
A modo de prólogo
Estos (dos) textos consecutivos no tienen un punto de partida en un plano simbólico o representacional. Parten de una realidad sujeta a la interpretación, una, excepcionalmente rica y contradictoria: en políticas, en lo social y también, faltaba mas, en el terreno de la representación.
En el país de natal del autor del primer texto —Hamlet Fernández y que también es el mío— desde hace mucho tiempo el mito tiene maniatada a la vida, al convenio organizacional universal y a su diario mantenimiento.
Hemos subordinado también las nuestras —vidas individualmente entendidas— a un plano simbólico que se aleja a una impresionante velocidad del sentido común y del disfrute de la existencia simple. Nos hemos convertido también en símbolo. La izquierda global pasa a menudo de nuestra experiencia humana, carnal, de sensorialidad bruta y clama por el sostén de un modo de vida político e ideológico, en función de un relato determinado.
Es algo que tiene a todos los cubanos que no trabajamos directamente para la legendaria continuidad muy cansados.
En este cuaderno digital, hablamos y nos ocupamos fundamentalmente de símbolos. Creemos que estos textos ayudarán a entenderlos y entendernos mejor.
El historiador israelí Yuval Noah Harari en su libro Sapiens (De animales a dioses / Breve historia de la humanidad), desarrolla una inquietante idea sobre la función de los Imperios en la Historia: dichos sistemas de poder no son solo maldad, ni solo progreso. Conquistan, reprimen, dominan, explotan, pero también tejen una red global: rutas, reglas, moneda, lenguas francas, infraestructura, circuitos comerciales, circulación de tecnologías e ideas, cultura, arte, conocimiento. El imperio es, a la vez, violencia e integración; globalización, para bien y para mal. Por eso la pregunta histórica no es moral, sino práctica: ¿qué se gana y qué se pierde al integrarse, o al quedarse fuera, de esa red que gestiona el poder imperial?
De niño siempre me fascinaron los episodios de Astérix y Obélix, excéntricos guerreros invencibles, que protegían a su pequeña aldea de sucumbir a la conquista del Imperio Romano. La base histórica de Astérix y Obélix son los galos, pueblos celtas de la Galia en tiempos de la conquista romana (las “Guerras de las Galias” de Julio César). Y miren que casualidad, “Astérix el Galo”, que es como se titula en realidad, surgió en Francia como serie de historietas en el mismísimo… 1959.
Astérix dramatiza el sueño de la autonomía plena: una comunidad que se salva del costo imperial sin pagar el costo del aislamiento. Pero la historieta es honesta en su truco: la aldea puede resistir y, al mismo tiempo, vivir próspera y segura porque tiene un druida sabio que inventó una poción mágica (ventaja tecnológica absoluta). La poción es lo que hace viable lo inviable: autonomía sin aislamiento, resistencia sin costo material total.
La teoría de Harari, de un pragmático realismo histórico, nos da el contrapunto: en el mundo real, resistir puede preservar dignidad, formas de vida propia y control local, pero también puede significar quedar fuera de las redes que aceleran el desarrollo, la circulación de bienes, información, conocimiento, tecnologías, etc.

Y sin más rodeos paso directo a la analogía que me interesa aquí para pensar el delicado minuto actual de Cuba. Después de 1959 nuestra pequeña aldea también tuvo su druida y su poción mágica para resistir estoicamente a la reconquista del Imperio. Pero nuestra historieta también tenía su truco: las fuerzas de nuestro guerrero invencible no provenían precisamente de un brebaje mágico; no era magia, era una segunda red imperial, la soviética, un respaldo geopolítico que sostuvo a la isla con comercio preferencial, suministros y subsidios en magnitudes muy altas para el tamaño de la economía cubana. ¿Autonomía, soberanía, independencia… sin integración en una red imperial?
La poción soviética le permitió a nuestro druida guerrero sostener una postura de confrontación con Estados Unidos sin pagar plenamente el precio de estar fuera del circuito dominante, simplemente porque existía otra red que amortiguaba el golpe. Esa es la realidad histórica concreta detrás del milagro “socialista” cubano de los ochenta.
Dicha temporada épica de la historieta cubana tuvo su fin hace exactamente 35 años. Con el colapso de la URSS comenzó la temporada trágica. La resistencia de la revolución y su heroico pueblo dejó de ser una épica alimentada por recursos externos para convertirse en una administración cotidiana de la escasez. Vietnam y China hicieron sus reformas, abrieron sus economías al mundo capitalista globalizado, se integraron. Fidel y Raúl no, hipotecaron el futuro de los cubanos y condenaron el país a la destrucción.
Como todo el mundo sabe, a partir de determinado momento resistir al imperio norteamericano dejó de ser sinónimo de consenso popular en Cuba. Si la revolución y el socialismo pasaron a ser una entelequia para la mayoría de los cubanos, ¿entonces que es lo que había que continuar defendiendo? En la aldea en ruinas que tenemos hoy la llamada resistencia que pregona el régimen no es otra cosa que una tecnología de poder: la clásica fórmula para justificar el cierre, el control totalitario y la represión política en nombre de la soberanía. Cuba lleva décadas gobernada por una única familia, de manera que lo que en realidad siempre ha estado en juego es la soberanía de esa familia y sus brazos económicos y represivos.
A estas alturas, nadie con un mínimo de sentido común debe dudar que el inmovilismo que ha marcado la temporada trágica de estos últimos 35 años se debe a la propia supervivencia del régimen, de una familia y su grupo de poder que teme que una apertura económica y política implique perder el control total. Y la épica de la resistencia, ya sin poción mágica, ha funcionado hasta aquí como coartada para que el terrible costo lo pague la población, mientras el poder se atrinchera en sus privilegios.
Ahora bien, la Historia tienes sus meandros como un rio, y al final se desemboca en el mar. En la medida en que la vida en Cuba se fue haciendo inviable, comenzó a pasar algo inevitable: la integración al mundo afuera fue gestionada por los propios cubanos de a pie. Cuando una sociedad no logra convertir su autonomía en prosperidad cotidiana, la integración se reconfigura: deja de ser un proyecto colectivo y se vuelve una estrategia personal. La aldea no entra al imperio como Estado; entra como personas que se van. La capitulación se vuelve salida individual: migración, remesas, economía informal. Sintetizando la metáfora: cuando el cerco se mantiene, algunos dejan de intentar defender el muro y buscan, individualmente, el camino hacia el horizonte abierto de la red global.
Hoy, la situación es muy compleja; y tenemos, como pueblo, que aprender a pensar fuera de los binarismos tradicionales. Hay un punto fino de equilibrio, de ver y hacer las cosas, en el que abrirse e integrarse al mundo tal cual él funciona hoy, no implica necesariamente tener que renunciar a cierto grado de autonomía y soberanía nacional. Muchas naciones pequeñas han tenido éxito huyendo de esa dicotomía asfixiante que se nos impuso a los cubanos. Siempre se puede resistir en unas cosas y negociar en otras.
Sin poción mágica y sin reformas económicas y políticas reales, la resistencia que se le continúa imponiendo al pueblo cubano nada tiene que ver con heroísmo, y sí con una condena administrada por la familia Castro y su estructura burocrática de gobierno.
Frente a Estados Unidos, hoy, el pueblo cubano tiene que hacerse algunas preguntas; y esta vez el enfoque no debe ser moral, sino analítico, estratégico. Un país pequeño y devastado, ¿qué opciones reales tiene? ¿De qué manera, finalmente, nos integraremos al mundo?
Comentario proveniente de las redes sociales, incluido en el texto por voluntad del autor
— (…) 'la moral no es la medida última de todas las cosas. Cuando la moral atenta contra la supervivencia, contra la salud del organismo social, se vuelve inmoral. Y a partir de este punto toda resistencia es inmoral, porque no se pretende salvaguardar nada vivo: sería como matar a personas para salvaguardar sus estatuas'


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