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Matar la cucaracha o el sexo a la sueca

Mayo 3, 2026 | Por R10
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Influencers o aspirantes viven atentos a cuanto sucede para recalentarlo y devolverlo a las redes como si acabaran de descubrir el principio de flotación. Pero muy pocos como el de Siracusa y muy poco que pueda provocar un auténtico eureka.

El sapiens —como todas las demás especies— responde naturalmente a estímulos básicos. Comida, morbo, desesperación ajena y sobre todas las cosas, sexo. La escritora brasileña Clarice Lispector apunta que solo hay uno más definitivo y apremiante: el de matar cucarachas. Que, ‘si éstas habían logrado escapar a la ferocidad humana era porque se habían refugiado en las tinieblas, donde se hicieron invulnerables por el miedo congénito del hombre a la oscuridad.’

Ese es un impulso instantáneo y tremendo, no deliberado, casi pre-racional. Por eso se le coloca junto al instinto reproductivo. Ambos brotan del cuerpo antes que de la mente. Si Clarice lo califica de más urgente que el erótico es porque este último admite cierta postergación, sublimación y elección premeditada de contexto. El impulso de aplastar una cucaracha es irreprimible —pisótiala, pisótiala, canta Pedro Luis Ferrer en "Pisotia la Cucaracha" (disco Pedro Luis Ferrer, track 3, Caliente Records, 1999)— y no admite trámite. Te obliga a desengancharte del cuerpo deseado para buscar una chancleta con un desespero casi neonatal. Y es uno de esos pocos momentos en los que una persona civilizada y de bien se reconoce capaz de matar sin culpa, casi con una oscura satisfacción.

Volviendo al sexo, este se puede categorizar también por sus niveles de urgencia. Descartando la etapa adolescente —atravesada por una obnubilación agotadora, umbrosa y densa— para los que superan las mil partidas, el sexo suma galones cuando es de riesgo o prohibitivo. Pocos modernos no habrán violentado alguno de sus mandamientos.

Uno de los primeros textos que subí a este blog narraba la aventura de dos calenturientos residentes en Florida, que fueron sorprendidos por un vigilante nocturno mientras hacían el amor sobre un elefante tejido en lantana camara. En su momento pensé también en la estructura del pobre paquidermo. Pero sobrevivió y los amantes de Miami Beach se hundieron en la noche sin remordimientos o con ellos.

Hace un par de días leí una noticia similar. Turbia y definitivamente manipuladora. Narraba en plan chisme vecinal que otro lujurioso par había sido sorprendido follando en el interior de una ballena disecada en un museo sueco.

Algo me pesa el haberlo tomado inmediatamente por cierto. Lo es, vamos a ver. Pero la historia tiene casi cien años y es una anécdota muy repetida sobre la Malmska valen, la ballena azul taxidermizada del Göteborgs Naturhistoriska Museum en Gotemburgo, Suecia.

La propia institución cuenta que la ballena varó el 29 de octubre de 1865 en Askimsviken, al sur de Gotemburgo; medía más de 16 metros y pesaba unas 25 toneladas. Fue preservada con una estructura de madera y piel montada, y en su interior se instaló una especie de salón con bancos y tapices. La mandíbula superior podía abrirse para que la gente entrara.

La parte escandalosa aparece en su página oficial vagamente formulada. Dice que, a comienzos del siglo XX, un par de amantes fueron pillados dentro de la ballena, y que desde entonces decidieron ser más cuidadosos con mantenerla abierta. Hoy se abre solo en ocasiones especiales, como las elecciones o actividades concretas. Atlas Obscura, —una página web (y también editorial de libros) que cataloga lugares insólitos, curiosos, ocultos o poco conocidos del mundo— sitúa el episodio en los años treinta del siglo pasado.

La manía por fornicar en iglesias, museos, bibliotecas o cementerios responde por lo general a la íntima sospecha de que el sexo, en sí mismo, no parece ser suficiente. Que sin una determinada escenografía es apenas un trámite biológico cuyo fondo coral fue cancelado por una afonía colectiva. O sea, que el riesgo pudiera ser tan necesario como la lubricación. Que fuera del colchón consagrado por la ley humana o divina, o por la contemporaneidad más básica, no pasaría de ser una rutina similar a lavarse los dientes después de un atracón de carne fibrosa. Si lo necesitamos como anécdota, para insistir en el poco caso que hacemos a lo que consideremos ‘institución’ generalizada, vale. No pasa nada.

Muy pocos se salvan de haberlo practicado en las locaciones más locas. Escaleras, azoteas, dentro de tanques de fibrocemento… sumen aquí los entusiastas. Las que se recuerdan por siempre, pero, cosa curiosa, casi nadie recuerda el episodio sexual en sí mismo, como sí sucede con el que ejecutaron en el escenario previsto para tales actividades y en un estado de válido abandono.

No tengo ningún problema con eso. Sí lo tengo con que cada vez resulta más complicado dar por bueno lo que vemos, escuchamos, lo que nos cuentan. En este primer cuarto de siglo cenamos demasiado a menudo el gato que por liebre nos han vendido.

PD

La anécdota de la pareja amorosa aparece repetida en muchísimas fuentes (página oficial del museo GNM, Wikipedia sueca, Sveriges Radio, Atlas Obscura, Stockholmsmix, blogs varios), pero ninguna cita un periódico, un acta del museo, un nombre, una fecha exacta o un número de página. La frase del presidente del consejo del Museo de Historia Natural —“Vi får vara nöjda över att denna förmån kommit ett par medborgare i vår egen stad till godo” / “Debemos contentarnos con que este privilegio le haya tocado a un par de ciudadanos de nuestra propia ciudad”— ha circulado desde entonces por todas partes, sin atribución primaria.

Las fechas tampoco se quedan quietas. La página oficial dice “början på 1900-talet” (principios del siglo XX), Sveriges Radio dice “1920-talet”, Atlas Obscura dice “sometime in the 1930’s”, y la Wikipedia sueca lo deja indeterminado entre 1918 y 1939.

Esto tiene alguna importancia porque el folclore de Gotemburgo en torno a la ballena ha tendido a inventarse episodios y a recordarlos como reales. La pareja amorosa pudiera ser uno de estos casos. Pero siendo justos, semejante historia nunca sería noticia oficial. Es casi imposible que un escándalo erótico en los años 30 fuera amplificado por la prensa local.

El periodista Kristian Wedel, del Göteborgs-Posten, lleva décadas escribiendo sobre la Malmska valen — más de 43 artículos, según él mismo. Es el experto periodístico más obsesivo que existe sobre la ballena, y su historia con el “café” que se instaló dentro de ella es muy ilustrativa. Durante años se dedicó a desmentir el mito de que hubo tal cosa dentro del cetáceo, exigiendo “fotografías, recibos, menús, planos, permisos, servilletas” — y nunca apareció nada. Recibió amenazas de muerte por ser tan pesado.

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Blåval (Malmska valen) —Balaenoptera musculus (Linnaeus, 1758) Historical photograph, digitaltmuseum.se archives
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