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Figurilla de mamut de hace 40.000 años con filas grabadas de cruces y puntos.

Rayas y cruces

Marzo 30. 2026 | Por R10
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Basta con mirar mi portada de MSN (Microsoft Start) para pensar que todos los días alguien descubre algo que obliga a reescribir la historia de la humanidad. Imagino a los historiadores exasperados, detenidos una y otra vez en la primera página.

Una de esas noticias —siempre graciosas— cuenta que 'un conjunto de marcas geométricas grabadas hace entre 34.000 y 45.000 años en pequeñas esculturas y utensilios está obligando a revisar la historia de la comunicación humana'.

Las rayitas —dos líneas rectas diagonales, cruzadas en el centro, como las que usamos en el juego del Tic Tac Toe— decoran los flancos y el lomo de un pequeño mamut, tallado en marfil y hallado en la Cueva de Vogelherd.

En total suman 260 objetos procedentes en su mayoría del Jura de Suabia, en el suroeste de Alemania, una región clave para entender el inicio del arte europeo. Allí, en cuevas como esta, Geißenklösterle o Hohlenstein-Stadel, y también en Maltravieso, se han recuperado desde hace décadas figurillas de animales, híbridos humano-animales, placas de marfil, herramientas de hueso y adornos personales, muchos de ellos cubiertos por secuencias geométricas.

Estas muescas, rayitas y rasguños han sido consideradas por investigadores de la Universidad del Sarre y del Museo de Prehistoria e Historia Temprana de Berlín como elementos con una complejidad y densidad informativa comparable a los primeros sistemas de notación de la antigua Mesopotamia.

Tablilla protocuneiforme. Staatliche Museen zu Berlin, Vorderasiatisches Museum / Olaf M. Tesmer.

Las figuritas caben en la palma de una mano; todo indica que sus propietarios las llevaban consigo para recordar algo, como una lista del súper. No muy distinto de las tablillas mesopotámicas, destinadas a registrar cuentas y transacciones. Corresponden al tiempo en que los primeros Homo sapiens se asentaron en Europa Central ante la mirada huraña de los neandertales, cuando el continente estaba cubierto por el hielo.

Además de estas incisiones, estos grupos produjeron arte figurativo, instrumentos musicales, adornos personales y herramientas bastante elaboradas. Un comportamiento bastante moderno.

¿Cómo llegaron los investigadores a la idea de que podía tratarse de algún tipo de lenguaje?

El lingüista Christian Bentz y la arqueóloga Ewa Dutkiewicz explican que jamás intentaron traducir nada. Se centraron en propiedades mensurables. Digitalizaron casi 3.000 incisiones geométricas distribuidas en la totalidad de las piezas y las clasificaron en categorías simples: crucecitas, rayitas, punticos, muescas y formas parecidas a la 'X' o a la 'Y'. Aplicaron modelos estadísticos y algoritmos de aprendizaje y concluyeron que funcionaban como un sistema básico de notación. Es decir, que aquello podía servir para algo.

Se apoyaron en la repetición ordenada de estos elementos, comparable a la de las primeras tablillas protocuneiformes, probablemente utilizadas para contar o registrar. No escribían como tal, pero sí organizaban información de forma intencional y bajo ciertas reglas.

Figurilla de hace 38.000 años procedente de la cueva de Geißenklösterle, Alemania. Landesmuseum Württemberg / Hendrik Zwietasch.

Algunas formas aparecían en animales y herramientas, nunca en figuras humanas, lo que sugiere una posible diferenciación funcional. Otras combinaciones se concentraban en determinados soportes, reforzando la idea de que se trataba de códigos aprendidos y transmitidos durante generaciones.

Propusieron que estos sistemas pudieron ser compartidos por artesanos durante unos 10.000 años, aplicados de manera consistente a tipos específicos de objetos. Que podían señalar momentos clave en los ciclos de vida de los animales —como épocas de apareamiento o nacimiento—, en cualquier caso asociados a intereses prácticos.

Consideraron, en consecuencia, que sus autores poseían capacidades cognitivas comparables a las nuestras. Que ya estaban explotando el potencial de estos recursos gráficos miles de años antes de la primera tablilla sumeria. Que la capacidad humana para codificar información es mucho más antigua de lo que se pensaba. Y, por supuesto, que ha llegado el momento de reescribir la historia, al menos hasta el próximo descubrimiento definitivo.

Estas formas se mantuvieron estables durante milenios, al menos en términos de su supuesta densidad informativa. Hasta que, un día, desaparecieron sin dejar rastro. Poco después, en apenas mil años, el protocuneiforme —todavía lejos de ser una escritura plena— evolucionó hacia un sistema capaz de representar el sumerio.

Ahora imaginemos que en 1931, durante las excavaciones de Gustav Riek en la Cueva de Vogelherd, un niño de la zona merodea el yacimiento. Nadie lo está mirando. Encuentra una de las pequeñas figuras y, sin otra intención que dejar su marca, la raya con una cuchilla. Empieza con una línea, luego otra, repite algunas cruces por puro vicio, como hacemos todos con las llaves en las paredes del edificio. Al día siguiente, la pieza es registrada. Las incisiones quedan fijadas como parte del objeto. Décadas después serán interpretadas como patrones, como códigos, incluso como proto-notación. Cuando en realidad no serían más que el rastro banal de una diablura infantil, completamente ajena al tiempo que más tarde se encargaría de dotarla de sentido.

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Estatuilla antropomorfa de Vogelherd.
Longitud: 69 mm; profundidad: 10,5 mm; ancho: 19 mm, según Müller-Beck et al. (1987).

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