
Camino a casa, en uno de los trenes del aeropuerto de Miami, tomé esta foto. Un pasajero dejó una pegatina en uno de los tubos del vagón. Quien quiera que fue —por el código— vino de Guayaquil y la trajo en su maleta. El autor al parecer, vive en estas tierras.
Hay algo profundamente humano —y no necesariamente digno— en la urgencia de dejar una marca, en el deseo de inscribirse en el relato del mundo. No importa que sea de forma mínima, precaria o incluso ilegible. Si no dejamos algún tipo de evidencia, nunca existimos. En ello no hay novedad. Lo vemos desde la prehistoria y con el transcurso de muchos milenios, esta manía mutó y se aceleró hasta volverse casi compulsiva.
Al ver la pegatina, recordé una imagen de unas manos sobre la roca, en una cueva. Las que los cavernícolas dejaron en Leang Leang Maros, Sulawesi del Sur, un complejo de cuevas prehistóricas ubicado en la región de Maros, Indonesia. Tales 'impresiones' son claves para entender el origen del arte y del pensamiento simbólico de la humanidad.
Pero, más que en lo esencial, no quiero conceder a nuestro paisano, la gracia de compararlo con aquellos queridos salvajes.
Entre sus manos en negativo y la etiqueta de una maleta como firma, hay cierto paralelo semiótico. Ambos son índices, signos que no representan algo por semejanza ni convención sino por contacto directo con una presencia real. Las manos en la roca son huellas literales de los cuerpos que estuvieron allí. La etiqueta es la traza material de un desplazamiento. En ambos casos son signos que no nos dicen casi nada. Apenas atestiguan.
El pasajero no debería sentirse demasiado emocionado con su 'performance', porque no es muy diferente de dejar caer un cigarro en el piso, de arañar un muro con la llave, de derramar estúpidamente la mitad de su refresco encima de la mesa. Estos casos evidencian de manera similar, que por ahí 'pasó'.

Desde la década de 1950, imágenes y plantillas de manos como las que aquí se muestran han sido halladas en cuevas de la isla indonesia de Sulawesi. Crédito: Naj Ativk / Shutterstock.
Las manos prehistóricas constituyen una de las formas más tempranas y radicales de inscripción humana. Afirman su existencia, la indexan directamente desde cuerpo. No buscan representación, sino auto percibirse como huella y hacerlo denota —en ese momento— un cerebro algo desarrollado y un vestigio de discernimiento.
La etiqueta, contemporánea al fin, introduce una capa adicional. Su pertenencia a un sistema. Codifica la presencia — número, origen, destino, trazabilidad—. Transmite que alguien se subió al avión, cruzó el mar, tuvo recursos para ir y regresar, y ser por tanto un 'ser exitoso'. Es un signo participa y se acomoda en la red logística moderna.
Las manos en cambio son índices puros, casi ontológicos. Ambos son básicos, arcaicos, ligeramente desobedientes... estuvimos aquí, muy bien. Las manos son un tesoro, la etiqueta es efímera.
Desde lo semiótico podemos hacer un brevísimo recorrido por las siguientes salas del Museo del Hombre como "comunicador".

Venus de Hohle Fels
Las figuras paleolíticas conocidas como 'Venus' —como la Venus de Hohle Fels—, introducen un primer desplazamiento. No hay contacto directo, sino representación. Estas pequeñas esculturas ni narran ni construyen escenas ni son huellas básicas. Operan como íconos simbólicos desde la 'forma'. Un cuerpo humano emerge, abstraído y condensado de manera que signifique. La exageración de algunos rasgos hacer notar una elaboración mental más compleja, posiblemente vinculada a la fertilidad, la identidad o una idea arquetípica de lo que entienden por humano. Quien quiera que talló estas graciosas damas quiso expresar su idea de 'lo que somos'. Muy importante: pasó de sí mismo.
En las mismas cuevas se encontraron también escenas de caza. Un tercer salto. Las imágenes poseen ya una estructura narrativa (relato). Las figuras humanas —híbridas en ocasiones— interactúan con animales en composiciones que implican acción, tiempo y relación. Combinan lo icónico con lo simbólico y psicológicamente revelan una mente capaz de organizar experiencias colectivas, proyectar situaciones y construir sentido compartido. La imagen dice: 'esto ocurrió'.

Es esta hasta el momento la obra de arte más antigua jamás hallada. Tiene alrededor de 44.000 años. Se encontró en lo profundo de las cuevas de piedra caliza de Sulawesi, Indonesia. Nuestros antepasados estaban participando en una narración compleja mucho antes de lo que se había dado cuenta previamente. Este descubrimiento destaca un momento decisivo en la evolución humana, demostrando que la capacidad de pensar creativamente y de modo abstracto estaba bien establecida en el sudeste asiático durante el Pleistoceno.
En muy pocos caracteres... manos, figura de mujer y escena de caza, son índice, abstracción del cuerpo y construcción del mundo.
Podríamos forzar —que científicamente la hay— una continuidad entre Leang Leang y la pegatina del tren. Sería en todo caso comparar con excesiva indulgencia y claudicación de juicio un balbuceo con una lengua fundacional. Si la segunda es un signo barato y casi tedioso, las formas prehistóricas son la evidencia de que aquellos cavernícolas resolvieron como inscribirse en un mundo que en ese entonces carecía de memoria.

Pinturas prehistóricas de manos en la Cueva de las Manos, en Argentina, consideradas de más de 10.000 años de antigüedad (Getty/iStock).


If you’re a regular reader of this blog and enjoy its content, you might consider contributing to its upkeep. Any amount, no matter how small, will be warmly appreciated

Founded in 2021, Echoes (Notes of Visual Narrative) invites everyone to explore together the visual codes that shape our world—art, photography, design, and advertising in dialogue with society.

Copyright © 2025 r10studio.com. All Rights Reserved. Website Powered by r10studio.com
Cincinnati, Ohio
Comments powered by Talkyard.