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De King Kong a Honnold: la delgada línea entre estulticia y vacío existencial

Enero 31, 2026 | Por Amalina Bomnin Hernández
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Ver al estadounidense Alex Honnold subido a la Torre rascacielos de Taipéi, Taiwan, de 508 m de altura, me llevó inmediatamente a la imagen de King Kong. Con la diferencia de que éste último tiene un autor intelectual, el cineasta Merian C. Cooper, quien dirigió la película original de 1933 junto a Ernest B. Schoedsack para RKO Radio Pictures. El diseño y animación del icónico gorila (stop-motion) fue realizado por Willis O’Brien, quien es considerado el pionero, o al menos uno de los pioneros del lenguaje. El guión original fue desarrollado por Edgar Wallace y James A. Creelman. El amor por las alturas atraviesa estas historias de vida y creación. Merian C. Cooper además de director, productor y guionista, fue aviador y oficial de la Fuerzas Aéreas polaca y estadounidense, respectivamente. En cambio, el padre de Alex, Charles Honnold, original de Alemania, profesor de un colegio comunitario, padeció el trastorno del espectro autista dentro de un cuerpo marcado por el sobrepeso. Falleció de un infarto, con 55 años, siendo joven aún. Su madre es original de Polonia, y desempeñó la misma ocupación que el que fuera su esposo.

Si tenemos en cuenta que Honnold cuenta en su haber con la escalada del Monte Watkins, The Nose, y la cara noroeste del Half Dome, entre algunas de sus “heroicas” hazañas, evaluamos a un primate con muchas posibilidades de tener pronto asiduos seguidores. Porque lo de primate lo refiero porque el hombre se atreve en estas lides sin cuerdas. De ahí la semejanza con el célebre simio. Si la vitalidad de tu arrojo entra en contradicción con el razonamiento de salvaguardar la vida, lo que se anhela no es precisamente vivir, si no, tal vez, sobrevivir, para llenar un vacío emocional y afectivo.

¿Qué representaba en su tiempo King Kong? La monstruosidad y el carácter salvaje del personaje estaba asociada a cómo la modernidad con su desfile triunfal de progreso (altos rascacielos, calles custodiadas por la policía, movilidad expedita, crecimiento económico acelerado, entre otros factores) nos separaba de nuestro eje vital (la naturaleza, el contacto físico, la vida sosegada, bajos porcentajes de condiciones, o enfermedades, asociadas al neurodesarrollo) para convertirnos en individuos alienados en función de ser operativos dentro de un contexto de absoluta capitalización de los recursos globales.

Vivimos al amparo de marcos legales y jurídicos donde cada vez son más frecuentes las violaciones a los derechos humanos elementales, hay ausencia de políticas gubernamentales que garanticen seguridad a sus ciudadanos, y las relaciones humanas se tornan cada vez más líquidas. King Kong condensa la resistencia a esa avanzada industrialista que allanaría cualquier muestra de diferencia, espontaneidad, conexión auténtica con el entorno natural. Entonces, ¿qué representa Honnold dentro de esta ecuación sociológica que rememora al célebre personaje? Pues sería el costado contrario del simio, es un hombre que elige la muerte todos los días porque aprendió a sobrevivir en un hogar donde su padre con trastorno autista no podía atenderle como él hubiese deseado. ¿Qué opción quedaba? Optar por morir todos los días bajo la velada idea sensacionalista de que vale la muerte exponerse a subir más de 500 m sin sostenerse por cuerdas porque, como la vida se asume cual ruleta rusa, si se tiene la suerte de vencer todas estas “cúspides” (¿cúspides de qué?) probablemente se obtiene la atención que no recibió en su infancia y adolescencia, sobre todo, en la primera de estas etapas.

Aristóteles, en algún momento mencionó: “Dame un niño hasta los 7 años y te mostraré al hombre”. ¿Tenemos en estas cumbres a un hombre maduro de 40 años, o a un niño que no tuvo la oportunidad de contar con un padre que pudiera amarle como merecía? ¿Cómo asumió Dierdre Wolownick, madre de Honnold, estas brechas familiares? Sería útil investigarlo aunque, lo más probable, es que fuera un peso bastante intimidante. De alguna manera, ese niño de cinco años de Sacramento, California, que comenzó en la gimnasia sus primeros ascensos, trataba de desmaterializar esa carga llevada por ambos para hacerla más ligera.

Al final, como dice la vieja canción: “para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita”. Honnold nunca llegaría a través de una carrera, una investigación, el arte, o ninguna ocupación común a conseguir la “escalera grande”, que es igual a decir fama, reconocimiento; por eso eligió esconder la “escalera chiquita”, que asociamos con la humildad, la búsqueda de la esencia, el sabernos pequeños, porque no logró manejar su inefable soledad a través de un reencuentro consigo mismo.

Otro aspecto aberrante de los medios noticiosos es que han difundido que la amígdala de Honnold no experimenta la actividad que debe comportar ante situaciones donde los humanos sentimos miedo. Supuestamente el apostador a la muerte no es presa del miedo cuando decide emprender estas aventuras. Y así lo repiten, indiscriminadamente, como si una familia, y un ser humano que ha elegido esfumarse, tornarse incorpóreo ante los designios supremos no tuvieran el derecho de ser admitidos en su normalidad fisiológica y la condición de autismo que padeció su padre. Para vender hay que hacerlo marcando una diferencia genética que convierta a nuestro gorila sacramentés en un humanoide. Eso lo hace susceptible de otro logro que habría que atribuir a un hombre blanco, norteamericano, que nos permite utilizar su imagen en espectáculos globales donde se desarrollan eventos de alto riesgo, para realizar contenidos documentales de marca, campañas de concientización ambiental (conviértase a simio, no contamine por favor). Mientras, King Kong se preguntaría por qué sus rugidos, que, para colmo formaron parte de la primera banda sonora utilizada en una película, hoy se parecen más a un llanto global no resuelto de manera sana que a un verdadero espíritu de resistencia.

Guayakil [sic], 30 de enero 2026

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