
Se entiende que los museos nacionales deben ser los custodios naturales de su memoria cultural.
Espacios donde la historia del arte nacional se presenta ordenada y organizada. Donde las imágenes fundacionales pueden ser admiradas. Sin embargo, fundamentalmente por problemas de financiamiento, cada vez hay más instituciones estatales que acumulan miles de obras de las cuales apenas unas pocas se encuentran en exhibición. También hemos visto que no todos son problemas logísticos, sino de sentido: muchas suelen esconder algunas piezas que no apuntalan una narrativa roma, sencilla, casi para tontos. Estas obras que nadie ve generan en sí mismas una curaduría, digamos, inversa.
Un ejemplo que encontré en la edición de New Zealand Listener —que aún no ha salido a la venta, por cierto— correspondiente a la semana que va desde el 31 de enero al 6 de febrero de 2026, nos alerta del caso de Te Papa, el museo nacional de Nueva Zelanda, donde una de las colecciones de arte más extensas del país permanece en gran medida fuera de la mirada pública.
Obras icónicas, piezas canónicas, trayectorias fundamentales fueron reemplazadas por relatos curatoriales que privilegian lo contingente, lo identitario inmediato o lo ideológicamente confortable. Crean una narrativa a la carta, desmiembran un corpus histórico que puede ser complejo en favor de uno plano, sencillito, para bobos.
Son los propios artistas locales los que han empezado a generar el ruido suficiente para que pueda ser escuchado, aquí a miles de kilómetros de distancia, en Ohio. Coinciden con historiadores, curadores y coleccionistas en un punto: cuando el patrimonio local deja de ser visible, la institución pierde su función formativa y simbólica. Un museo nacional que no exhibe su colección central no está renovando el canon; corta la transmisión del conocimiento.
En lo particular, el artículo refiere que se trata de una visión cultural instaurada por la política interna y su aparato burocrático. Acuden entonces al mercado del conocimiento a contratar curadores ortodoxos para que les monten exhibiciones que reafirmen su estrategia política desde fundamentos culturales sostenibles.

No parece censura abierta, pero sí una administración tácita de la memoria. Escondidas, las obras se diluyen en la memoria colectiva. Como si nunca hubiesen sido.
Como decía al principio, es un síntoma global. Lo vemos todos los días. No hay que irse a Nueva Zelanda, ni a Australia, ni a lo más profundo de África. Los grandes centros que acogen a la producción artística contemporánea reescriben aceleradamente sus discursos bajo la presión de agendas identitarias, demandas políticas y estrategias de marca. La tentación de sacrificar el patrimonio estable en favor de narrativas transitorias se vuelve estructural. Que se comente el caso de Te Papa es magnífico para la audiencia local. Pero en esta parte del mundo notamos que algo se está haciendo ya para sustraer la cultura y lo museístico del dominio de las hordas que hoy reconfiguran la historia y secuestran los relatos populares.
Si los museos comienzan a tratar sus colecciones como archivos incómodos y no como herencias vivas, las cadenas de transmisión de la tradición y de la continuidad cultural empiezan a perder sus pernos y sus rodillos. Se consuma entonces la violación del derecho del pueblo —por muy tribunero que pueda sonar— a reconocerse como sujeto histórico de su propia herencia artística.

Esta es la lista de artistas que los especialistas consideran que deberían estar representados, sí o sí, en el Te Papa.


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