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82 peniques el minuto: El tapiz de Bayeux en Londres

24 de mayo, 2026 | Por Jorge Rodríguez
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Hace unos meses me preguntaba en estas páginas qué sacaba Macron prestando el tapiz de Bayeux a los ingleses. Cuarenta mil franceses firmaron una petición para impedirlo, alegando fragilidad textil y, sospecho que, algo de rencor transmanchino también. Quedaba la otra pregunta: qué sacaría el British Museum.

Treinta y tres libras la entrada en horario peak. Unos 45 dólares. Cuarenta minutos con el tapiz. Hagan la cuenta: 82 peniques por minuto. Un penique es un centavo con treinta y seis, en dólares. Un penique cada 73 centésimas de segundo de hilo románico. Cada uno de los 626 personajes bordados —o 623, según qué erudito británico los cuente— le sale al visitante a poco más de cinco peniques. Los caballos van de regalo.

Hay una tarifa 'off-peak' para los que vayan entre semana antes de las 5:10 de la tarde (£27), y una tarifa 'super off-peak' para el último turno de cada día laborable, entre 3:30 y 4:20 (£25). Las dos primeras y las dos últimas semanas de la muestra se cobran como 'peak' pase lo que pase. Estudiantes y discapacitados pagan £25 sin importar la hora. Los miembros del museo entran gratis, pero con un máximo de dos visitas en los diez meses que dura la exposición. Por si se les ocurriera abusar del privilegio.

Peak, off-peak, super off-peak, franjas horarias, ventana de 40 minutos, cupo de dos visitas por miembro.

Es la misma gramática de una aerolínea de bajo coste, o de un concierto en el O2 Arena de Londres. Que un bordado románico de setenta metros entre en el sistema tarifario de Ryanair significa que algo se está moviendo en el ideario del museo.

El detalle que más me divierte de la noticia es que el British Museum, fundado en 1753, es uno de los pocos museos del mundo donde la colección permanente sigue siendo gratuita. Uno puede entrar mañana mismo a contemplar los mármoles del Partenón —que, dicho sea de paso, los griegos llevan dos siglos pidiéndolos de vuelta, sin mucho éxito— sin pagar un penique. Y ahora, por ver durante 40 minutos un tapiz prestado por los franceses, hay que dejar 45 dólares en la caja. Visto de alguna manera es como si te dejaran entrar gratis al museo y te cobraran el elevador.

El Art Newspaper señaló en un artículo que publicó ayer —con esa diplomacia que tanto disfruto en la prensa inglesa— que el precio es 'solo un poco más caro' que las exposiciones temporales habituales del museo, que rondan entre £18 y £25. Cierto, como también lo es que un Aston Martin es 'solo un poco más caro' que un Volvo.

El museo ha anunciado además una instalación al aire libre llamada Tapestry of Trees, diseñada por el paisajista Andy Sturgeon, con las plantas y árboles que aparecen bordados en la pieza. Un bosque medieval reconstruido afuera, para los que no quieren o no pueden pagar el plato principal. Marketing experiencial, del que se aprende en la Harvard Business School, aunque 'Medieval Disneyland' lo describe mejor.

El trato que cerró Macron con los británicos incluía un préstamo recíproco. Piezas del entierro de Sutton Hoo y las piezas de ajedrez de Lewis irán a museos normandos. Más €13 millones del ministerio Dati para el museo de Bayeux, €2 millones para restauración, y la incierta promesa de devolver el tapiz sin daños en 2027. La operación, vista desde París, tiene su lógica. Porque hace falta el dinero que pide un museo que envejece a diario, porque algo de prestigio cultural ante Londres nunca sobra, y porque cierra con elegancia una discusión interna empantanada desde hacía años.

Desde Londres, la lógica es otra. El British Museum, institución pública en pleno proceso de renovación de sus salas griegas —con un presupuesto que necesita cifras gordas—, recibe el objeto patrimonial más codiciado del año y le pone precio de evento mundial. Cuarenta y cinco dólares por persona, durante diez meses, en una ciudad que en septiembre todavía estará llena de turistas dispuestos a pagar lo que haga falta para subir la experiencia a las redes sociales.

Aquellos 40,000 franceses indignados del pasado verano tenían razón, aunque no supieran exactamente en qué. Su tapiz no se está moviendo por razones diplomáticas o culturales solamente. Se está moviendo porque un minuto por verlo vale más caro en Londres que en Bayeux. Los que saben de dinero lo llaman arbitraje. En términos patrimoniales, no sé bien cómo llamarlo. Pero la palabra acabará apareciendo en algún texto, en algún momento.

Y bien, septiembre se acerca lentamente. La fila para entrar dará la vuelta a Great Russell Street. Habrá colas, habrá selfies frente al cartel de la entrada y un señor cobrando peniques solemnemente. Guillermo el Conquistador sigue pasándoles la factura a los ingleses.

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