
Quien se acerca a la fotografía de Pedro Abascal y conversa con el autor sobre el carácter espontáneo de sus escenas no puede menos que pensar: me toma el pelo. Tan acostumbrados como estamos hoy día a un arte efectista, marcado muchas veces por la espectacularidad, que parapeta fragilidades de planteamiento mediante el uso oportunista de “lo tecnológico”, nos parece que miente cuando dice que ni sale a la caza de la imagen, ni usa manipulaciones de ninguna índole para lograr imágenes tan sugerentes. Y es que sus fotos, cuales piezas de jazz (según las compara el propio autor), cargan al espectador con una energía singular al releer constantemente su entorno desde una óptica que hace énfasis en la polaridad de significados.
Veinte piezas de pequeño formato conforman Paisaje urbano, su más reciente muestra en la Galería Korda, Casa de la UPEC en Pinar del Río, inaugurada en el marco del Salón Provincial de Artes Plásticas “20 de octubre”. Son propuestas que deben verse una y otra vez para encontrar siempre nuevos comentarios, a pesar de su susceptibilidad a ser denominadas como documentales. Forman parte de un ensayo más amplio en el que trabaja Abascal hace algún tiempo titulado Dossier Habana. Su quehacer ha mantenido desde sus inicios las mismas preocupaciones de tipo existencial, que hallarían su punto climático durante la década de los noventa con la promoción de jóvenes fotógrafos interesados en desentumecer el criterio de realidad con que había operado la fotografía hasta ese momento. La experimentación con técnicas y soportes no usuales, la manipulación del lente, el cuestionamiento del carácter épico de mucha fotografía cubana, entre otros presupuestos conceptuales y formales dieron como resultado la renovación de un género que propició la aparición de obras significativas en la historia de la plástica cubana.
Estas piezas de ahora manejan un lenguaje plagado de metáforas y alegorías que reflexionan con suspicacia acerca de los contrastes existentes en la sociedad cubana actual: “el merolico” y el turista, la arquitectura high tech y las ruinas, el insider y el outsider, la permanencia y el viaje, lo visible y lo insondable, lo mundano y lo divino. Se vale de espejos, retrovisores y vidrieras para establecer diversos planos de percepción; que a su vez funcionan como planos de sentido superpuestos. Dichos elementos enriquecen sus metáforas que comentan sobre el encierro, la precariedad, el aislamiento; aunque en ellas siempre subyace, a pesar de todas las contradicciones, la idea de que La Habana (para mencionar la parte por el todo) aún guarda su encanto.
Resueltas de modo sencillo mediante la técnica de plata sobre gelatina resultan, sin embargo, un ensayo agudo sobre el paisaje urbano donde el hombre tiene el peso fundamental, aunque no siempre aparezca en escena. El maniquí es otro elemento socorrido dentro de este discurso, quizá por su naturaleza lúdica y reverente, opuesta a lo que se espera de un ciudadano con poder de decisión sobre su realidad inmediata.
Podrían citarse tantas piezas elocuentes de la serie Paisaje urbano: la que divide la foto en dos partes, en un primer plano un muro cargado de graffitis callejeros y en un segundo plano un transeúnte que baja una escalera, el hombre “de a pie” encerrado en una estructura de cemento similar al sombrero que lleva en su cabeza. Sin mencionar aquellas donde, a propósito, el artista comete 'pifias técnicas' para aparecer autorretratado en la imagen, como cuando la sombra de su cabeza asoma coronada por una planta de henequén. Valga mencionar que este arbusto, entre otras utilidades, se siembra cerca de las zonas costeras para evitar de algún modo una posible invasión militar aérea, pues dificulta el arribo de los paracaídas. Una de las lecturas pudiera apuntar a la omnipresencia del carácter defensivo de nuestra Revolución.
La mayoría de los fotógrafos en la actualidad construyen la fotografía a base de montajes, objetos encontrados, u otro tipo de manipulaciones físico-químicas; pero al autor no le apasiona el truco. Prefiere captar “el instante decisivo”, como lo hacía el francés Cartier-Bresson; quien estimaba que el acto creativo concluía al descubrir un ángulo de visión óptimo en el instante oportuno. Las obras del cubano son el resultado de un ojo entrenado en captar coincidencias que se erigen en textos. El efecto de luces y sombras también es usado por el autor con el ánimo de hablar sobre un contexto plural, inaprensible, dinámico; que no se agota en una sola lectura, que al plasmarlo plásticamente hace interpelaciones al receptor sobre lo entendido como “real” y acerca de las posibilidades artísticas de la fotografía.
Cada foto de Paisaje urbano constituye un ensayo sobre la realidad cubana con sus diferencias, ambigüedades y ambivalencias. Por un lado el mundo de las corporaciones, la recaudación de moneda dura, las empresas mixtas, la remodelación urbana, y por otro la situación del cubano “de a pie”: apesadumbrado, con dificultades de vivienda, transporte y alimentación; y a su vez deseoso de advertir los cambios en su entorno citadino. El sentido crítico de las mismas se resuelve con sutileza, pero con la sensibilidad que caracteriza a toda la obra entrañable de Abascal, quien a pesar de gozar de un lugar en la historia de la plástica cubana no ha sido de los más favorecidos con la promoción; quizá por sentirse tan dentro del paisaje que le duele.


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