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'vita brevis'

Cristina: a propósito del día internacional de la mujer

8 de marzo, 2024 | Por R10
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Quiero felicitar a las mujeres que quiero felicitar, con una historia poco conocida. La de Cristina Negus, una niña inglesa de mediados del siglo XX y que desde pequeñita sintió una enorme atracción por los fósiles. Tina iba regularmente a verlos a una cantera abandonada cerca de su casa, en Grantham, Lincolnshire. Allí había montones de amonites y de toda clase de bichos del Liásico Superior. Años después, cuando entró en la adolescencia se las arregló para que sus padres la llevaran al Bosque de Charnwood, donde existía otra cantera con sedimentos de ceniza volcánica, más antigua, de cuando toda aquella zona estaba en el fondo del mar. Eso fue en junio de 1956, justo cuando Estados Unidos detonaba bombas atómicas cada dos o tres días en los más variados y diversos atolones del Pacífico, desgraciando evidencias de la vida animal prehistórica y contemporánea.

Tina sabía que las rocas del lugar eran anteriores al Cámbrico y sabía también que precisamente por ello, no debería encontrar allí rastros de vida animal. En aquel desabrido momento, los libros gordísimos, los sabios tan gordos como los libros y toda la inteligencia mundial afirmaban que la vida compleja, multicelular y perceptible comenzó en el Cámbrico para diversificarse con su famosa explosión.

Pero allí, ante sus ojos, reposaba un fósil con aspecto de helecho de terraza que desafiaba soberbio las notas de su cuaderno de descubrimientos trascendentales. Aquella formación no debía estar ahí, sobre rocas tan antiguas. Cuando este «esponjoso organismo» se balanceaba en la corriente, agarrado al fondo marino, los días duraban 22 horas, el año tenía 400 días y el bosque de Charnwood estaba cerca del Polo Sur.

Tina corrió a contárselo a todo el mundo y por supuesto, nadie le hizo el menor caso. Intentó extraer el fósil como pudo, pero las rocas de más de 600 millones de años no están ahí precisamente por dejarse despedazar por martillitos. Ahí terminó, de momento, su affair con el fósil.

La casualidad quiso que poco después otro adolescente, también de 15 años, Roger Mason, se diera de narices con el fenómeno. La diferencia estuvo en que su familia sí estaba conectada con los sabios gordísimos de la Universidad de Leicester y en un dos por tres fueron, sacaron y se llevaron el fósil y todos los que encontraron en aquella cantera primordial. Fue Tina —que quede claro— la que descubrió lo que sería la biota ediacara: montones de bichos raros, rarísimos, experimentos iniciales de la vida orgánica, que fallaron casi todos y que se mecieron y arrastraron durante decenas de millones de años por los fondos costeros mucho antes de lo que todos pensaban.

La moraleja de la historia va en que esta niña es hoy mínimamente conocida porque dio la lata y persiguió su fósil por museos e instituciones hasta que dio con él en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford. También se graduó en zoología, botánica y geografía en Reading y la siguió liando parda. Famosos, o más conocidos, se hicieron los sabios gordos que se retrataron con el fósil «fresco» y recién cortado encima de una mesa. Incluso el nombre del fósil, Charnia masoni, lleva el apellido del muchacho que lo encontró ya manoseado por Tina. Esta historia es, no me quedan dudas, la de millones de niñas que, sea lo que fuere, lo vieron primero, pero estaban ocupadas lavando los platos.

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