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Caminos que el agua abre —y cierra

Esta fotografía, junto con otras imágenes, ilustra Water of Life, un artículo de Kathryn Ferry publicado en la revista Who Do You Think You Are?, que examina la importancia de las fuentes públicas para la salud y el bienestar en la sociedad victoriana.

Caminos que el agua abre —y cierra

Julio 15, 2026 | Por R10
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Esta fotografía encendió de inmediato mis alarmas. No al nivel de una madre contemporánea del primer mundo, por supuesto, pero lo suficiente para notarlo. Cuando paseaba con Yoko —mi mascota—, vigilaba que no se metiera nada en la boca. Nada. De modo que comparto, en moderada dosis, la histeria colectiva que ha convertido la higiene en un culto de la asepsia.

Son dos niños bebiendo agua de una fuente pública, en Londres, en agosto de 1937. La fotografía fue tomada en Clapham Common. Como no es demasiado importante para este texto, conservaré intacta mi ignorancia sobre su origen y autor. Es verano, hace calor, van los dos descamisados y la primera señal inquietante es que cada uno sostiene un vaso de metal atado a la piedra por una cadena. Un avergonzado león de bronce deja caer de sus fauces enquistadas un indeciso chorrito de agua. Es una imagen tranquila. El agua parece estar disponible para quien quiera beberla.

De espaldas a la escena se extiende un costoso siglo. Hacia 1850, Londres había triplicado su población y bebía de un Támesis convertido en una cloaca. El cólera y el tifus asolaban los barrios pobres, y quien no tenía una cisterna propia dependía de pozos contaminados o de los vendedores ambulantes, que recogían, por supuesto, el agua del río. La alternativa más accesible era la cerveza. Las tabernas funcionaban como dispensarios más o menos confiables, junto a las consecuencias sociales que podemos imaginar.

En 1854, el comerciante Charles Melly instaló en los muelles de Liverpool una fuente de agua potable gratuita. Se dice que lo hizo conmovido por los emigrantes que le pedían por señas un vaso de agua y a quienes solo les podía ofrecer el abrevadero de los caballos. Cinco años después, Londres inauguró la suya en el muro de una de sus iglesias. De ella bebían cinco mil personas al día. Hacia fin de siglo, la asociación metropolitana había levantado quinientas fuentes, y los cocheros llevaban mapas con la ubicación de los bebederos para sus animales.

El vaso encadenado ofrece la dimensión exacta de la medida. A diferencia de las cucharillas encadenadas de la heladería Coppelia, del Vedado habanero, aquel no celaba al sediento. Era la señal de que el agua estaría allí para el siguiente. De modo que era un objeto comunitario en el sentido más estricto. Lo tocaban todos los labios de la ciudad: el estibador, el niño, el oficinista, y nadie veía en ello escándalo, sino civilización. Beber agua limpia y gratuita en plena calle fue una conquista sanitaria, moral y política. La sed no debía tener precio.

Siglo y medio más tarde, ¿cómo es nuestra relación con el agua? Ya no es agua, para empezar. No es agua si no tiene electrolitos, si no es alcalina, si carece de esencias de melón, pepino o limón. Aguas con gas de manantial volcánico, agua premium en botella de diseño. Más allá de estas ofertas vuelven a emerger un mundo prehidráulico, aguas indómitas, sed urbana. Sed que marca también las diferencias. Mi agua no es la misma que la tuya. Cuidado.

Este no es el camino, me desvío.

Al ver esta foto, las madres modernas pegarán un grito al cielo. Vasos llenos de microbios, de baba colectiva. Beber del vaso de todos es ingresar de la mano de las bacterias en la masa anónima e inculta que solo bebe agua para calmar la sed. ¡Un asco!

Mi propio termo es de Adidas. No de la tienda oficial de la marca, de Ross. Mi agua tiene logotipo, diseño, todavía en botellitas plásticas. Ya lo sé: soy un infeliz.

Me parece que subimos la cuesta del gran reino animal y vamos ya cuesta abajo. Democratizamos alguna vez el acceso al agua y la hemos apartado del sediento. Abandonamos los anticuerpos de bajo costo para enrolarnos en unos dudosos que cuestan cientos. Estas eléctricas aguas de sabores y espuma glacial no son en sí mismas pecaminosas. Simplemente exponen una cultura que ignora sus más grandes conquistas y las trivializa. El salto del arroyo a la fuente pública fue trascendental. Nos ahorró muchas horas de retrete, cama y estómago revuelto. Ahora dedicamos inteligencia y energía a reinventar necesidades que llevaban mucho tiempo resueltas. Para mí, que soy un amante de la decadencia y de la ruina, son excelentes noticias.

Dicho esto, Yoko, mi mascota, seguirá tomando agua potable, de persona, con electrolitos. Que si los niños en África... ¿Algún consejo para ayudarlos, una dirección para enviar una botellita de agua de cincuenta centavos? Prefiero hacer lo que hacemos casi todos. Pensar en cosas más alegres.

La foto me encanta. Cándida, como son ahora todas las fotos que Facebook propone. Si bien la compulsiva esterilización de los dones naturales nos ha alargado la existencia, también nos ha dispersado las reservas energéticas, los estallidos espontáneos de júbilo. Nos ha vuelto detectives de calorías. Todo eso en el primer mundo, por supuesto. Allá, donde nací, estamos de vuelta al agua contaminada de los ríos, a las cubetas medievales. Esperamos abajo, en el fondo del tercer mundo, un disparo de nieve, un rabo de nube, cualquier cosa que devuelva el agua a la fuente.

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Gallery

Tinted postcard of the Readymoney Drinking Fountain in Regent’s Park, London, c. 1910, reproduced in Kathryn Ferry’s article in Who Do You Think You Are?, Issue 246, August 2026, pp. 56–57.
Charles Pierre Melly 1829–1888. Father of the drinking fountain movement
Horses drink from a trough near Marble Arch, London, c 1890
A hive of activity at a drinking fountain in Covent Garden, London, c 1890
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