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Que vida más dura!

Marzo 28, 2026 | Por R10
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Hojeando la edición de otoño de la revista Art in America, me llamó la atención un pequeño texto: la respuesta de la publicación a la queja de un curador de arte de un prestigioso museo, que consideraba que, a pesar de lo hermoso que pudieran parecer sus credenciales, su vida laboral era poco menos que una condena.

Lamentaba que su esfuerzo fuera subvalorado en términos económicos —teniendo en cuenta su formación y cultura— y el impacto real que tenían sus opiniones en los lineamientos curatoriales de la institución y en la manera en que esta decide mostrarse al público. No menos en la arquitectura programática de sus exposiciones.

Desde la misma redacción de su lamento —en un impecable lenguaje técnico—, es posible adivinar el lugar que sus expectativas le asignan en el esquema de autoridad efectiva del museo.

También protestaba porque el código ético interno le impedía colaborar con instituciones análogas, fundaciones, galerías e incluso con artistas. Escribir reseñas y ensayos, curar exposiciones, aparecer en documentales hablando de ellas, etc.

No tiene idea el quejoso de cuanto lo comprendo. Desde hace mas o menos cuatro años tengo una tarjeta de presentación donde se lee que soy un curador como ese —Chief Curator, nada menos, aunque posiblemente, porque no lo sé, de un espacio más modesto. He transitado el mismo pasillo por donde arrastra sus lamentos.

¿Qué pudiera aportar a su calamitoso rosario? Nada. Lo más sano es aceptar que la Tierra es redonda, que nadie ha visto realmente un alienígena y que, cuando se está a medio camino en una cuerda floja, lo más sensato es mantener la boca cerrada.

Para la mayoría de los curadores, la práctica poco tiene que ver con la autonomía del pensamiento ni con ese supuesto acceso ilimitado al capital cultural. Se trata más bien, de no hacer perder la paciencia a quien financia el espacio o a quien maneja los presupuestos, incluso los intangibles, que al final decidirán el lugar que se ocupa en el ecosistema museístico. Sobre todas las cosas de trazar una línea roja de 36 puntos desde el financiamiento hasta los resultados.

Quejarse no es una opción inteligente si antes directivos de espacios diferentes no se han acercado para preguntarte si te tratan como mereces. Si no ves con claridad la manera de seguir pagando tus facturas por dos o tres meses desde el sofá de tu casa. Si no eres un joven rebosante de energía, amante de los deportes extremos, si ya no es tan fácil como solía ser atarse los cordones de los zapatos.

Ser curador de un museo —no digo ya de uno importante— permite volver a casa con las manos limpias, aunque la conciencia llegue empañada. Como casi todo lo que creemos sagrado, el museo está en riesgo. El arte se aleja de lo que creíamos que debía ser, y entramos en un tiempo que mi generación no entiende del todo.

Vuelve a casa, preparate un cafecito, mordisquea alguna golosina de las que matan y elige que película, serie o documental quieres ver antes apagar tu conciencia por unas horas.

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