
Tres días después de cumplir 29 años, el miércoles 21 de enero de 1998, llevé a cabo mi primera acción subversiva contra el sistema comunista cubano. Me fui a esperar al papa Juan Pablo II. Fui con un entusiasmo tremendo. Probablemente con Gilma, entonces mi esposa. Nos ubicamos en la acera derecha de la calle Paseo, entre 7ma y 5ta, en el Vedado habanero. Esperamos alrededor de hora y media. Cuando pasó delante de nosotros sentimos el golpe del rûaḥ —el aliento, el espíritu de Dios—, poderoso y extrañamente dulce, sobre nuestros rostros. Embargados por sentimientos inéditos, nos asombró ver, por primera vez en nuestras vidas, a muchísima gente con lágrimas en los ojos.
En el aire flotaba una frase que describía lo que todos sentíamos en aquel instante. Como letras saltando, oscilando, invisibles, pero que todos podíamos leer: Karol Józef Wojtyła, el polaco, Juan Pablo II era mil veces más grande y poderoso que toda la tribu del Comité Central, incluidos los tres Mercedes. Fuimos luego a la misa que ofreció en la Plaza de la Revolución, el 25 de enero. Amparados en la sobrenaturalidad del momento, miles de personas cantaron por primera vez, y llorando, canciones que nada tenían que ver con la revolución, que prácticamente la negaban y que tiernamente destrozaban los tobillos de la Internacional comunista.
Juan Pablo II representó el momento de máxima proyección internacional del catolicismo polaco contemporáneo. Tuvo un peso enorme en la identidad católica de su país y, sobre todo, en la oposición moral al régimen comunista. Elegido papa en 1978, permaneció en el pontificado hasta su muerte, en 2005. Fue el primer papa no italiano en más de cuatro siglos.

Aquella visita a la isla dejó una potente frase que pronunció a su llegada y que luego se deshizo como la dignidad de casi todos los cubanos: Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba.
Desde entonces el mundo se ha ido secularizando. ¿Qué esperaban?
Por ello me sorprendió una fotografía que encontré en la última edición de The Guardian Weekly. La imagen de una estatua de la Virgen María inaugurada el pasado 15 de agosto. En Polonia, por supuesto, en Konotopie, una pequeña localidad cerca de Toruń. Es interesante por varias razones. Una es su altura: 55,6 metros —40,6 metros de la figura y 15 de un pedestal concebido como una enorme corona y dotado de un mirador—. Es, a día de hoy, la más alta de Europa. Baste decir que supera los 38 metros del Cristo Redentor de Río de Janeiro y también al gigantesco Cristo Rey de Świebodzin, en la propia Polonia. Tampoco es la mayor imagen mariana del mundo. La Mother of All Asia, en Filipinas, alcanza aproximadamente los 98 metros. Pero eso no le resta atractivo.

Lo que me da alguna gracia es que fue financiada por unos empresarios polacos, Roman y Grażyna Karkosik. Roman es uno de los grandes industriales y multimillonarios del país. El monumento está muy cerca de su residencia y, según ellos, fue levantado como una acción de gracias a Dios. A mi me parece que querían ver algo bonito cuando se levantaran por la mañana. Algo que también les recordara lo simpáticos y multimillonarios que son. No les costó tan cara como pudiera pensarse. Unos 23 millones de euros. El Real Madrid pagó 125 millones al RB Leipzig por Yan Diomandé, con 15 adicionales en variables más o menos de sencillo cumplimiento. Esto es, un millón si se lava los dientes al menos una vez a la semana, otro si usa desodorante. Algo por el estilo. Por un chavalito de 19 años. Muchísimo más pequeñito que la Virgen.
Polonia se encuentra en ese mismo mundo que se seculariza. Por eso resulta algo inesperado que, cuando la fe pierde adeptos en todas partes —especialmente entre los jóvenes y los habitantes de las ciudades— aparezca de repente un monumento de tal envergadura. Está plantado en un paisaje rural y, por supuesto, todos esperan que la villa se llene de peregrinos. Al menos la inauguración reunió a cientos de personas y contó incluso con la presencia de Lech Wałęsa.

Cuando todos se vayan a casa, quedarán fijadas algunas coordenadas.
La estatua va a reconfigurar visual y simbólicamente todas la zona. Blanca, monumental y solitaria, va a bendecir de alguna manera el paisaje, la tierra, los frutos, todo lo que prospere bajo su mirada. Serán las manzanas más santas, las uvas más devotas, un vino más espiritual que espirituoso. La escala apunta, sobre todo, al poder económico de quienes la hicieron posible, a los que a partir de este veranos se les perdonará casi todo. La fe que como un manantial silente brotará de su altura, va a materializar una infraestructura propia. Se venderán reproducciones de todos los tamaños, estampas y medallitas. Allí llegarán los devotos y pernoctarán en las santas posadas y fornicarán en silencio y con algún temor de Dios, nunca suficiente para sortear sus robustas lujurias. Será un punto de referencia: a la derecha de la Virgen, luego de pasar la Virgen, casi al llegar a ella.
A pesar de toda la incredulidad que me provoca, experimento una alegría cansada. Pero la celebro, porque prefiero una Virgen a una influencer de TikTok meneando su nodo de transición. ¿Por qué no?
El mundo de hoy rebosa de ateos. Sospecho que en una parte nada pequeña de ellos su disenso de Dios reproduce un conflicto bastante anterior con formas primordiales de autoridad. Gente que nunca terminó de aceptar las reglas de la crianza básica, la severidad materna o paterna, y que a destiempo todavía practica una resistencia vaga, desorientada y bastante visceral, por cierto, a que alguien o algo —arriba o abajo— le diga lo que se puede o no se puede hacer.


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