
Bust of Ramses II on view at Ramses and the Pharaohs’ Gold
Tengo un par de amigos llamados Ramsés. Los conocí en Cuba y ambos terminaron en España. No sé si aún lo estén, probablemente. Pero lo que me sigue pareciendo curioso no es el trayecto. ¿Cómo es que tengo dos amigos con nombre de faraón? ¿Cómo es esto posible?
Tiendo a pensar que es por Ramsés II —el faraón que gobernó Pi-Ramesses (delta del Nilo), entre 1279 y 1213 a. C.—. La civilización occidental no tuvo la menor idea de su existencia hasta principios del siglo XVII.
Cuando Napoleón invade Egipto en 1798, además de soldados de infantería y cañones, llevó consigo astrónomos, ingenieros, arqueólogos y dibujantes. En los dos años que estuvieron allí, se dedicaron a documentar templos, relieves y jeroglíficos. El resultado fue la monumental Description de l’Égypte.

Piedra Rosetta
Europa sufrió una fascinación masiva por la civilización egipcia. En los ambientes cultos nace la egiptología moderna y en las calles se multiplican los egiptomaníacos. Lo más importante estaba por llegar. Pierre-François Bouchard encontró la piedra Rosetta en 1799, cuando trabajaba en la reconstrucción del Fuerte Julién. Veinte años más tarde, los jeroglíficos son finalmente descifrados por Jean-François Champollion.
Se empiezan a leer las escrituras y Ramsés II se vuelve popular. Empieza a ser objeto de estudio y pasa de ser un oscuro personaje de la fabulación nilótica a una figura histórica, concreta y monumental. Prestar atención a este último adjetivo. Hay una conexión lateral entre Ramsés II y Napoleón. Este último se veía a sí mismo como un heredero de grandes imperios y encontró en Egipto un claro escenario simbólico de poder. La figura de Ramsés II fue posteriormente reinterpretada y convertida en un arquetipo de autoridad para sostener las narrativas imperiales. Napoleón dejó el desierto con la certeza de que si algo se monumentaliza, se hace eterno.
En la vida real, Ramsés no tuvo ningún problema en llenar el vecindario de estatuas, monumentos e inscripciones de toda clase. Promovió una incansable campaña de propaganda política para cincelar una imagen a prueba de lluvia. Como ciertos políticos contemporáneos, mostró una singular capacidad para amplificar y proyectar poder, influencia y ejercer un control absoluto sobre la narrativa histórica. Por eso, a diferencia de Akenatón —un fanático que impuso una reforma religiosa radical centrada en el culto casi exclusivo a Atón—, Ramsés fue considerado un tipo dominante, pero tranquilo y tradicional.

Shelley probablemente nunca vio la estatua en persona. Se inspiró en un texto del explorador Giovanni Battista Belzoni y en relatos sobre estas ruinas | El Joven Memnón. Cabeza y parte superior de una estatua monumental de Ramsés II, tallada en granito rosado/gris (una de un par colocadas ante la entrada del Ramesseum), que lo representa con el tocado nemes y una diadema de uraei (hoy en parte perdida). El escultor aprovechó la naturaleza bicroma de la piedra para acentuar la división entre el cuerpo y el rostro; el pilar dorsal está inscrito con registros verticales de jeroglíficos que consignan el nombre y los títulos del rey, así como parte de una dedicatoria a Amón-Ra. En 1817 se observó que aún quedaban restos de color en la estatua, lo que sugiere que en la Antigüedad pudo haber sido pintada de rojo.
Fue Ramsés también quien inspiró el poema Ozymandias, escrito en 1818 por Shelley. El poeta quedó impresionado por la colosal estatua, conocida como el Joven Memnón, que fue trasladada de Egipto a Londres y hoy forma parte de la colección del British Museum. La elegía no insiste en su realidad histórica, sino en su encarnación del poder absoluto y su inevitable decadencia. El famoso verso 'Look on my works, ye Mighty, and despair' contrasta con la imagen de una estatua en ruinas, perdida en las arenas del desierto.
Hoy Ramsés no ocupa la cima de un top 5 de grandes faraones. No compite con Tutankamón, cuya tumba fue encontrada intacta en un momento en que ya todo se fotografiaba y las revistas de curiosidades eran impresas por millones. Tampoco con Akenatón, por su carácter revoltoso, pero sí más o menos se le considera al nivel de Cleopatra, Nefertiti y Keops —el de la pirámide turística.
Vuelvo a la pregunta. Si bien conozco varios Ramsés, sin numeración, ¿por qué no conozco un solo Akenatón, un Keops, una Cleopatra?

Upper part of a colossus of Ramses II
Limestone. New Kingdom, Dynasty 19 — Sharm El Sheikh Museum. On view at Ramses and the Pharaohs’ Gold exhibition at Battersea
Afortunados los que puedan visitar la exposición Ramses and the Pharaohs’ Gold en Battersea Power Station (Londres) para averiguarlo. Es una muestra itinerante con más de 180 piezas originales del antiguo Egipto, incluyendo estatuas, sarcófagos, joyas y animales momificados, además del ataúd de nuestro querido Ramsés. Además de objetos reales, presenta recursos inmersivos: proyecciones y realidad virtual para recrear templos y eventos históricos. Está concebida como una experiencia visual y educativa para el público general. Algo divertido. No voy a ir porque, a día de hoy, hay demasiados faraones tirándose de todo.


















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