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Barry Keoghan at the Crime 101 premiere, Los Angeles, 2026

El malo, el feo y el bueno

Abril 5, 2026 | Por R10
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Finalmente vi Peaky Blinders: el hombre inmortal. Y lo primero que me dejó pensando no fue la película. Fue que la gente odia la cara de Barry Keoghan, y que Barry Keoghan ha terminado por hacerles caso. Declaró incluso que los comentarios sobre su apariencia en las redes sociales le provocan inseguridad y desazón. Debo decir que un poco me sorprende su fragilidad (o su 'alta sensibilidad al procesamiento sensorial'). No es precisamente un pelagatos. Seguramente disfruta de la fama y de todo lo que el dinero puede comprar y lo que no, pues será parte del precio.

Es cierto que su apariencia en pantalla puede causar alguna extrañeza, probablemente por la comparación con la apariencia y el carácter —ya universalmente validados por la masa— de su enigmático y cautivante padre. Y sí, por supuesto, una cosa es Cillian Murphy y otra su díscolo y cerrado bastardo. Es ciertamente trágico tener un padre así en la vida real, popular, de los que brillan desde el fondo de un pozo con una luz cegadora. Imaginen, en una piscina de lágrimas ver nadar a los hijos de John Lennon, Bruce Lee, Marlon Brando y otros muchos por ganar la medallita de la dignidad. Está profundamente hundido en la médula de la conciencia social que los hijos deben superar a los padres. Por desgracia, algunos son insuperables.

Cillian Murphy como Tommy Shelby: donde termina el personaje y comienza el mito.

Algo así sucede con el pobre Duke, que para colmo, tiene un atractivo que no estoy muy seguro de que pueda ser así calificado. Me resultó desagradable, lo confieso, solo porque su padre es el epítome de la elegancia y de casi todo lo demás y hasta ahí.

¿Cómo necesitan procesar o aceptar un personaje público? ¿Cuál es el motivo de toda esta animosidad?

Barry fue elegido para encarnar un papel secundario muy importante. Si lo hicieron fue precisamente porque su rostro encarna la opacidad que la ambivalencia de carácter de su personaje supone. El casting 'debía' prescindir de un rostro bello, necesitaba uno sin glamour, uno que no se dejara leer con una mirada aburrida y perezosa. Alejado del canon, por supuesto,  de la gracia de la simetría y de las buenas proporciones. El de Keoghan es un rostro que provoca resistencia a la decodificación inmediata, ilegible en toda medida. A esta clase de rostros les cuesta proyectar las emociones más básicas, no ofrecen identidades cerradas, fuerzan al espectador a interpretarlo.

Lo que hace la turba —desde el cariño— con su apariencia es un proceso de reducción semiótica. Desde esa disciplina la definimos como un signo abierto, cuya lectura e intención deben ser inscritos por el propio lector. Y eso genera mucha tensión en la narrativa. Mucho peor, provoca ambigüedad afectiva. Porque Barry resulta vulnerable e infantil y a la vez oscuro y amenazante. Rompe la lectura binaria —imposible saber si él es el bueno o el malo—, e induce inestabilidad emocional. Para continuar con la terminología semiológica: ofrece resistencia al signo. Como humano impredecible, mantiene al espectador en un estado de alerta permanente.

En el ecosistema de las redes sociales basta una chispa para provocar un incendio descomunal. Ahí es donde puede aparecer el germen del complejo: que no es una propiedad interna del sujeto, sino el efecto de una mirada que le devuelve una versión empobrecida y degradada de sí mismo. El acomplejado comienza a verse como lo ven y se produce en su percepción, una fractura entre el cuerpo que vive y el cuerpo que es desde afuera resignificado.

Looksmaxxing.

Todo esto tiene un nombre nuevo para una ansiedad muy vieja: looksmaxxing. Ahí hierve hoy la angustia del género masculino, sobre todo la de los adolescentes. Parte de la premisa de que la apariencia es algo que se puede optimizar continuamente a voluntad. Comienza con lo cotidiano —cuidarse, peinarse, vestirse bien, hacer ejercicio—, pero en ciertos espacios de internet deriva hacia una lógica más técnica. Percibir el cuerpo como algo que puedes medir, ajustar y corregir con diversos métodos, desde rutinas estrictas hasta intervenciones extremas. La idea es acercarse cada vez más a la versión óptima de uno mismo, en un proceso casi incremental. Sin embargo, ese estado 'ideal', tal y como lo califica el término, nunca se alcanza del todo, porque siempre se puede seguir mejorando.

Esta contienda deja filtrar un leve trasfondo homoerótico. Porque este cultivo de la belleza tiene poco que ver con atraer mujeres o con desarrollar el cuerpo que ellas desean. Se vincula más bien con la búsqueda de validación homosocial y la desorientación identitaria del adolescente ante la ausencia de patrones normativos claros. Algunos ganan estatura, voces más graves, barba, habilidades atléticas, y a otros les tocan el acné, el sobrepeso o los dientes torcidos. Este estrés erosiona la cohesión grupal, fomenta el escrutinio punitivo y la fiscalización constante entre ellos.

Lo bueno es que no dura para siempre. Casi todos aprendemos con los años que no 'tenemos' que ser perfectos para obtener algunos resultados, para despertar el interés de algunas muchachas. Demora un poco más la aceptación de uno mismo, establecer los límites sobre cómo te puedes ver, aprender a potenciar nuestras virtudes y no enredarnos con metas imposibles. No importa cuánto hagas o cuánto dejes de hacer. Les gustarás a unos y otros te descartarán como una mesa de dos patas. Se llama desarrollar una identidad potente.

Por eso, me resulta un poco raro que una estrella mundial se deje llevar por el clamor del rebaño. ¿Qué pasa Barry? Trata de no arrimarte mucho a los Tommy Shelby de esta vida. Los haces lucir mucho más guapos de lo que son. ¡Disfrútate!

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