
Quiero escribir esta nota con cuidado, porque sé —casi percibo, tal vez quiero, o necesito creer— que mis abuelas me miran. Que cotillean sobre cómo me desenvuelvo en las rutinas diarias, cómo preparo platos de cuchara o reacomodo de modo que encajen, los fragmentos de la memoria. Como hace un adulto al borde del declive. Hace muchísimo tiempo ya compartí esta fotografía de las dos, aunque haya una de más. La de la derecha, la tía Lola, no la conocí. A Marina y Jacinta las conocí tan bien o mal como lo puede hacer un niño, o un adolescente con la cabeza en las nubes. Se fueron hace mucho tiempo.
Lo que es y lo que deriva de lo orgánico es tarde o temprano presa del tiempo. Quizás persista aún esta imagen en papel. Pero no será por mucho tiempo. Alguien la va a recoger junto a muchas otras y la tirará revuelta en trastos y basura. Por fortuna logramos digitalizarla, y hoy la puedo imprimir una y otra vez, si quisiera. Recrearla incluso con la reciente inteligencia artificial y darle una vida nueva y falsa. Tiene eso de bueno la edad, que los recuerdos se enredan con los sueños, y los deseos, y las fantasías, y ya no hay manera de ponerlos en su cajón. A nadie interesa la memoria confusa de los ancianos.
La última vez que la compartí junto con un texto que ya nadie podrá volver a leer, quedó atascada en el limbo de las cuentas canceladas.
El 21 de agosto de 2021, cerca del amanecer, empezó a llegar a mi teléfono una catarata de mensajes de Facebook, en los que se me pedía una y otra vez que confirmara mi cuenta, que ingresara las contraseñas, un montón de adivinanzas que mi mente aún dormida y atolondrada no logró resolver. Me pidieron que demostrara que era yo el propietario de mi cuenta, que es como una casa a la que entramos empujando la puerta. Y me sentí perdido, tratando de abrirla con un manojo de cien llaves.
Varias personas denunciaron mi cuenta, quién sabe con qué propósito. ¿Dejarla en cuarentena, quitármela, quedarse con ella? Una tontería, tendría menos de mil amigos. No tenía otro valor que amontonar los comentarios que compartí durante casi una década con decenas de invisibles interlocutores. Mucha vida, no obstante, allí metida, muchas experiencias, recuerdos. Dijeron que estaría un mes suspendida, luego que esperara una vida y desapareció sin más en el ciberespacio. Perdí cientos de fotos.
Esta que quiero volver a publicar es una donde, como dije antes, están las dos abuelas maternas que acompañaron mi infancia hasta la adolescencia. Jacinta, al centro, fue levedad total. Jamás la vi molesta ni enfurruñada. Católica ferviente, me llevó a la iglesia todos los días de mi vida hasta mi ingreso en la primaria y en la bobería de los pioneros moncadistas. Hijos de Satanás, decía mi abuela. Se persignaba.
Marina —a la izquierda— no me enseñó a cocinar, pero sí educó mi paladar con platos irreprochables. Siempre en casa, en la cocina. Podía haber aprendido tanto de ella, pero uno es muy tonto hasta después de los 20, y hasta después de los 30 y de los 40.
Sé que están ahí, donde ellas mismas sabían que estarían después de una vida virtuosísima si la comparamos con las vidas que se llevan hoy. Gracias a ellas, no tengo una sola patria, sino dos. Aunque España es hoy un sinsentido donde reinan los cretinos de la corrección política, te da de bien comer y te regala pueblos preciosos. En las noches del norte es posible disfrutar del viento y del frío húmedo que es imprescindible para entender el recogimiento.
Como todo el mundo, pienso que tuve las mejores abuelas que se pueden tener. Y me veo muchísimo en ellas, señalando hijos de Belcebú donde los veo. Me da una pena muy honda saber sus restos bajo las piedras calcinadas del Cementerio de Colón. Irrespetados, mirando cómo todo lo muerto se vuelve a morir, cómo todo se viene abajo. Cuánto daría por recoger y llevarme sus huesos de vuelta a donde nacieron. Pude haberles prestado más atención. No les pregunté nada sobre el Atlántico.


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