
SANCTA by Florentina Holzinger. 'This is about the female libido breaking out'. In the photo, Sara Lancerio and Netti Nueganen. Photograph: Nicole Marianna Wytyczak
Tuve la oportunidad de leer en la última edición de The Critic un artículo sobre Sancta, la pieza más reciente de la coreógrafa y directora austriaca Florentina Holzinger, una de las figuras más radicales de la escena europea contemporánea. Toma como punto de partida Sancta Susanna (1921–22) de Paul Hindemith —ya escandalosa en su tiempo— y la expande hasta convertirla en una escena híbrida entre ópera, performance, concierto y ritual de filiación satánica.
Queda claro, a partir de las fotografías —porque no la he visto ni la veré—, que es una provocación tardía a la Iglesia en tanto estructura de control sobre el cuerpo y su deseo. Me lo parece porque esta crítica no solo existe desde hace siglos, sino que nunca ha dejado de operar.
Holzinger empuja la escena hacia un territorio donde el cuerpo abandona su función representacional y entra en violenta exposición. Redefine la liturgia y manipula el símbolo para que todo lo que ha sido desde siempre reprimido —la brutalidad del deseo, la violencia del placer hambriento— irrumpa sin ambages en una performance ejecutada con tal literalidad que cancela cualquier margen de interpretación. Busca exponer, dicen, hasta qué punto ciertas estructuras persisten porque no se las enfrenta directamente.
Es innegable que la cultura occidental encuentra a las monjas fascinantes. Algo en su apariencia nos fuerza a apartar prematuramente la mirada. Intuimos que el hábito no enfría el cuerpo. Lo convierte, más bien, en una interrogante insalvable. Una lata de sardinas sin un abridor a mano.

El Éxtasis de Santa Teresa también conocido como la Transverberación de Santa Teresa (en italiano: L'Estasi di Santa Teresa o Santa Teresa in estasi o Transverberazione di santa Teresa) es un grupo escultórico en mármol obra del escultor y pintor Gian Lorenzo Bernini, de estilo barroco. Fue realizada entre 1647 y 1652, por encargo del cardenal Cornaro, para ser colocada donde iría su tumba, en la Iglesia de Santa María de la Victoria (Santa Maria della Vittoria), en Roma, donde actualmente se encuentra, en la llamada Capilla Cornaro. Santa Maria della Vittoria es una basílica del siglo XVII erigida para conmemorar la victoria del emperador Fernando II en la Batalla del Monte Blanco. Está considerada una de las obras maestras de la escultura del alto barroco romano. Wiki.
Bernini lo entendió perfectamente. En el Éxtasis de Santa Teresa, el cuerpo parece hervir y sudar bajo un pesado manto. Adivinamos un cuerpo vandalizado por ondas sucesivas de energía erótica. La santa se entrega, se abandona. Se ha pretendido ver dolor en su gesto. Soy incapaz de percibirlo, porque Teresa parece estar en otro mundo. La boca entreabierta, la cabeza vencida hacia atrás, si eso es éxtasis religioso, me asombra que el mundo no esté lleno de monjas.
La iglesia sin embargo, contrataca. Insite en leer la escena como un triunfo de lo espiritual. Pero su afán revela más ansiedad que convicción. El barroco no fue ingenuo, Bernini menos. Sabía exactamente dónde colocar la intensidad para que el espectador sintiera algo imposible de procesar desde lo puramente espiritual.
Ese es el camino más señalizado en la historia del arte. La literatura, la ópera, el cine, todos repiten la misma operación con distintos grados de pudor. Matthew Lewis ya había entendido que bastaba con confinar a una mujer bajo un voto para que el deseo encontrara la forma más insistente de aparecer. Giovanni Boccaccio y Geoffrey Chaucer no necesitaron teorizarlo, les bastó con contarlo.
La ópera sin embargo lo exagera porque necesita el conflicto. En Robert le diable, —una ópera francesa de 1831 compuesta por Giacomo Meyerbeer— las monjas salen de sus tumba en una coreografía que nadie se atrevería a llamar 'devota'. En Thaïs, otra ópera, también francesa, una cortesana se convierte en santa mientras el monje que recto la guía, queda atrapado en el deseo que pretende corregir. El hábito y el cuerpo comparten escena sin intención de reconciliarse.
El siglo XX elimina cualquier resto de elegancia. En las películas The Devils (Ken Russell, Reino Unido, 1971) y School of the Holy Beast (Norifumi Suzuki, Japón , 1974) prescinden de la insinuación para mostrar explícitamente los conflictos entre el poder y la sexualidad, y entre la represión y el desbordamiento. Lo vuelven todo explícito, casi didáctico. El convento funciona como un escenario donde la represión produce exactamente lo que quiere contener.

No mucha conoce que School of the Holy Beast fue un proyecto multimedia, y que la película estuvo precedida por una versión en manga. A Norifumi Suzuki (鈴木則文) se le atribuye el texto, mientras que Ryuuji Sawada (沢田竜治) se encargó del apartado gráfico. Hoy en día no es fácil de encontrar.
En ambos casos se articula un mismo patrón: lo que cambia no es la lógica de representación, sino el grado de explicitud con que esta se manifiesta.
La monja no desaparece como figura erótica porque la cultura no sabe qué hacer con un cuerpo que no circula, que no avanza con luz verde, que rehúsa pisar la escalera mecánica. Irrita, interrumpe, genera una expectativa que nada puede solventar. El deseo requiere objetos más o menos disponibles. El hábito los esconde y esa retirada es lo más provocativo que podemos concebir.
A estas alturas, la monja no representa pureza. Encarna una tensión irresuelta, que la industria del entretenimiento recicla con disciplina espartana. Persiste como imagen, como hábito y como lugar común. En el pozo conventual caen una buena parte de las oscuras cavilaciones de los países donde la religión conserva una presencia cotidiana. Y así, cada época le añade su estética propia, ninguna pone el menor empeño en desactivarla.
Aún sin verlas sé que, entre Sancta y El éxtasis de Santa Teresa hay un abismo de ruido, entropía y exceso.














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