
Le he tomado un cariño tenue a los concursos de fotografía. Los reviso con una curiosidad casi infantil, buscando las buenas fotografías que el jurado pasó por alto y las malas que fueron premiadas. En el último número de Camera Craft, en su edición 69 de marzo y abril de este mismo año, se dan a conocer algunos resultados del concurso que cada año organiza The Guild of Photographers.
The Guild of Photographers nació allá por el año 1988. Fue en aquel entonces una entidad dedicada a la fotografía de bodas. Pero enseguida pasaron página y con los años ampliaron su radio de acción hasta convertirse en una asociación más abarcadora, dedicada a acompañar, formar y distinguir a fotógrafos de perfiles muy diversos. Sus premios anuales no funcionan como la celebración puntual de un buen resultado, sino como la culminación de un proceso competitivo sostenido, pedagógico, alimentado por concursos mensuales y por la constante revisión de miles de imágenes. Esa continuidad le da al certamen una autoridad particular. No premia solo el impacto inmediato de una imagen, sino su capacidad de sostenerse dentro de un marco de constante evaluación.
La edición correspondiente a 2025 distinguió obras seleccionadas a lo largo de diez meses de envíos y culminó con la entrega de los premios a comienzos de febrero de 2026, ocasión que además incorporó por primera vez los UK Photography Print Awards.
De las piezas premiadas solo una me llamó la atención. Y no precisamente por su calidad técnica o brillantez, sino porque puede ser entendida tanto por un profesional de la crítica como por un gamberro al que nada le parece bien. Sé de lo que hablo porque por puro placer me muevo entre ambos extremos. No está de más decir que fue distinguida por el jurado como ‘Imagen del Año’.
Un crítico diría que la pieza sobresalió por su impecable resolución formal. Por la claridad con que convierte una escena urbana en una reflexión visual de mayor alcance. Una llamada de atención sobre la desproporción existente entre la dimensión humana y las estructuras que levanta.
Si damos por bueno este punto de partida, podemos sufrir el resto.
En el centro visual de la composición se alza un severo edificio de hormigón y vidrio, cuya fachada articula la imagen a partir de una economía formal de verticales, planos de concreto y una curva de fuerte peso visual. Es justamente esa vasta curvatura la que relaja la rigidez del edificio y la desplaza hacia una forma de monumentalidad más compleja y que, no obstante, no termina de humanizar el espacio: más elocuente quizás, pero no mucho menos amable. El conjunto parece pensado para subrayar escala, orden y autoridad. Lo citadino se manifiesta como frío, racional e impersonal.
Abajo, junto al agua, atraviesa la escena un ciclista. Es una figura mínima, oscura y solitaria. Apenas ocupa una fracción del encuadre, pero otorga a la imagen la dosis precisa de sustancia vital. Su presencia introduce la escala justa de la fotografía y permite medir la monumentalidad del edificio.
Percibimos algo más. La tozuda persistencia de lo orgánico, de lo sinuoso, dentro de un mundo diseñado a una escala que con frecuencia la excede. Ese ciclista, vivo y móvil, concentrado y disfrutándose en su plenitud, ni desafía ni se siente sometido por la brutalidad de la arquitectura. La recorre, pasa sencillamente.
El blanco y negro es decisivo. Depura la imagen. Al suprimir el color, el fotógrafo obliga al ojo a concentrarse en el peso del concreto, en la vibración lineal de las persianas, en los reflejos del vidrio, en la curva dominante que relaja la fachada. Se acerca a una forma de abstracción sin perder anclaje en lo real. Es paisaje urbano, por supuesto, pero también un estudio de la forma, un ensayo sobre la proporción y una meditación sobre lo citadino. Es, en resumen, una foto inteligente, exacta y precisa.
El gamberro no ve otra cosa que una persona que con su cámara se percató súbitamente de la ridícula relación —casi astronómica— entre el enorme planeta que asoma a la derecha y las dos pequeñas lunas que lo orbitan abajo, como las moscas hacen con un merengue. Una bola grande y dos pequeñitas. Una no se mueve, las otras sí. Ya está, para qué más.
Y yo no me atrevería a asegurar quién tiró definitivamente la foto. Alguien apegado a la reflexión formal o bien a la charlotada.
PD
La foto fue tomada por Ryan Hutton. Selección del Jurado a la Imagen General del Año, además de Imagen Urbana del Año, y ganadora de la categoría Paisaje en los UK Photography Print Awards, en los que se participa por separado, patrocinados por Epson y Photoshield Insurance. Fíjense todo lo que ha ganado esta foto por un simple contraste de tamaño.


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