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No todos queremos ser heroicos

Febrero 9, 2026 | Por R10
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Desde hace muchísimo tiempo la manoseada historia de Numancia ha estado presente en el registro del arengario político nacional. La citan de un modo tan reducido que da grima. La ciudadela estaba enclavada en una colina, a poco más de un kilómetro sobre el nivel del mar. A sus pies descansa hoy el pueblo de Garray, apenas sesenta metros mas abajo, moderno y pragmático.

Lo primero que les quiero recordar a los loros —que la historia la repiten sin descaso—, es que a la elevación donde se encuentran las ruinas numantinas se conoce como 'el Cerro de la Muela'.

La historia de Numancia puede ser clasificada como una 'de romanos'. Tiene muchos puntos de contacto con la nuestra y puede observarse desde ángulos diferentes. Empecemos por como lo veían los que miraban detrás del parapeto.

Después de varios años de asedio sin resultados, Roma decide no desgastarse más en un choque frontal y opta por una estrategia de aislamiento. Escipión Emiliano concibe una circunvalación, un cerco literal, metódico y sostenido, diseñado para rendir por hambre a 'la resistencia'. Al cabo de un año aproximadamente cae Numancia, famélica.

Lo importante es el modo en que este evento ha sido contado. La versión antigua, que transmite Apiano (atribuyéndola a Polibio) dice textualmente: '(…) los que lo quisieron se dieron muerte, cada uno a su manera; los demás salieron al tercer día al lugar señalado…' Esto es: los que consideraron que morir por mano propia dolía, salieron y se entregaron. No todos fueron automáticamente encerrados y vendidos como esclavos. Algunos se convirtieron en ciudadanos del imperio, con todo lo malo y lo bueno que tal distinción conllevaba.

El desenlace fijó una narrativa altamente manipuladora. Cómo dice nuestro himno nacional: Morir por la patria es vivir. Yo creo que morir por lo que sea es morir y punto. De todas las maneras en que esa decisión de inmolarse antes de rendirse—respetable cuando es personal— pudo ser interpretada, se optó por ignorar su componente puntual contencioso, para convertirla en lección moral. Lección que magnifica una curiosa dignidad ante la observación de dos estados completamente diferentes, y que, desde entonces nos hemos empeñados en ponerlos a un mismo nivel. Desesperación, hambre y necesidad, por un lado y libertad y dignidad, por el otro.

Asi lo encuentra Cervantes y con emoción castellana escribe La Numancia, conocida también como Comedia del cerco de Numancia. Una tragedia escrita en cuatro jornadas —o partes— que se representó en varias ocasiones entre 1580 y 1585. Como literatura o texto  independiente no fue publicada hasta 1784, dos siglos más tarde, editada por Antonio de Sacha.

Es entonces que los hechos absorben la esencia de una tremenda tragedia moral. Las disímiles víctimas se amalgaman en un único protagonista: la ciudad. En sus cuatro voces, España, el Duero, el Hambre y la Fama se hace verso en un relato ejemplar sobre dignidad, resistencia y memoria. Su sentido histórico queda sellado. El núcleo cervantino es su fundación como relato, mientras que el cansino y aburrido sitio romano se desvanece. Surge el mito.

Vamos ahora al punto de vista de los ancianos, de los niños. De los que estaban detrás. Detrás los que detrás del parapeto estaban. El de las señoras sobre todo.

¿Cómo se imaginan que era la vida en lo alto de un cerro, mas de cien años antes de Cristo? ¿Imaginan ir a buscar agua al Duero, subirla, almacenarla en los aljibes? ¿Recoger leña, mantener el fuego encendido para cocinar, secar la ropa, con una temperatura promedio de seis grados la máxima, uno la mínima? Con tales temperaturas el ritmo de recolección debió ser tremendo, agotador. Cenaban básicamente gachas de harina de bellota y cada siete domingos, un pellizco de pollo. Imaginen ahora aquellas pobres mujeres loma arriba y loma abajo, cargadas con tinajas, ramas, resbalando, maldiciendo al panteón celta en pleno. Pero recuerden: tenían dignidad.

¿Que implicaba entonces convertirse en una provincia romana?

La parte bonita, que a algunos les tocaba, participar de una red impresionante de caminos sólidos y estaciones que facilitaban como nunca antes los movimientos de personas y mercancías. Las noticias llegaban más rapido, que nunca sobran. Los núcleos urbanos se romanizaban, lo cuál significaba habitualmente, mejoras en la arquitectura, acueductos para traer el agua del río a la urbe. Mejoras productivas también. Contar con un marco administrativo y jurídico estandarizado que favorecía la estabilidad de la propiedad, los intercambios y la recaudación. Circulación monetaria, conexión con otros centros regionales. Comercio regular, abastecimientos. Lo que en su época algunos llamaron 'el progreso' ¿Que todo ello estuviera asociado a los intereses del imperio? ¿A quién rayos le podía importar eso?

En Numancia muchos murieron porque así lo decidieron los tozudos huevitos de manganzones que probablemente comían y bebían mas que el resto. Otros murieron aterrados porque su mente estaba infectada con las historias —con toda seguridad aberradas— que los mismos huevones les contaron. Otros se entregaron. Algunos fueron vendidos como esclavos, con toda probabilidad y pudieron entonces con mas claridad optar por una bendita muerte por manos propias. Otros se convirtieron en ciudadanos y ciudadanas romanas y abrieron romanas tabernas. Y comieron y bebieron y alegremente fornicaron y gozaron.

Una taberna romana auténtica.

En mis 57 años, que me haya dado cuenta, jamás disfruté del calorcito —o del fresquito— de lo que los huevones de ojos rojos llaman 'independencia'. La menor idea, lo siento. Pero cada cuál es libre de contarse la película que le de la gana.

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