
Un cartel al borde de la carretera advierte sobre la radiación en la zona de exclusión. Algunas áreas estaban restringidas al acceso de turistas. © Gerd Ludwig, 2011
El 26 de abril de 1986 con toda seguridad, me aburría como una ostra, tirado en cualquier esquina de mi apartamento, en el Vedado habanero. Todo lo que recuerdo de aquellas fechas era un miedo tremendo: la certeza de que podía pasar los tres años siguientes en el Servicio Militar obligatorio. Estaba profundamente aferrado a una muchacha con rostro de Mariko San —la de Yoko Shimada, no la de Anna Sawai— y no concebía que se ensanchara un milímetro más la distancia que cada día se abría entre nosotros.
De modo que no encuentro un solo recuerdo del accidente de Chernóbil. La prensa cubana era entonces lo que es hoy. Todo estaba bien; todo sigue bien. A lo sumo, diría que se vivieron y se viven 'momentos difíciles'. Nada que el pueblo cubano —acostumbrado a aguantarlo todo— no pudiera soportar.
Lo más probable es que, muchos días después, se comentara en un cintillo escondido entre noticias de harina y azúcar. Que había ocurrido una 'contingencia' en un glorioso reactor popular. Nada que el pueblo soviético —también acostumbrado a aguantarlo todo— no pudiera controlar.
Pasaron muchos años, hasta que, ya con la barba cana, vi la serie de HBO en el verano de 2019. Me impresionó muchísimo. Empecé a investigar, a recopilar información sin ningún objetivo claro. Morbo, posiblemente. Tuve un archivo al que llamé 'Chernóbil' que quedó en Cuba, en la computadora de mesa. Perdido para siempre. Nadie tiene idea de todo lo que los cubanos han perdido. Sobre todo en el terreno de lo doméstico.

El día del desastre, los niños, ajenos al accidente nuclear, jugaron en esta guardería de Prípiat, la ciudad de los empleados de la central. Fueron evacuados al día siguiente, 1986. © Gerd Ludwig
Pero las personas de la zona, de Pripyat, del norte de Ucrania, perdieron muchísimo más. Aquella explosión fue el primer hachazo que realmente estremeció al enorme oso soviético. Ya sabemos como manejaron la situación. Con un asqueroso desprecio por su gloriosa clase obrera, por sus soldados, por todo el que tuvo la desgracia de pasar por allí.
Hace apenas dos jornadas, The Times incluyó en su edición digital y en su suplemento dominical, una crónica gráfica sobre la evolución en el tiempo de la tragedia. Priorizando naturalmente el aspecto humano, los hombres y mujeres que han estado implicados en ella.
Las imágenes, firmadas casi en su totalidad por Gerd Ludwig, documentan sus diversas expediciones como fotógrafo a la zona.
Con los años me he vuelto sensible, empático. Me emociono con todos los finales, ya sean de películas, de series. Es horrible. Mi pensamiento se detuvo en los 'liquidadores'. El escudo humano —600.000 pobres hombres— que el partido interpuso entre Chernóbil y Europa. Ellos asumiendo sobre sus hombros el peso de lo que la tecnología de la época fue incapaz de resistir. No había máquina, cablería, circuitos, placas y componentes que soportara mas de cinco minutos en aquella pesadilla. La carne humana demoraba un poco más en quemarse.

Los trabajadores utilizaron este pasillo para acceder a los niveles inferiores del reactor número 4 destruido. © Gerd Ludwig, 2026.
Convertidos en biorrobots —bioroboty en ruso, término acuñado por el general Nikolai Tarakanov, el cabronazo a cargo de los liquidadores que trabajaron en el techo del reactor—, aquellos suicidas enfrentaron a pulmón, al grafito incandescente para contener el núcleo radiactivo. Sacrificaron allí su salud y sepultaron su futuro para de sellar el infierno que les quemaba la cara. Fue un sacrificio masivo, desgarrador: una legión de héroes anónimos que, bajo el yugo de un deber implacable, salvó al continente a costa de su propia existencia. Su legado apenas sobrevive en la memoria. Vamos a recordarlos hoy nosotros, que poco nos cuesta.
Les comparto la galería de imágenes. Al final, en blanco y negro algunas de los liquidadores.





















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