
A mediados de los años noventa del pasado siglo tuve en mis manos muchos ejemplares impresos del Financial Times. Probablemente entre 1995 y 1997. Me fascinaba su diseño, el mortecino salmón de sus páginas y las ilustraciones de Ingram Pinn: su identidad visual, básicamente. Leerlo, poco, lo confieso. Era una experiencia casi retiniana y nada más. Pero me quedó claro que sus textos eran para profesionales — gente que toma decisiones a partir de información contrastada—, y que su línea editorial, en este sentido, era consistente desde su fundación, en 1888.
En la edición del 19 de agosto de 2026, FT publicó en su portada la fotografía de una medusa. No abajo, relegada a una esquina. Encima de todo, en el lugar que normalmente ocupa la tragedia y los horrores del día.
Con algún criterio puedo decirles —porque, aunque sea superficialmente, reviso más de treinta medios informativos cada día— que muy pocas veces la primera fotografía de portada de un periódico internacional está dedicada a un ser vivo no humano y, además, en absoluto controvertido.
Los que vivimos —o hemos vivido— cerca del mar, e incluso quienes nunca lo han hecho, algo sabemos de este gracioso representante del reino Animalia, filo Cnidaria. Su linaje es antiquísimo, con más de 600 millones de años, anterior a aquella escandalosa primera fiesta del Cámbrico. La que ilustra este texto pertenece a la clase Scyphozoa, que reúne algunas de las más bellas y cautivantes.

Pelagia noctiluca desplazándose bajo la superficie en las aguas de la isla de Elba, Italia.
Fotografía de Paolo Barelli.
Son estos seres traslúcidos uno de los primeros ensayos de la vida para descubrir en qué dirección podía prosperar. A pesar de estar conformados casi enteramente por agua, de no tener cerebro, corazón, pulmones ni esqueleto, son capaces de percibir su entorno, desplazarse, capturar presas y reproducirse, que es lo que más nos gusta a casi todo el mundo. Todo ello mediante grupos de células especializadas y una red nerviosa bastante elemental y ridícula. Es como si la Creación hubiera probado en ellas algunas soluciones que luego resultarían fundamentales para organismos más complejos. Órganos sensoriales, respuestas coordinadas, sistemas capaces de relacionar estímulo y movimiento, mucho antes de entregar todo el control a un cerebro.
Aunque su variedad es asombrosa, casi todas ellas responden a una geometría radial, más o menos axisimétrica —como una campana elástica—, organizada en torno a un eje central. La forma se despliega mediante una repetición rotacional que gira, retorna sobre sí misma y articula el espacio desde un inquieto centro. El borde se anima en ondulaciones periódicas y los tentáculos prolongan esa cadencia en curvas flexibles, espirales y delicados sistemas filamentosos. No abundan en la naturaleza los organismos cuya forma se transforma de manera tan continua mediante contracciones regulares, con una superficie blanda que oscila entre distintos estados de curvatura.
Muy pronto aprendió el hombre que la belleza esconde por lo general, algún peligro. Como ella, encarna la medusa simultáneamente fragilidad y amenaza, riesgo y transparencia, deriva y supervivencia. Curioso es como lo traslúcido de su cuerpo discrepa de lo matérico y aún así, casi desecho por la ausencia de una estructura firme, puede herir gravemente e incluso matar a una persona débil. Otra de las razones de su atractivo es que como carece de todo lo que conforma una identidad, rostro o anatómica conclusiva y reconocible, no logramos adivinar en ella intención, voluntad o propósito. Es que es un ser que llega de una vida anterior al principio de individuación. Y sin entrar en contiendas de género, tiendo a asociarlas —siguiendo la significación trillada— a lo femenino y a lo arcaico, a lo inconsciente y a lo espectral.
¿Cuál es otra razón de mi fascinación por ellas? Su inquebrantable voluntad —absolutamente involuntaria— de sobrevivir a la historia completa de lo vivo, sin espinas, carapachos, garras y dientes... solo mediante la flexibilidad y una voluptuosa sintonía con el entorno: 'Be water my friend'
I am.

Michelangelo Merisi da Caravaggio
Medusa, c1597-99 | 60 x 55 in
Galleria degli Uffizi, Florence
En medio de una de las batallas campales del verano —la adaptación para muchos inadecuada de la Odisea—, como no recordar a Medusa, la Gorgona cuya mirada petrificaba. Es cierto que no pertenece al mismo universo mitológico de Odiseo, pero aparece explícitamente mencionada en el canto XI. Durante su descenso al Hades, nuestro héroe teme que Perséfone pueda enviarle desde el inframundo la cabeza de la Gorgona, temor que contribuye a que salga de allí como un volador de a peso.
La blanda medusa es muy anterior y se inserta en un sistema cultural significante que por mucho la precede. Activa desde lo formal la idea de que a pesar de su pulposa y equivoca cristalinidad, lleva con ella veneno y su movimiento vago y lento genera una falsa sensación de seguridad. Su movimiento es también un baile y es en su cadencia desesperante donde nacen incontables desazones y desgracias.
¿Por qué algo que parece tan indefenso y vulnerable provoca a la vez miedo y fascinación? A la vez sensualidad y extrañeza, amenaza latente. Creo que tiene que ver con lo que adelantamos. Su identidad permeable, poco delimitada, su deriva incontrolada y desprecio por las reglas que funcionan para el resto de los seres vivos. Si es en ella todo visible, ¿dónde esconde su peligro? Su significado psicológico, sin embargo, depende más de la experiencia personal que de un código cultural compartido.
Medusa —la Gorgona que no sale de mi cabeza— volvía de piedra a quien acertaba a mirarla a los ojos. ¿Sería esa clase de belleza prohibida, reservada para los dioses o para el macho alfa y poderoso? Belleza que lleva el castigo consigo, la monstruosidad de un poder, sin ninguna duda femenino, porque no he escuchado jamás hablar de los medusos. Todo esto asocia la belleza con la muerte, como mucho después haría Thomas Mann con Tadzio en La muerte en Venecia.
Lo curioso es que llamamos hoy a esa sustancia semiconsciente 'medusa' porque deriva del nombre de la hermana tercera de las Gorgonas, junto con Esteno y Euríale. ¿Cómo se le llamaría antes, antes de medusa y de sus nombres científicos? ¿Con nombre de hombre, o de mujer?
¿Cómo llegó la medusa a la primera página del Financial Times? Cuando algún directivo llamó al director de arte o al editor gráfico, este debió de responderle que era una señal manifiesta de transformación climática y económica. Su proliferación puede leerse como una consecuencia visible del calentamiento del Mediterráneo, con efectos potencialmente graves sobre la explotación de sus recursos y las industrias costeras. También, porque editorialmente, funciona muy bien como contraste frente a portadas habitualmente dominadas por la deuda, la inflación, el empleo y los mercados. Porque es una imagen extraordinariamente atractiva. Porque introduce una pausa visual en la sostenida densidad pragmática del periódico.
Pero yo creo que está ahí por la misma razón por la que yo la habría puesto. Por su desquiciante ambivalencia, por la lentitud con que como muerte se aproxima, perfumada, maquillada, disfrazada de vida plena. Por el estado de indefensión que sufrimos cuando vemos que la otredad se atraviesa en nuestro camino y no hay nada que podamos hacer para evitarla.
Notas
Caravaggio pintó dos versiones de la Cabeza de Medusa. La primera, realizada en 1596 y conocida también como Murtola, por el poeta Gaspare Murtola, que escribió sobre ella, mide 48 × 55 cm. Está firmada «Michel A F» (Michel Angelo fecit) y fue hallada en el estudio del pintor después de su muerte. Actualmente pertenece a una colección privada. La segunda versión, algo mayor —60 × 55 cm—, carece de firma y se conserva en la Galería Uffizi de Florencia.
La Cabeza de Medusa que Caravaggio ejecutó hacia 1598 fue concebida como un escudo ceremonial por encargo del cardenal Francesco Maria del Monte, representante de los Medici en Roma, después de que este conociera en el estudio del artista la primera versión, la llamada Murtola. El encargo debía simbolizar el valor del Gran Duque de Toscana y su capacidad para vencer a sus enemigos. Para el motivo de la obra, Caravaggio recurrió al mito griego de Medusa, la Gorgona de cabellera de serpientes cuya mirada convertía en piedra a quien osara enfrentarse a ella.













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