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NOTES ON VISUAL NARRATIVE
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From the book Documentos personales; Untitled, 1989
Gelatin silver print
Image (at open): 6 × 8¾ in. (15 × 22.3 cm)
Sheet (at open): 6 × 8¾ in. (15 × 22.3 cm)
The Madeleine P. Plonsker Collection, Gift of Madeleine and Harvey Plonsker
Object number 2024.112

Fotógrafo ambulante

Enero 28, 2026 | Por Bladimir Zamora Céspedes
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En su diálogo con la realidad, como extensa naturaleza viva y por tanto no quieta ante las pretensiones del artista, Pedro Abascal, que necesita tanto del camino como de la cámara para su faena vital, ha llegado a encontrar la posibilidad de dibujar a través del lente.

Cuando yo era niño vivíamos en Santa Isabel, una de las fincas de mi abuelo. Rodeados de árboles, animales y cañadas. En ese tiempo yo

no sabía calcular en kilómetros, pero la casa más cercana estaba tan lejos que uno se podía cansar andando a pie. A menos que no fuera

con el radio de batería, ni mis padres, ni mis hermanos, ni yo, podíamos hablar fácilmente con alguien ajeno a la familia. Por eso apreciábamos tanto las visitas, incluso de los desconocidos.

Una tarde llegó Leonardo, cuando aún no sabíamos ni su nombre, ni el propósito que traía. Pidió permiso para bajarse de su bestia flaca y

entrar al portal. Después de beberse dos vasos de agua, dijo parcamente: Soy fotógrafo y ando por la comarca haciendo fotos a quienes les interese. Yo, claro, había visto fotos, pero nunca había tenido delante un fotógrafo. Me creía entonces que sería una especie de mago, porque si no, cómo iba a poder dejarlo a uno, o a un instante de uno, prendido del papel.

Mi mamá nos puso la mejor ropita, nos peinó, nos entalcó y hasta nos echó perfume, mientras Leonardo volvió a la bestia y trajo unas

hondas alforjas. Y sentado en un amplio taburete sacó un aparato que tampoco conocíamos. Una vieja cámara Kodak 120, que después  resultó a nuestros ojos el artilugio fundamental para su magia. Nos colocó apretados, uno al lado del otro, nos miró a través del aparato

y se sintió un golpecito seco. Ya está, nos advirtió. Lo que no nos gustó fue saber que las fotos las traería la semana próxima, pensábamos que las iba a sacar en ese mismo momento, como al tan mencionado conejo del sombrero.

Desesperos aparte, el hombre volvió y efectivamente, allí estábamos nosotros con los vestidos de aquel día, con la cañada y una ceja de

monte detrás y unas caras dominadas por la sonrisa y el desconcierto. Después, Leonardo volvió con frecuencia y como no

había mucho dinero, mi madre llegó a pagarle las fotos con huevos o gallinas. Han pasado muchos años y el fotógrafo no ha dejado de

parecerme especial y enigmático. Alguien que de repente nos entrega trazos de nuestras vidas y no pocas veces nos llama la atención sobre

nosotros mismos.

Hace días vengo mirando, entrando y saliendo de los documentos personales de Pedro Abascal  y cada vez más recupero el asombro

infantil con que asistí a la primera foto que nos hizo Leonardo. Desde ese asombro me empeño en encontrar las claves de su arte, que no

es de magia, sino la conjunción de la sabiduría acumulada y los dones que le han otorgado sus dioses.

Apenas un puñado de fotos, entre una inmensa cantidad tomadas por Abascal a lo largo de una década. Acaso las que mejor le han servido para brindar un retrato espiritual de sí mismo. Imágenes que le revelan siempre en movimiento por La Habana, ese poderoso personaje, cimbrando siempre a través de sus cosas y sus gentes. El hombre y la cámara como otra extremidad infaltable, pasando como de casualidad, llegando de repente, entrando de improviso, para encontrar al ser humano en la peripecia diaria de vivir y dejarlo plasmado en el territorio de la dignidad.

Abascal logra captar la apariencia irreal de lo cotidiano, o hacer comprender que en el suceder de un día detrás del otro, las acciones habituales de la gente y en los escenarios de siempre, pueden cobrar una proyección expresionista, que nos demuestra su sentido esencial.

El fotógrafo ha tomado su profesión como camino de vida y no se empeña en ir cargando constantemente el zurrón de caras y cuerpos extraños por el solo goce de atesorar lo desconocido. Por medio de los sucesivos prójimos que forman el conjunto de sus documentos personales, Abascal ha armado el rompecabezas de sus años pasados, de su ajetreo actual  y de lo imprevisible por venir, sin faltar la última parada del tranvía. Allí donde bajamos todos, definitivamente callados en lo profundo. Pero sin pretensión de arrebatarle su azarosa cosecha, hay que advertir lo que seguramente ya él sabe. Estas mismas fotos, desde su rico apego a la realidad, funcionan también como una proposición, para que  todo aquel que las mire se conozca un poco más.

Untitled, 1991. Gelatin silver print, 8 × 5½ in. Museum purchase funded by the Caroline Wiess Law Accessions Endowment Fund (2022.486). © Pedro Abascal

En su diálogo con la realidad, como extensa naturaleza viva y por tanto no quieta ante las pretensiones del artista, Abascal, que necesita tanto del camino como de la cámara para su faena vital, ha llegado a encontrar la posibilidad de dibujar a través del lente. Dar en el momento exacto con la tentación de lo inevitablemente fotografiable y resolverlo con unos encuadres donde hay una sabrosa dinámica conformada por líneas verticales, horizontales, y de repente curvas... merced a las cuales se produce la sensación del movimiento.

En esta suerte de cantata que son los Documentos personales, cada foto sin perder su individualidad estética, forma del significado mayor que ofrece el libro. Por ello he luchado contra la tentación de llamar la atención sobre algunas de ellas. Sin embargo, he sucumbido a ella, en la conciencia de que el carácter polisémico de estas imágenes permitirá a los demás elegir otras o coincidir parcialmente conmigo.

Por mi parte guardo ya entre los ingredientes mejores para el goce de los sentidos ese par de amigos mayores, volviéndose a contar la vida, en un bar construido especialmente para ellos. O ese viejito sentado al lado de su puerta y aguzando la mirada, para que no lo coja desprevenido lo inevitable. El obrero curtido a golpe de tiempo y de trabajo, exhibiendo en su pecho los tatuajes del Che y la hoz y el martillo, como dos medallas viejas traídas de la guerra. Cada día converso con el patinador —que quisiera ser yo— poderoso y frágil alzado sobre el aire. Esa foto que ha nacido con tintes antiguos, del pescador y su perro. Me devuelvo enseguida al tráfago callejero con ese tríptico del camello, con el hombre que posa desde la ventanilla como en un portarretrato, el cobrador en la puerta mal disimulando la molicie y la mujer del niño con su perfil hirsuto. Ese hombre cayendo como un cristo entre su gente. O esa señora azorada de tanto presentir el sabor de los alimentos, que solo alientan en la cal de las paredes. Esa rara mujer muerta de placer o muerta en la calle Monserrate. La paciente escogida del arroz, como esperando el golpe definitivo de la suerte. La tienda en donde se mezcla el fabricador de imágenes con esas músicas traídas de la India y lo que sucede a punto por la calle. Estos hombres, como yo mismo, leyendo en el mínimo periódico, la suerte que tendremos. El padre, quizás advirtiendo al niño todo lo que le puede suceder litoral afuera. Ella a espaldas de todo, con el rostro oculto en el silencio. Y no hay que quitar la vista porque de pronto en pleno cementerio coincidan la flecha y el fantasma, pero eso sí, cuando uno se imagina teniendo esa paloma muerta entre los pies, huele enseguida el vaho de la guerra. Por suerte nos dan fe de la respiración, el escorzo de esas ropas tendidas en el balcón y el hombre del contrabajo, que se va con su música a otra parte. Me provocan temor los niños del columpio pobre y ese ángel rebelde de la calle Villegas, con su despreocupada belleza, me entrega su daga de esperanza...

Pedro Abascal nos entrega los testimonios suficientes para tener la recia certidumbre de que la fotografía es el espejo constante.

Prólogo del libro Documentos personales, de Pedro Abascal, presentado en la tarde del 5 de noviembre en la Fototeca de Cuba.

Bladimir Zamora Céspedes | La Habana, Invierno de 1993

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