
Supongo que despertar y enterarte de que la noche dio a luz una nueva obra de Banksy es —a estas alturas— casi una rutina. Esta vez , sin embargo, es algo diferente, ha subido literalmente un peldaño. Ha plantado una escultura de tamaño natural en uno de los espacios mejor vigilados de Londres. Sin testigos.
La pieza apareció en la madrugada del miércoles en Waterloo Place, una avenida del centro de Londres situada a medio camino entre Trafalgar Square y el Palacio de Buckingham. Es una figura masculina, de traje y corbata, completamente oscura, con el rostro cubierto con una bandera. Uno de sus pies queda suspendido más allá del borde del pedestal, en el instante previo a una probable caída.
Banksy confirmó la autoría el jueves a través de un vídeo en su cuenta de Instagram. Acompañado por una banda sonora trémula, repasa los grandes monumentos de la ciudad —el Big Ben, las estatuas ecuestres, el de Winston Churchill— antes de revelar el suyo.

La lectura obvia es la más difícil de esquivar. Un político —supuestamente, por el traje, la solemne marcha, el pedestal— cegado por su propia bandera, caerá al vacío. Nacionalismo ciego y patriotero, sin matices.
La bandera no tiene color ni símbolos identificables. No parece dirigida a un país concreto, sino a actitudes que vemos proliferar en los cinco continentes. Avanzar sin mirar, sin juicio ni crítica, enarbolando estandartes que impiden leer con objetividad la integralidad del entorno, reduciéndolo a un corral de unos pocos metros cuadrados. Una ceguera colectiva.
El emplazamiento como es lógico amplifica el mensaje. La estatua dialoga con sus vecinos —el rey Eduardo VII, la enfermera Florence Nightingale, los caídos de la Guerra de Crimea, el capitán Scott— y los confronta, los descoloca, los redibuja y desaloja de su estampa toda la solemnidad que hasta ese momento tuvieron.
Todos representan las virtudes de oficio —valor, sacrificio, deber— y el personaje de Banksy tiende sobre sí mismo y sobre todos ellos un velo que los ciega y a la vez, desautoriza sus aires triunfales.
Las esculturas de Banksy se cuentan con los dedos de una mano. La referencia obligada es The Drinker, instalada en 2004 en Shaftesbury Avenue. Una descarada parodia del Pensador de Rodin, con un cono de tráfico a modo de sombrero. Una broma.

Esta tiene otro registro. No hay humor obvio ni guiño cómplice. Es una figura siniestra, a la altura de la ominosa globalidad. Un cuerpo que avanza ciego, un pie que no apoyará en ninguna parte. La parodia se ha vuelto mucho más oscura.
¿Ahora, cómo se instala una escultura de esas dimensiones, de piedra maciza, en el corazón institucional de Londres, sin que nadie lo advierta? La zona está saturada de cámaras de seguridad por su proximidad a los palacios reales y a los gentlemen's clubs británicos.
Las imágenes del propio Banksy muestran un camión y operarios trabajando en la noche. ¿Cómo lo hizo? ¿Quién sostiene esa operativa al más alto nivel? ¿Caballeros Templarios, Illuminati, MI5? El Ayuntamiento de Westminster celebró jubiloso la aparición de la obra y la calificó de 'notable incorporación' al panorama artístico de la ciudad. No digo yo… con lo que significará para el turismo. Incluso colocaron vallas de protección a su alrededor, conscientes de su valor 'cultural' y anticipando la masiva peregrinación de curiosos que ya ha desatado.

La escultura llega apenas un mes después de que la investigación de la agencia Reuters confirmara la identidad real del artista, respaldando la versión que el Mail on Sunday sostenía desde hace casi dos décadas. Justo aparece ahora una obra sobre la identidad, escondida tras una bandera. Una pantomima perfectamente premeditada.
Que se haya develado la identidad real del artista —dando por sentado que no estén equivocados— me resultó decepcionante. Tal cual me ocurrió con el ratoncito Pérez, Santa Claus, el hombre del saco, la intrínseca bondad del sapiens, la eternidad de la amistad, las raíces del amor verdadero. Cada pieza de Banksy me provoca siempre el mismo pensamiento… eso bien lo podría haber hecho yo… no es tan difícil. Pero nunca se me ocurren esas cosas. A él sí. Y está bien así. Toda la gloria para él.










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