interacción con el entorno o en el proceso de su creación. Esta dinámica se articula desde una doble vertiente de la migración. Por un lado, la materia migra de un estado a otro —se evapora, se suspende, se quiebra, se estira— o se presenta en formas en las que el material permanece estable, pero su disposición sugiere procesos —de caída, acumulación, desgaste— que tienen lugar en la percepción del espectador. Por otro lado, en su propio recorrido vital, la artista se desplaza de la isla de Cuba a la península de la Florida, y esa experiencia se convierte en una vía de conocimiento que orienta su práctica.

La relación de Cerviño con la naturaleza —lazo que se origina en su infancia rural y se restablece en el curso de su vida al sur de Estados Unidos— constituye una de las rutas posibles para adentrarse en esta exposición. Ese contacto sostenido con lo orgánico y con el mundo natural se manifiesta en su trato con los materiales y en las estructuras que conforman sus piezas, sin imponerse como clave única de interpretación; abre, más bien, otra perspectiva que permite comprender cómo la artista sitúa su trabajo en diálogo con los procesos que atraviesan la materia.

Goteras sobre un pantano, 2026
Instalación. Aros de bordar, algas, hilo de pesca y audio | Dimensiones variables
Fotografía de Lázaro Kuang

En virtud de su sensibilidad hacia este tipo de procesos, aparece Goteras sobre un pantano. En esta instalación, la suspensión de las algas y la vibración del sonido configuran una atmósfera en transformación continua. Extendidas sobre aros de bordar que cuelgan del techo, las algas se comportan como membranas que filtran la luz y el aire. La obra se sostiene en un equilibrio nunca fijo: las variaciones ambientales modifican discretamente el paisaje y la pieza se percibe como un organismo sensible al entorno. En ese espacio, la atmósfera se vuelve un modo de habitar y la instalación adquiere el carácter de un cuerpo que respira. Se suma a esta trama el registro sonoro, cuya vibración escapa a lo visible y se percibe como una modulación del ambiente que vincula los sonidos del fluir del río con la recolección manual de las algas, reforzando la instalación como un espacio vivo donde naturaleza y trabajo humano se entrelazan.

La artista continúa su quehacer con la materia a través de una experiencia táctil y visual que desarrolla tanto en su contacto con los materiales orgánicos como en el lienzo. Al abrir, estirar y desplegar entramados fibrosos, traslada a las algas una lógica operativa derivada de su relación con la pintura: los tejidos se comportan como superficies que filtran la luz y el aire, y en esa condición adquieren la cualidad de un soporte donde las ideas toman forma. Los aros de bordar refuerzan esta lectura al tensar el material como si se tratara de lienzos suspendidos, y sitúan la instalación como extensión de un ejercicio pictórico en el que la materia se vuelve pensamiento.

De la serie Resiliencia, Recuento, 2022
Instalación. Fibra de sisal tejida a mano | Dimensiones variables
Fotografía de Lázaro Kuang

Recuento propone una manera diferente de pensar la transformación, asociada aquí a la suspensión del cambio en la materia. La fibra se prolonga hacia el suelo, en alusión a la «cascada» que Cerviño menciona en el texto de su proyecto. La imagen, más poética que literal, hace perceptible la tensión entre el flujo evocado y la quietud de la materia que parece detenerlo. La artista habla de una «escritura astillada, ilegible y serena» y de «nudos que guardan secretos». A partir de estas palabras, la madeja puede leerse como una presencia silenciosa, más cercana a la memoria que al relato. Dentro de la exposición, Recuento constituye un momento de pausa. La estabilidad de la fibra invita a considerar la resiliencia también desde aquello que se preserva.

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Consumación, 2026
Instalación. Esferas de vidrio, agua | Dimensiones variables
Fotografía de Lilliam Cedeño

Consumación, por su parte, reúne pequeñas esferas de cristal con agua de lluvia en su interior. Con el paso de los días, el agua se evapora y deja huellas en las paredes del vidrio: marcas que funcionan como geografías del tiempo, registros de un proceso que ya no está presente. La pieza se sostiene en una dinámica de retirada: la materia migra de un estado a otro y, en ese tránsito, produce una forma de escritura mínima, casi imperceptible. La evaporación se comporta como transformación silenciosa que convierte cada esfera en un pequeño archivo de la ausencia. La disposición seriada de las esferas —cincuenta y nueve en total— introduce además un patrón de repetición que evoca, de manera sutil, estructuras rituales de conteo, sin que esta dimensión llegue a imponerse sobre la lectura material de la obra. La instalación pone de manifiesto una forma de resiliencia que se articula en la capacidad de la materia de migrar de un estado a otro, de atravesar un proceso de pérdida y, a pesar de ello, persistir como rastro. Esa continuidad mínima, casi secreta, dialoga con el recorrido vital de la artista, para quien la transformación —en su tránsito a un nuevo país y a un nuevo entorno— se vuelve a su vez una forma de permanecer.

Onomatopeya o gemidos de una oración, 2017–2026
Performance site-specific. Barro | Dimensiones variables
Fotografía de Lázaro Kuang

Onomatopeya o gemidos de una oración se presenta como una propuesta objetual y performática construida a partir de una serie de tablillas de barro, cada una marcada con una letra que la artista identifica y vocaliza antes de quebrar la tablilla contra el suelo. Ese encadenamiento —inscripción, sonido, fragmento— da forma al núcleo conceptual de la obra, donde la temporalidad se manifiesta como un proceso de descomposición del lenguaje y, simultáneamente, como una reflexión sobre la comunicación en contextos de migración. La artista ha señalado que el hecho de emigrar la situó ante la dificultad de habitar una lengua aún ajena; en este trabajo recoge esa experiencia y la transforma en gesto. Se trata de una deriva que lleva la letra, de signo, a materia manipulable; la palabra, de significado, a gesto físico; y el lenguaje, de estructura, a la acción sobre el barro, todo lo cual ocasiona una vibración que altera la estabilidad del orden lingüístico, dando lugar a una forma mínima de invocación. La obra materializa el lenguaje, lo vuelve superficie, peso y ruina, generando un paisaje de fragmentos que conserva la memoria del gesto.

Onomatopeya o gemidos de una oración, 2017–2026
Performance site-specific. Barro | Dimensiones variables
Fotografía de Lázaro Kuang

La superposición vertical de las tablillas cobra una dimensión simbólica que amplía el horizonte interpretativo de la pieza. Esa distribución funciona como un conjunto de signos en pausa semántica, un cuerpo de relatos potenciales que solo se revela en el momento de su destrucción. Emergen así dos imágenes que abren nuevas posibilidades de sentido: «del polvo venimos y al polvo volvemos», cuya materialidad se vuelve literal en el barro cuando, al quebrarse, retorna a su condición de tierra. Otra imagen posible sería la de la Torre de Babel, donde la incomunicación provocada por la fractura de la inteligibilidad común podría funcionar como metáfora del tránsito migratorio. En la performance, Cerviño desarma la torre golpe a golpe y devuelve cada letra al polvo y al fragmento; en esa secuencia, el cambio alcanza también la estructura que hace posible la palabra. La obra amplía así la sensibilidad temporal que atraviesa la exposición, al traducir la metamorfosis en una serie de acciones irreversibles —de la inscripción a la disolución— en la que materia, lenguaje y desplazamiento convergen en una misma forma de devenir.

Ibis Hernández Abascal es curadora y crítica de arte independiente

¹ El ritmo de la resiliencia fue curada por Gabriela Azcuy, Amanda Posse y Elizabet Cerviño. La exposición permaneció abierta al público del 30 de julio al 24 de septiembre y concluyó con una performance y una charla de la artista.

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