
La exposición Reflexiones Circulares (Circular Reflections) se presenta en la Westchester Regional Library de Miami, donde podrá visitarse del 3 de abril al 25 de junio de 2026, con una recepción de apertura el 4 de abril a la 1:00 p.m., marcando el inicio público de un proyecto que se inscribe en ese tiempo compartido entre obra y mirada.
Abandonada a si misma, la materia se organiza en forma de esfera. Sin otro propósito que ser, invierte sobre sí la menor energía posible. Una esfera encierra cualquier volumen bajo una superficie mínima, alcanza la máxima estabilidad y escapa del alcance de cualquier perturbación evitable o innecesaria. Es óptima: los cuerpos celeste que gravitan en el vacío son todos esféricos. No hay más que verlos.
El círculo sin embargo, no es común en la naturaleza. Es una idealización matemática donde todos los puntos se encuentran a la misma distancia del centro.

Aldo Menéndez propone una relación tensa entre continente y fragmentación. El soporte, acolchado y casi doméstico, nos sugiere una superficie blanda, íntima, incluso táctil, pero esa promesa es interrumpida por la irrupción de un rostro ensamblado a partir de fragmentos dispares. Aunque el ojo —húmedo, vigilante— actúa como eje perceptual, no logra ni intenta estabilizar el conjunto. La boca, protagónica absoluta, roja e hinchada, saturada y autónoma, parece pertenecer a otro rango de sentido.
Al ser humano en general —aún no entramos en el terreno del arte— le fascinan los centros. Quizás, porque solo un poco que se hunda, todo allí converge. Si solo un poco se levanta, todo rueda a su alrededor. Es en el centro donde se acumula el calor en una sopa y para enfriarla lo desplazamos con la cuchara.

La pieza de Ana Albertina expone un vínculo radicalmente asimétrico entre dos cuerpos, cuya aparente fusión no responde a la lógica de la unión sino a la de la dominación. Revela una escena tensa, casi biológica, donde uno somete y el otro cede, el instante preciso en que la presa deja de resistir al peso de su depredador.
Esta figura femenina, de contornos fluidos, se expandirse como una sustancia viva para envolver o absorbe al cuerpo azul y recatado. Una masa orgánica, casi visceral, se despliega como fondo activo, punteado por formas oculares que introducen una dimensión de vigilancia. Es una escena que no fija un instante narrativo concreto, sino un proceso continuo de asimilación, donde lo circular refuerza lo cíclico, en términos de condena y repetición.
Cuando el hombre organiza estructuras de sentido, una visión del mundo o su pensamiento religioso hace rotar las piezas en torno a un núcleo central. Ahi están para quien quiera verlos mandalas, halos divinos, serpientes que se muerde la cola. La idea de la perfección en la filosofía clásica. Hasta las brujas trazan círculos para contener determinadas fuerzas o para impedir su acceso.
Resuelve también el círculo tres grandes obsesiones humanas: el tiempo cíclico, la idea de la totalidad y el control del caos a través del límite. En medio del mar o del desierto, el círculo que nos rodea nos retiene en el centro irresuelto de nuestra existencia. Nos obliga a ocuparlo.

La pieza de Víctor Gómez se sostiene en la inestabilidad, expone el caos y el colapso de dispositivo semántico central La imagen apenas aprovecha una base que se antoja sólida. Es vulnerada por una serie de gestos pictóricos violentos, que la rasga y expone justamente su carencia de estructura de sostén. Al norte de la pieza se extienden fuera de sus límites varios apoyos o vigas que conceden cierto equilibrio. Pero el conjunto desprende un estado de saturación, de núcleo debilitado, sostenido —por persistir en el engaño—por lo terrenal y lo divino.
Sé que con estos apuntes o 'reflexiones' me alejo del centro de estas letras, que son las Circulares del proyecto de Miguel Rodez: 'una odisea curatorial de nueve años hacia la geometría de lo infinito.'
No imagina Miguel cuan familiares me son estas formas. Durante cuatro años conviví con los platos de cerámica de la colección Rodríguez, cinco días a la semana, doce meses al año. Incluso hice un par de ellos y la experiencia tuvo su dosis de vértigo. Porque, aunque el círculo absorba todo lo que pretende ser perfecto, cuando nos exigimos una lectura precisa de lo que nos rodea —si en ello nos va la vida— buscamos cuatro esquinas que detengan la deriva. Confiamos en cuadriláteros y paralelogramos para domesticar el caos. Por algo los ojos se abren más a lo ancho que a lo alto. Hacia los lados se despliega lo interesante, lo atendible o lo ignoto. Abajo queda demasiado cerca y arriba, demasiado lejos.
Pintar sobre el formato circular espanta las coordenadas previsibles y nos desancla de lo 'antes experimentado'. Quizás haya algo que hechiza y perturba a cualquier narrativa cuando le hurtan los puntos cardinales. Cuando la obligan a contar de atrás hacia adelante, o a caminar hacia atrás, cuando la atan a un centro.
Intento con estas letras rebotar en los bordes internos de la circunferencia, de esquivar el eje. No me interesa uno tan descaradamente central, tan excluyente.

En la obra de Arrechea, la figuración nos dirige a un juicio histórico. La superficie, erosionada y densa, parece cargada de demasiadas experiencias contaminantes, como si su autor hubiera sido sometido a procesos de desgaste, acumulación y violencia. Más hacia el centro, la figura —la deformada cabeza de una pionera, completamente anulada— introduce la dimensión política que se hace explícita y ostentosa con la presencia de escritura eslava en el perímetro. El círculo recuerda a un objeto votivo o un relicario. Su imagen es frontal e inevitable. Nos habla de la anulación del individuo, de su castigo.
Conozco la obra de la mayoría de los artistas que forman parte de este proyecto. Estoy familiarizado con su obra en el formato 'regular' o 'acostumbrado'. Y percibo, quizás intoxicado de tanta rotación en torno a un punto de giro, que nada se asienta, que los paisajes que estos bastidores circulares encierran, está en permanente suspensión. Que cada intento de asentamiento es fragmentado por un brusca agitación, que los elementos parecen fijados para maniatar su desobediencia.
Si los miro de uno en uno, no puedo evitar recorrer su perímetro. La mirada se precipita como un protón desquiciado en un acelerador de partículas. Cuando colisiona contra la imagen se desintegra. Libera mil aproximaciones menores pero de una energía más pura que nos permite entender la materia que constituye la propuesta del artista.

Mendoza, por su parte, desplaza la tensión hacia una poética suspendida. Sobre una superficie de madera, cercana a una bandeja o un objeto funcional, inscribe una arquitectura precaria, casi fantasmagórica. La casa parece sostenerse en un improbable equilibrio, rodeada por formas circulares que la orbitan, como sistemas autónomos que activan el espacio y los fragmentan en varios focos de atención. De todas estas piezas es la que más insiste en la inasibilidad del círculo, la única que en realidad la comenta.
Soy de la opinión de que es mucho más sano ver estos círculos como un todo. Van a estar sujetos en una pared rectangular que los domina y neutraliza, y desactiva su potencia siniestra.

Por último, quiero destacar la que, a mi juicio, aprovecha mejor el formato. Esta pieza de Luisa Mesa me llena de paz. Lo circular funciona como una apertura que nos permite asomarnos a un mundo a la vez micro y macroscópico. Ese fondo adimensional se revela cubierto por una red de líneas sinuosas, casi respiratorias, que se expanden en patrones similares a formaciones celulares. Son líneas trazadas con una precisión casi obsesiva, que sostienen, en un segundo plano, tres elementos dorados, como cuerpos celestes de un universo inhumano que, curiosamente, evitan el centro. Esta pieza, un minuto más tarde, podría ser otra; una nueva cada hora, como ocurre en el plano donde lo orgánico crece y se organiza como un ornamento que se parece mucho a la vida misma.


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