
No es lo mismo ver un ciclón desde la ventana de tu casa que desde una estación orbital. Son dos espectáculos completamente diferentes. Cuando era un niño me causaba un entusiasmo tremendo. Solo tenía ojos para sus ráfagas arrasadoras. No me daba cuenta de que mi padre sudaba clavando tablas en las ventanas. Es la distorsión que produce la perspectiva. Desde la distancia que establece la inocencia, el cataclismo es solo un espectáculo majestuoso.
Con una inocencia similar contemplo embelesado cómo el tablero mundial muestra un conjunto de piezas algo novedoso. Europa parece perder energía. Occidente avanza tambaleándose, borracho de sí mismo. Al otro lado, China se levanta como un gigante despiadado. Propone a quien escuche un modelo de modernización no liberal, en el cual las incómodas libertades civiles ceden ante dinámicas estables de crecimiento. La iniciativa Belt and Road (BRI) busca conectar Asia, Medio Oriente, África y Europa mediante puertos, ferrocarriles, carreteras, energía y redes digitales. Eso se llamó durante mucho tiempo el Camino de la Seda.
Es probable que donde más entusiasmo genere sea en el Medio Oriente. Una alianza pragmática y de intercambio con el gigante asiático consolidaría un bloque multipolar, desplazaría el eje económico hacia el este y debilitaría la centralidad de los Estados Unidos y Europa en todos los órdenes.
En el Medio Oriente, Dubái es uno de los emiratos que invierte con mayor claridad y ambición en el futuro. Con dinero por castigo, ha optado por convertir parte de su riqueza en capital simbólico, utilizando la arquitectura icónica, los museos, los eventos internacionales y el arte contemporáneo como herramientas de soft power. Sus esfuerzos se orientan a la proyección global, haciendo poco caso a la crítica interna. El resultado es un modelo pragmático de ciudad-Estado, eficiente en lo económico, centralizado en lo político y cuidadosamente diseñado en lo cultural.
Por allí pasó, no hace mucho, el fotógrafo norteamericano Jim Zuckerman. Creo que aún sigue ahí, pues está en un viaje de investigación para realizar alguna serie sobre Dubái y Abu Dabi. En algún momento pasó por el Museum of the Future. Al anochecer, poco después de la puesta del sol. Aprovechando la luz residual y los contrastes cromáticos con el cielo, tomó desde la acera esta fotografía. Al nivel de la calle. Utilizó un objetivo ultra gran angular de 14 mm con apertura f/1.8. Le interesaba captar la totalidad de la estructura en un solo encuadre. Acentuar su carácter escultórico y su monumentalidad sin necesidad de trípode.
La elección del punto de vista y de la franja horaria buscó maximizar el impacto gráfico del edificio —sus curvas, vacíos y caligrafía— integrándolo a una atmósfera dramática y estable, donde la arquitectura funciona ante todo como signo visual.
¿Se dan cuenta? Todo está en la perspectiva. Desde abajo, el museo se ve imponente. La azotea seguro está llena de aparatos de aire acondicionado. No nos interesan las várices del museo. Tampoco las libertades civiles.
Con las reformas de Deng Xiaoping desde 1978, China ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en cuatro décadas. Hoy sostiene una carrera con los Estados Unidos por el dominio de la inteligencia artificial. Ningún país ha logrado un salto tan grande, tan rápido y con una población tan enorme. Cuando China conecte una tubería directa con el Medio Oriente —metafóricamente hablando para los puristas— cambiará la rotación de la Tierra.
No habrá un crepúsculo, ni que mirar desde la acera, ni tendrá sentido el ángulo ancho. Ya no será un problema de perspectiva.



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