
No logro entender del todo cómo funciona el algoritmo de Facebook. Por alguna razón ha empezado a mostrarme decenas de fotos de Ana de Armas. Quizás porque un día me detuve en una fotografía de Anya Taylor-Joy; quizás porque tengo un archivo —entiéndase, de interés científico— de Ava Gardner y Marilyn Monroe; quizás, en fin, porque me demoré un segundo de más en algunas de sus imágenes.
Siento cierta simpatía por ella, la justa. Me alegra que participe a menudo en películas que veo y, a la vez —porque es cubana y allí absolutamente nadie es profeta, excepto los amigos (el resto son comemierdas)—, me parece que a veces se la ve sobrepasada por las actrices anglosajonas con las que comparte cartel. En resumen, tengo una relación complicada con ella.
Pero a la vez me parece muy bonita, esforzada y me alegro de que tengan un montón de baños sin usar en su casa.
Entonces, hay algo que no puedo resolver. ¿Son las decenas de fotos que llueven sobre mi, generadas por AI, o son tomadas de la realidad, de una pose voluntaria?
Porque hay muchas, muchísimas, excesivas fotografías en las que se la ve con una de sus piernas apuntando al cielo. Eso no es frecuente. De las decenas de miles que le tomaron a Monroe, muy pocas la muestran en esa pose, por ejemplo.
¿Cuál es la obsesión, entonces, con levantar ese puntero? ¿A qué interpretación pantanosa me quieren arrastrar?
Si se fijan, la pierna elevada rara vez nace de un cuerpo abandonado a la voluntad. Casi siempre se articula desde la posición de la actriz, que no renuncia del todo a la intención de permanecer sentada. Introduce una disonancia. Cuando entramos en ese mundo que, en principio, se antoja íntimo —sábanas blancas, cojines, almohadas, todo lo que jamás podremos ver en vivo—, somos confrontados por la verticalidad marcial de su pierna levantada, que, para colmo, remata en un peligroso tacón de tres pulgadas. Leo en la imagen que acaba de llegar de una fiesta o va hacia ella, prometiendo que el regreso la superará con creces.
La historia de la representación del cuerpo recostado es larga y sospechosa. Desde lo horizontal, el cuerpo femenino casi siempre se ofrece a la mirada: relajado, vencido, atento desde la pasividad. Y, de repente, el asta inesperada lo sostiene en un punto crítico que acumula una tremenda energía: un estado metaestable donde cualquier singularidad derivará en un puntapié en la barbilla.
Dando por sentado que nadie piensa en la composición en una foto como esta, es la verticalidad de esa pierna la que la organiza y define. Porque fuerza la mirada a recorrerla de abajo a arriba y de arriba a abajo, como un yoyo. Es el acento entonces, la edición consumada del gesto final.
Un factor recurrente es que la pierna elevada suele aparecer rematada por un zapato. Lo cuál introduce otra variable semántica. Desde la cama, el sillón, desde el borde de la piscina todo el cuerpo nos habla de un espacio personal. Nadie recibe a las visitas con un pie levantado, nadie levanta el pie en la mitad de una cena de amigos. El zapato es la conexión última con la escena pública. Es la cerradura atascada, el cinturón de castidad y el espacio, por tanto, que nos corresponde a todos. El de fisgón, el ecuador que parte el medio lo privado y lo visible.

Pero como verán en las siguientes fotos, el pie aparece también desnudo, pero fuera de la alcoba, en un espacio público. Es el mismo 'sí pero no', con la polaridad invertida.
¿Por qué me inundan el feed de deliciosas plantas, empeines patitas y pieses? ¿Supondrán en mí un trastorno fetichista, una parafilia? ¿Será, como apunta la neurociencia, que la cercanía entre pies y genitales en la corteza somatosensorial me facilita una inquietante coactivación entre ambas zonas? ¿O será que esas innumerables terminaciones nerviosas —excitables, cosquillosas, hipersensibles—, ahora expuestas a la vista, me nublan el juicio? ¿Me habrá escuchado Alexa musitar por la reflexología podal, cariñosamente reformulada como un 'sabrosito masaje a lo largo del eje calcáneo–interdigital?
Y la duda final, para el final: ¿Quién ha decidido que estas fotos existan y se distribuyan masivamente? ¿La IA, las relaciones públicas de Ana, ella misma? Es que no es natural tant de French cancan au Moulin Rouge, tant de crampes.
Un lamento postrero.
Cuando no podamos distinguir entre lo real y lo producido por la inteligencia artificial, ¿que vamos a hacer?, ¿aceptaremos que la realidad no podrá jamás competir con el artificio? ¿Tienen idea de cuánta proteína, dieta, energía, agua potable, champú requiere una Ana de Armas de carne y hueso? ¿Saben cuánto le tomará a un procesador cuántico producir quinientas copias absolutamente perfectas, —vibrantes como se describen ahora todas las exposiciones de arte— móviles, en 3D de esta adorable cubanita?







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